jueves, 2 de marzo de 2017

LA CULMINACIÓN Y LOS CAMBIOS EN BIZANCIO Y EL ISLAM

Las culminaciones y los cambios en Bizancio y el Islam







La afirmación de la dinastía Macedónica en Bizancio y la consolidación de un espacio islámico, unido por la cultura y el comercio y fragmentado políticamente en tres califatos abren este capítulo a mediados del siglo X. El final se sitúa en torno a 1260 en razón de otros acontecimientos políticos. En el mundo bizantino, el fin del período de dominación latina en el Imperio, que había comenzado en 1204, y la restauración de una dinastía griega, la de los Paleólogos, en 1261. En el mundo islámico, el final de la dinastía Abbasí de Bagdad, eliminada en 1258 por los mongoles, y el de los almohades en la península Ibérica por obra de las conquistas de Fernando III de Castilla y Jaime I de Aragón. En todos los casos, aunque las fechas son significativas para los espacios bizantino e islámico, su justificación es prioritariamente eurocéntrica. Es la dinámica de la sociedad europea la que anima a efectuar en los otros mundos circunmediterráneos el mismo corte cronológico.

El último esplendor y la primera muerte de Bizancio


La muerte del emperador Constantino VII Porfirogeneta en 959 dio entrada en Bizancio a una serie de emperadores militares que durante casi un siglo restauraron el prestigio del Imperio. A costa de una permanente lucha en las fronteras, la actividad de esos emperadores, en especial, Basilio II (976- 1025), justificó que el período fuera calificado de «epopeya bizantina».

El apogeo de la dinastía Macedónica


Los signos externos de la segunda culminación del Imperio bizantino, esto es, la actividad militar y la capacidad ofensiva, llegaron a su apogeo entre los años 961 y 1071. En la primera fecha, los bizantinos reconquistaron Creta de manos musulmanas; en la segunda, fueron humillados por los turcos en Manzikert y expulsados por los normandos del sur de Italia. Las dos fechas enmarcan la denominada «epopeya bizantina», esto es, el conjunto de esfuerzos, en general, victoriosos y defensivos por conservar el Imperio.

La dinastía macedonica






Un Imperio a la defensiva


En 959 murió el emperador Constantino VII Porfirogeneta. Tras quince años de intrigas palaciegas y asesinatos de emperadores, Basilio II, un nieto de aquél, fue proclamado como basileus en 976. Durante cincuenta años presidió un apogeo del Imperio desconocido desde tiempos de Justiniano. A su muerte, dos sobrinas suyas prolongaron la legitimidad durante otros treinta años, hasta que la muerte de la segunda en 1056 sin descendencia puso fin a la dinastía Macedónica. En resumen, casi un siglo de éxitos militares y esplendor cultural en que Bizancio volvió a mostrarse activo en los tres frentes en que el Imperio tuvo comprometida permanentemente su existencia.

Unas comunidades campesinas en debilitamiento


El balance social más claro de un siglo de esfuerzo militar, además de una redistribución regional de la población, fue el fortalecimiento de la aristocracia territorial con el paralelo debilitamiento de las comunidades aldeanas y el aumento de rentabilidad de las grandes explotaciones agrarias, lo que estimuló un comercio en que los mercaderes latinos participaron en proporción creciente.

 Una cultura bizantina en la escuela y en la Iglesia


El reinado de Constantino VII había constituido una de las cimas intelectuales de la historia del Imperio. Tras su muerte en 959, hubo que esperar casi cien años para que, con Constantino IX Monómaco, entre los años 1042 y 1054, la cultura alcanzara un nuevo esplendor. En esas fechas, y ejemplificada en la gran figura de Miguel Psellos, tal cultura mostrará signos de una progresiva intervención por parte de la Iglesia.

 La reducción física del Imperio


Entre 1056 y 1076, el panorama del Imperio bizantino cambió drásticamente. La dinastía Macedónica se extinguió en 1056. Al año siguiente, Isaac Comneno dio un golpe de Estado, al que siguieron turbulencias que encumbraron y desposeyeron del trono a cuatro emperadores. Todos ellos se mostraron incapaces de conjurar las amenazas que se cernían sobre el Imperio en todos los frentes.
En el oriental, los turcos seldjúcidas; en el occidental, los normandos de Roberto Guiscardo, que, con la bendición del papa Nicolás II, aseguraban sus posiciones en el sur de la península italiana; y en el septentrional, los pechenegos. Entre 1071 y 1076, con su expulsión de Bari y Salerno, los bizantinos fueron eliminados de Italia, y en 1071, la derrota del ejército imperial en Manzikert, en tierras armenias, puso al Imperio a merced de los turcos seldjúcidas.

El «siglo de los Comneno»


Entre los años 1080 y 1185, la familia de los Comneno se instaló en el trono de Bizancio y aseguró una línea de legitimidad dinástica. Su continuidad fue un reflejo de una cierta recuperación del Imperio, tanto demográfica como económica, política o cultural, que desde luego se desarrolló a una escala mucho menor, empezando por la puramente territorial, que la acostumbrada durante los dos siglos de la dinastía Macedónica. Los primeros signos de recuperación los proporcionó el crecimiento de la población, especialmente, en las regiones balcánicas. Paralelamente, se amplió la superficie de las tierras puestas en explotación, aunque ahora el proceso fue dirigido menos por las comunidades de campesinos que por los grandes terratenientes que compraron al Estado tierras públicas y se vieron favorecidos por las reformas fiscales de la nueva dinastía. En concreto, por el impulso que dio a dos instituciones: la pronoia y la charistiké.

La Partitio Romaniae: Imperio latino de Constantinopla e Imperio griego de Nicea


La muerte de Manuel I en 1180 y la entrada de Miguel VIII en Constantinopla, tras expulsar a los latinos, en 1261 sirven de hitos de un nuevo período de la historia del Imperio de Bizancio, que se caracterizó por una enorme turbulencia política y, a la postre, por lo que será irremediable decadencia. La muerte del emperador Manuel I en 1180 no interrumpió la decidida política occidentalista de los últimos años. Ello hizo aumentar el sentimiento antilatino de la población del Imperio, que explotó en 1182 en Constantinopla en forma de asalto contra las casas y comercios de los mercaderes occidentales, que fueron asesinados o expulsados.

La culminación del Islam clásico y su renovación


La historia del Islam entre, aproximadamente, los años 960 y 1260 podemos presentarla en dos grandes etapas. En la primera, entre 960 y 1055, el mundo islámico se hallaba dividido en tres grandes califatos: el Omeya de Córdoba, el Fatimí de El Cairo y el Abbasí de Bagdad. Las dinámicas política y religiosa de cada uno de ellos eran diferentes y explicaban tanto la existencia de algunos poderes autónomos en sus respectivas periferias como su fragmentación de hecho en reinos y principados independientes.

Esplendor económico y cultural y fragmentación política en el final del Islam clásico


Entre, aproximadamente, los años 960 y 1055, el mundo islámico vivió la etapa final de lo que se ha llamado el Islam clásico. Como en el período anterior, una misma fe, aun con variadas interpretaciones, una misma lengua de cultura, el árabe, y una misma civilización de ciudades y relaciones mercantiles continuaron identificando a millones de personas desde el océano Atlántico hasta más allá del río Indo. Esos rasgos de unidad convivieron con otros de fragmentación en la interpretación religiosa y, sobre todo, en la construcción política. Entre los primeros hay que situar: la secularización militarizada del poder, la ampliación del espacio mercantil islámico y los progresos en la reflexión filosófica y la experimentación científica.

La secularización militarizada del poder


La fusión de elementos políticos y religiosos en la relación entre la autoridad y los súbditos dentro del Islam convertía al califa en representante de Alá y exigía una ciega obediencia a la autoridad constituida. Pese a ello, las numerosas revueltas acontecidas en los tres primeros siglos de existencia y la conversión del califato en un Imperio explican el fortalecimiento de los instrumentos de poder que aseguraran el ejercicio de la autoridad entendida, prioritariamente, como secular. A finales del siglo X, los tres califatos (Bagdad, El Cairo, Córdoba) se apoyaban, en efecto, en tres bases puramente seculares: el visirato, el ejército y la fiscalidad.

 La ampliación del espacio mercantil islámico


La cristalización durante el siglo X de los califatos de Córdoba y El Cairo contribuyó a la consolidación de dos áreas económicas, Al-Ándalus y Egipto, que trataron de emular a Bagdad como polos económicos y beneficiarios de los intercambios con los otros califatos. Ello repercutió en un aumento significativo del número de localidades dignas de llamarse ciudades, en la reactivación del comercio y en una modificación y ampliación de sus itinerarios.


Qué fue el Al-Ándalus





Los progresos en la filosofía y la ciencia


El aumento de la riqueza de las sociedades islámicas y el incremento de las relaciones humanas e intelectuales contribuyeron a explicar el desarrollo cultural de los siglos X y XI. Ni siquiera la fragmentación política fue un obstáculo para el florecimiento de la actividad intelectual: al revés, ella multiplicó el nú- mero de príncipes mecenas de cualquier manifestación de cultura. Entre las características de ésta podemos apuntar tres. La primera: el peso de la reflexión filosófico-religiosa, que, en el Islam, salvo alguna excepción, alcanzó, a finales del siglo X y comienzos del XI, una de sus cimas de libertad y tolerancia; en cierto modo, de humanismo. La segunda, la hegemonía intelectual del Islam oriental, donde una más temprana difusión del empleo del papel facilitó la multiplicación de copias y, con ellas, de los libros, que, en su gran mayoría, siguieron escribiéndose en lengua árabe.

Renovación política y doctrinal en el Islam


Entre 1055 y 1260, el espacio islámico aparece dividido en dos grandes ámbitos, el oriental y el occidental, separados por el desierto de Libia y por un Magreb parcialmente arrasado por los hilalíes. Entre los dos sigue circulando el idioma árabe, la economía monetaria, la vida urbana y la actividad intelectual, pero a escala política y, en parte, religiosa se distancian entre sí a la vez que se estrechan las relaciones de los espacios de cada uno de esos dos grandes ámbitos del Islam. Así, la historia de Al-Ándalus se funde con la del norte de África, lo mismo que, en el otro extremo, sucede con las de Egipto, Siria, Irak y aun Asia Menor.

El Islam oriental


El ámbito oriental del Islam seguía incluyendo dos grandes áreas de influencia, la de Bagdad y la de El Cairo, reforzadas por sus respectivas obediencias religiosas, sunnita y siíta. Lo significativo de los años 1055 a 1260 fueron los intentos, sucesivos y fracasados, por constituir un poder hegemónico en todo el Islam oriental. Tales intentos estuvieron protagonizados por los turcos seldjúcidas en la segunda mitad del siglo XI y por Saladino cien años después.

El Imperio seldjúcida


La entrada de los turcos seldjúcidas en Bagdad en 1055 fue seguida por éxitos militares sobre los bizantinos en Manzikert en 1071, lo que permitió a aqué- llos asegurar su instalación en la península de Anatolia. Tras los primeros jefes guerreros, los seldjúcidas encontraron en Maliksah (1072-1092) y su visir iraní Nizam los dos organizadores con los que el nuevo poder alcanzó su madurez. Los signos de ésta se evidencian en las mejoras en la administración, inspiradas en el Libro de gobierno compuesto por el propio visir, en numerosas construcciones públicas y, en especial, en la creación de centros de ense- ñanza, entre los que destacó la Nizamiyya de Bagdad, nombre derivado de su fundador, el visir seldjúcida.

El sueño de unidad frustrado: Saladino


En 1099, los cruzados occidentales expulsaron a los fatimíes de Palestina y crearon el reino latino de Jerusalén en 1099. Ello suponía la merma del poder fatimí, la interrupción de la continuidad física del Islam oriental y un foco de permanentes amenazas contra la integridad del núcleo del califato, Egipto. Desde 1130, a las amenazas de los cruzados se añadieron las que suponía un nuevo poder que emergía en el norte de Siria e Irak. En efecto, uno de los múltiples principados territoriales que configuraban el Imperio seldjúcida, el de Mosul, fue confiado al hijo de un jefe militar turco del sultán Maliksah: el atabeg Zengí. El nuevo caudillo se propuso expulsar a los cruzados latinos de Jerusalén y restaurar la ortodoxia sunnita frente a la obediencia siíta de los fatimíes. A partir de 1127, Zengí y su hijo extendieron su dominio a toda Siria. En 1164, un ejército invadió Egipto. Al frente de él se hallaba un emir kurdo, que fue sucedido por su sobrino Salah-al-Din ben Ayyûb, el Saladino de nuestra historiografía. 



SULTÁN SALADINO




El Islam occidental


En 1055, el Islam occidental se extendía desde el desierto de Libia hasta el océano Atlántico y desde el río Duero y el Somontano pirenaico hasta el espacio subsahariano, incluyendo las islas del Mediterráneo. Entre 1055 y 1260, la historia del Islam occidental recuerda la del Islam oriental. De un lado, unificación religiosa en la obediencia sunnita; de otro, sustitución del poder árabe en beneficio de otros grupos étnicos.

Los almorávides


A mediados del siglo XI, el espacio islámico occidental, que se había visto afectado por la extinción del califato de Córdoba, su sustitución por los reinos de taifas y los primeros avances hispanocristianos y por las invasiones hilalíes del Magreb, fue escenario de la expansión almorávide. Se trataba de un movimiento religioso que, propagado por predicadores de la zona marroquí entre el Alto Atlas y el Anti Atlas, había conseguido adeptos sobre todo entre los tuaregs camelleros del Sahara. El mensaje religioso combinaba rigor moral, interpretación literal del Corán y la Sunna, adscripción sin fisuras a la escuela malikí de pensamiento teológico y jurídico y voluntad de utilizar la guerra santa como instrumento para imponer su credo a los otros musulmanes a quienes consideraban desviados del camino del Profeta.



El imperio almorávide




Los almohades


Los grandes beneficiarios del debilitamiento del Imperio almorávide, y en pocos años sus sucesores, fueron los almohades: etimológicamente, «los predicadores de la unidad de Dios». Como el anterior, era un movimiento religioso nacido también en la región del Atlas marroquí y difundido entre los bereberes, aunque, en este caso, mayoritariamente sedentarios. El gran predicador del nuevo movimiento fue Ibn Tûmart, que se había formado en las madrassas de oriente y se consideraba fiel discípulo de Al-Ghazalí. Su objetivo fue proponer una nueva forma de entender el mensaje del Islam, sustituyendo el rigorismo fanático y la literalidad de los almorávides por planteamientos teológicos y jurídicos más ricos y complejos, inspirados en parte en el mutazilismo; esto es, en el fondo, en bases neoplátonicas.


ACTIVIDADES

Con base en la lectura y los vídeos, realiza las siguientes actividades.





Bibliografía

García, J.A Y Sesma, J.A. (2008). La construcción de los espacios políticos europeos, en Manual de Historia Medieval (183-216). Madrid: Alianza Editorial, S.A.

















No hay comentarios:

Publicar un comentario