jueves, 30 de marzo de 2017

Demografía y poblamiento

DEMOGRAFÍA Y POBLAMIENTO: CAÍDA DEMOGRÁFICA Y REJERARQUIZACIÓN DEL HÁBITAT

La quiebra demográfica





El crecimiento de la población occidental sostenido hasta muy avanzado el siglo XIII había necesitado del aumento igualmente constante de la producción agrícola para atender las demandas de alimento. Dada la limitada capacidad técnica de la agricultura, este incremento sólo era posible con la ampliación de los campos de cultivo, bien por la incorporación de nuevos espacios improductivos o por la conversión de pastizales y bosques en tierras de labor. A finales del siglo XIII la superficie agrícola se había ampliado en toda Europa, aunque lo había hecho todavía más, en términos relativos, la red urbana que englobaba una población en rápido desarrollo. Los habitantes de las ciudades, que suponían en algunas regiones la cuarta parte de la población total, absorbía un gran porcentaje de la producción regular de alimentos, lo que imponía un ritmo creciente a la agricultura, difícil de sostener, porque la expansión presentaba cada vez mayores dificultades, por el recurso a terrenos marginales de escaso rendimiento y porque las roturaciones masivas amenazaban con romper el equilibrio ecológico y productivo.

La población europea en vísperas de la crisis


Es un dato generalmente admitido que a mediados del siglo XIV, tras el apogeo demográfico, la población de Europa sufrió un brusco descenso. La cifra de 86 millones de habitantes calculada por Russell para 1340 supone una valoración aceptable en la progresión mantenida desde el siglo XI, aunque de difícil interpretación por la irregularidad de la distribución territorial y el valor relativo de los datos poblacionales respecto al medio.

Los campos parecen estar llenos... y las ciudades también


La escasez y relatividad de las cifras debe completarse con la matización de las sensaciones. El comportamiento de la sociedad en ciertas áreas rurales nos acerca a la impresión de estar ante un espacio lleno. El proceso de fragmentación de las parcelas trabajadas por las familias campesinas, los esfuerzos desplegados para conseguir ampliar modestamente el parcelario a costa de terrenos pobres a los que hay que aplicar duros tratamientos para hacerlos producir y la aceptación por los colonos de las fórmulas de explotación aplicadas en los señoríos, sólo se entienden en una situación de hambre de tierras.
En el medio urbano también resulta fácil conectar las cifras aisladas que conocemos y las sensaciones ampliamente difundidas. La red de ciudades establecida en el Occidente europeo había llegado a su plenitud, hasta el punto de que prácticamente en los siglos siguientes, hasta tiempos modernos, no se establecieron nuevos núcleos.

La peste negra y la guerra


También sensaciones y cifras se unen para dar una imagen terrible del impacto provocado a mediados del siglo XIV por la epidemia de peste. La impresión de desolación transmitida por los contemporáneos, que sólo son capaces de asimilarla concibiéndola como un castigo divino, y el recuerdo mantenido en las generaciones posteriores, que la han utilizado siempre como referencia de sus peores situaciones, son resúmenes sin cuantificar del alcance. La peste negra, llamada así por el color negruzco de los bubones, póstulas y manchas que cubrían la piel de los infectados, llegó a Europa desde Asia siguiendo las rutas del activo comercio establecido por los mercaderes italianos.





Las dos zonas de entrada al continente fueron marítimas, los puertos del mar Negro y del Mediterráneo occidental (Mesina y Marsella), y desde ellas se produjo una rápida expansión que entre noviembre de 1347 y mediados de 1350 recorrió la práctica totalidad del territorio europeo: Italia, Francia y península Ibérica antes del verano de 1348, saltando a Inglaterra a finales de ese año, al siguiente las tierras del centro y norte de Europa y, por último, en 1350, los países del área báltica. En cada uno de estos lugares, durante seis meses aproximadamente, la muerte se cebaba en una población prácticamente indefensa.


LA PESTE NEGRA





A juzgar por los datos disponibles, parece claro que fueron las poblaciones de Francia e Inglaterra las más castigadas del continente. En el recorrido de la epidemia pueden encontrarse pequeños círculos en los que la incidencia fue muy leve o no se produjo, como Bearn, Hungría, comarcas de Hainaut o Brabante, entre otros.
El desquiciamiento demográfico a raíz de estas sucesivas epidemias se vio incrementado por un descontrolado movimiento de las poblaciones sobrevivientes. En las ciudades se producirá una aglomeración desordenada de recién llegados, al tiempo que en muchas zonas rurales se abrirá un período de convulsiones guerreras que incrementará el desasosiego de la sociedad. Las primeras acciones de la guerra de los Cien Años, la guerra civil castellana, la guerra de Escocia, la de las ciudades italianas y la de la Hansa en el Báltico contribuyeron a alterar la estabilidad de las poblaciones, que se vieron impulsadas a huir para buscar cobijo en la ciudad.

LA GUERRA DE LOS CIEN AÑOS




La lenta recuperación del siglo XV


El siglo XV debe considerarse como de recuperación. No obstante, los rebrotes de peste continuaron produciéndose con cierta gravedad, aunque más localizados en el espacio y con efectos menos demoledores, fundamentalmente porque junto a la natural inmunidad adquirida, se había producido la mejoría general de las condiciones físicas y un cambio en las costumbres alimenticias de la población, todo ello apoyado en la reorganización de la producción agrícola. 
El factor principal que nos obliga a hablar de recuperación demográfica no está claramente centrado en una disminución de la mortalidad, sino en el aumento de la fecundidad y en la renovación de la población. La reacción inmediata que se observa en la sociedad europea tras el primer ataque de la peste es un fuerte estímulo procreador manifestado en primer lugar por el aumento de la nupcialidad.

La reorganización de la población


El espacio es un elemento organizado socialmente, es decir, no constituye un marco natural inalterable en el transcurso de la historia, sino los grupos sociales que lo utilizan lo transforman según sus actividades. Los hombres, al ocupar un espacio definido se apropian de él. Esta apropiación se realiza a partir de los núcleos de población, cuyo tipo está, en última instancia, determinado por factores económicos y sociales. Los cambios en la ordenación del poblamiento a finales de la Edad Media no fueron consecuencia exclusiva de los efectos de la peste y el hambre, ni de los episodios de guerra, que tuvieron un papel decisivo en alguna región, sino que el factor director del cambio hay que buscarlo en las migraciones, en los movimientos de la población que llevaron nuevas gentes a regiones ricas y suelos fértiles, en detrimento de las pobres que los expulsaron.

La selección de los lugares habitados


Esta tendencia se observa a gran escala con los traslados a largas distancias de grupos de colonos, pero también en recorridos cortos, con los abandonos de las tierras marginales, en beneficio de las más productivas y cómodas, normalmente en la llanura, lo que implica un movimiento de la población desde sus asentamientos en altura o en lugares poco saludables para ocupar los vacíos surgidos en localidades mejores y mejor comunicadas.

Los despoblados


La principal modificación del poblamiento en las distintas regiones europeas fue la aparición de despoblados, es decir, la existencia de amplios espacios sin núcleos de habitación. Todos los factores antes mencionados contribuyeron, en distinta medida en cada región, a fomentar la desaparición de sus anteriores pobladores, y a marcar las diferencias interregionales que se mantendrán vigentes en Europa durante los tres siglos siguientes, hasta la revolución industrial.

Hacia una Europa de las ciudades


Es difícil fijar con precisión los criterios que distinguen un núcleo urbano de otro no urbano. Para un geógrafo o un historiador de épocas modernas, el nú- mero de habitantes (más de 5.000) es un argumento muy significativo; para un medievalista, las dificultades de llegar a cifras fiables y el valor relativo que presentan hacen inservible el argumento de la cantidad, además de que no pueden obviarse otros conceptos, como el estatuto jurídico, la estructura física y las actividades económicas y culturales, por ejemplo, que desempeñan un papel muy destacado en el sistema de valores del hombre medieval. Esta realidad, no obstante, no debe ocultar la necesidad de fijar conceptos que permitan definir y delimitar el mundo rural y el urbano, y procurar, aunque sea con métodos perfeccionables, alcanzar criterios sustantivos de comportamiento que, en especial ante los fenómenos de larga duración, puedan aplicarse en ciudades de un mismo entorno cultural. Quizá el dato demográfico y la proporción existente entre la población rural y la urbana no sean exactos para la época medieval, pero son de aplicación universal y, sin caer en la rigidez, constituyen argumentos válidos de definición y jerarquización.


ACTIVIDAD

Con base en la lectura anterior y los vídeos, anímate a resolver el siguiente test y la siguiente sopa de letras.




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Bibliografía

García, J.A Y Sesma, J.A. (2008). La construcción de los espacios políticos europeos, en Manual de Historia Medieval (183-216). Madrid: Alianza Editorial, S.A

youtube (2017).  La Peste Negra. En: https://www.youtube.com/watch?v=cTGOcqsRlyc (marzo 30, 8:50)

youtube (2017). La Guerra de los Cien Años. En:  https://www.youtube.com/watch?v=3nEblQCwqCY (marzo 30, 8:58)











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