viernes, 17 de febrero de 2017

LA ÉPOCA CAROLINGIA

La época carolingia y el nacimiento de Europa 





A comienzos del siglo VIII, el modelo germano-romano de sociedad se extendía desde la frontera de Escocia hasta Gibraltar y desde la costa atlántica hasta la del Adriático. Ese momento, entre los años 700 y 715, en que los musulmanes se instalaban en la península Ibérica y daba los primeros pasos lo que será la construcción carolingia, constituye el arranque de este capítulo. Su cierre lo situamos hacia mediados del siglo X, cuando coinciden la estabilización de la frontera entre cristianos y musulmanes en España, la victoria de Otón I sobre los húngaros a orillas del río Lech y el debilitamiento de la furia de los vikingos en el Atlántico y de los piratas sarracenos en el Mediterráneo. Estos últimos hechos, entre otros, se estiman como indicios del final de las «segundas invasiones».

La época de Carlomagno: una síntesis limitada y frágil


La ocupación musulmana de la península Ibérica y el dominio bizantino en el sur de Italia habían reducido a millón y medio de kilómetros cuadrados el espacio que reconocía la autoridad del pontífice de Roma, esto es, que configuraba la Cristiandad latina: de Escocia a Benevento, del Rin a los Pirineos. El esfuerzo de los carolingios aglutinó ese espacio bajo su jefatura moral, aunque en la práctica se fueron fortaleciendo entidades político-territoriales autó- nomas, más acomodadas a la escala social y física de las distintas regiones. A finales del siglo IX o en el X, esas entidades acabaron tomando la forma de principados territoriales; a ellas se unieron otras dos nacidas fuera de la construcción política de Carlomagno; concretamente, en su periferia anglosajona e ibérica: el reino de Wessex y el reino de Asturias. 


Carlomagno





El ascenso de los carolingios


Pipino de Herstal murió en 714 dejando en manos de su hijo bastardo Carlos Martel las mayordomías de palacio de los tres reinos de Austrasia, Neustria y Borgoña, a cuyos títulos empezó a añadir otro, el de príncipe o duque de los francos. Tras los primeros años de dificultades para imponer su autoridad, Carlos Martel propuso a las aristocracias unos objetivos exteriores que permitieran relajar las tensiones internas. En el norte, continuar la tarea de sumisión de Frisia y controlar a alamanes y sajones. En el sur, frenar a los musulmanes que habían entrado en tierras francas; Carlos Martel los derrotó cerca de Poitiers en 732, lo que contribuyó decisivamente a realzar su prestigio.


Los orígenes del Imperio Carolingio






El Imperio de Carlomagno


La muerte de Pipino en 768 trajo un nuevo reparto del regnum francorum entre sus hijos Carlomán y Carlos. El fallecimiento del primero tres años después dejó todo el poder en manos del segundo, pronto llamado «el Magno», esto es, Carlomagno. Su reinado y el de su sucesor, Luis «el Piadoso» constituyeron hasta el año 840 una síntesis de los elementos de la Cristiandad latina.

Las conquistas 


 Las conquistas de Carlomagno siguieron las líneas trazadas por su abuelo Carlos Martel y su padre, Pipino «el Breve». La primera dirección de sus campañas fue la del este pagano y, una vez asegurada la conquista y cristianización de Frisia, se desplegó en tres escenarios. El primero, el de los territorios sajones. Entre los ríos Rin y Elba, las campañas se prolongaron durante treinta años, en los que alternaron aparentes victorias francas y sangrientas revueltas de los presuntos vencidos. La más espectacular la dirigió el aristó- crata Widukind. Al final, los francos se impusieron y organizaron una represión feroz y un cambio de táctica: soldados y misioneros combinarían esfuerzos para realizar una conquista sistemática, que fue facilitada por la incorporación de la aristocracia sajona a la estructura administrativa del Imperio en condición de condes. En 802, la promulgación de la Lex Saxonum, que preservaba muchas antiguas costumbres, puso fin oficialmente a la conquista carolingia de Sajonia.


La coronación imperial


El día de Navidad del año 800, en la Misa del gallo, el papa León III impuso la corona a Carlomagno. El hecho vino a culminar una trayectoria iniciada con el golpe de Pipino «el Breve» del año 751 y sancionada por las victorias militares de Carlomagno. El año anterior a la coronación, Alcuino de York, consejero del rey, dirigió a Carlomagno una carta en la que defendía la hegemonía del rey franco. Para el consejero áulico, los tres poderes que gobernaban el mundo eran «el emperador de Constantinopla, el pontífice de Roma y el rey de los francos».

La organización del Imperio


La organización se realizó de una forma empírica. Sin embargo, los eclesiásticos del palacio supieron revestirla de una conceptualización de tradición romana basada en la noción abstracta de un Estado como garante de la res publica, del bien común. Los poderes efectivos de Carlomagno derivaban, de un lado, del ban militar, y, de otro, del munt judicial, ambos de tradición germánica, como lo era la fortaleza de los vínculos personales que ligaban a los hombres libres con el rey franco y que, anualmente, los guerreros renovaban en asambleas convocadas para ello. Todas estas medidas eran claramente insuficientes para gobernar un espacio que resultaba demasiado extenso y variado. Ello obligó a Carlomagno a reconocer el principio de la personalidad de las leyes en los territorios del Imperio y a compatibilizarlo con el ejercicio general de algunas competencias eclesiásticas, fiscales y económicas. La protección del clero y la intervención en la designación de los obispos, un cierto control en las ferias y mercados y la ordenación monetaria se encontraban entre ellas.

La crisis del Imperio carolingio


Carlomagno murió en el año 814, siendo sustituido por Luis «el Piadoso» (814-840). El nuevo reinado estuvo marcado por las dificultades de administrar un Imperio demasiado extenso y variado, la dinámica de la sociedad franca, con una privatización de competencias del poder público, la falta de nuevas empresas exteriores y los espectaculares progresos de la Iglesia franca que llegó a constituir una Iglesia de Estado y ejerció una decisiva influencia en la formación de la civilización de la Europa occidental. De hecho, durante el reinado de Luis «el Piadoso», lo que el Imperio perdió en cuanto construcción política lo ganó en cuanto escenario de una Respublica christiana, de una Cristiandad. A ese conjunto de rasgos se unieron dos hechos que condicionarán el destino del Imperio: el reparto del mismo y las «segundas invasiones».


El reino de Wessex frente a los vikingos


La consolidación de los anglosajones en Inglaterra y su conversión al cristianismo en el siglo VII produjeron una cierta territorialización política de sus agrupaciones sociales bajo caudillos regionales. A comienzos del siglo VIII, la hegemonía de Northumbria sobre el resto de los reinos anglosajones fue heredada por el reino de Mercia. El largo reinado de Offa (757-796) contribuyó a asegurarla con sus decisiones en materia de administración territorial, que organizó sobre la base de condados o shires, a cuyo frente situó los earldormen de nombramiento real, en la acuñación de moneda y en la elaboración de leyes escritas. Sus aspiraciones a conseguir la unificación del sur de la isla le impulsaron a construir un largo muro de tierra con empalizadas (el llamado Offa’s dyke) que defendiera sus dominios de la amenaza de los galeses.


 El reino de Asturias contra los musulmanes


La entrada de los musulmanes en la península Ibérica en el año 711 y el rápido control de la misma supusieron la extinción del reino hispanogodo. En el norte surgieron pronto unos focos de resistencia al Islam. De todos ellos, el de Asturias fue el más precoz y consciente de recoger la herencia del reino visigodo de Toledo. Su consolidación como reino de Asturias se efectuó durante el largo reinado de Alfonso II (792-842), quien, con la ayuda de la jerarquía eclesiástica, recuperó conscientemente la herencia visigoda, tanto en la administración civil (con el officium palatinum) como en la eclesiástica (con la creación de obispados y el estímulo a los monasterios). La aparición del presunto sepulcro del apóstol Santiago en Compostela sirvió para fortalecer ideológicamente el reino.

Los vikingos


«Los hombres del vik o bahía» eran parientes próximos de los germanos de las invasiones del siglo V que se habían establecido en las tierras escandinavas. Según las fuentes, esos vikingos reciben otros nombres. Para los francos, son «los hombres del norte» o normandos; para los musulmanes, son los machus o «adoradores del fuego»; para los bizantinos, son los «hombres del comercio» o varegos. En cualquier caso, las fuentes no dieron noticias de ellos hasta los ataques vikingos a los monasterios (Lindisfarne, por ejemplo) de la costa oriental inglesa, a finales del siglo VIII. En esas fechas, la sociedad escandinava debía responder al modelo de los germanos protohistóricos. Se caracterizaba por la existencia de una familia extensa, que, dirigida por un jefe, al que acompañaban clientes y esclavos, se dedicaba a la agricultura y la ganadería y, en menor medida, a la artesanía y el comercio. La reunión de jefes constituía el consejo que asesoraba al rey, una especie de caudillo primus inter pares, que se apoyaba, además, en un séquito de guerreros jó- venes. En algunas zonas, en especial, de Noruega, las condiciones del relieve facilitaban la existencia de numerosos y minúsculos reinos, lo que no era óbice para que, en el conjunto de las tierras escandinavas, se empezaran a dibujar en esta época los perfiles de las tres nacionalidades históricas: noruegos, suecos, daneses.

El nacimiento de Europa


La imagen de anarquía política y pillaje, que los segundos invasores contribuyeron a robustecer, no debe hacer olvidar que las relaciones de producción en el seno de la sociedad de Occidente estaban experimentando los cambios que iban a asegurar las bases de construcción de la sociedad medieval europea. Desde comienzos del siglo X, los que ya podemos llamar europeos empezaron a vivir en una evidente paradoja. Mientras sus pies se asentaban en el pequeño espacio de su familia, aldea, señorío, principado, y, al hacerlo, incrementaban sus bases de riqueza e intercambio, su mente, adoctrinada por obispos y monjes, se resistía a abandonar el universo de la unidad imperial y cristiana que el Imperio de Carlomagno había constituido. Esa mezcla de innovación y herencia caracterizaron el nacimiento de Europa.

Las bases del primer crecimiento europeo 


La paulatina modificación de las relaciones de producción trajo consigo, durante el siglo IX, un período de cierta libertad del campesinado y, a partir de mediados del siglo X, un nuevo encuadramiento social bajo pautas marcadas por los señores, que tuvo repercusiones demográficas y económicas. En el conjunto del proceso global, tres son los aspectos en que debemos fijar la atención: a) Las modificaciones de las unidades de producción dominantes en el mundo rural.
b) La evolución del poblamiento. 
c) El papel de los intercambios. 


El triunfo de la aldea


Entre los siglos VII y X, la evolución de los asentamientos campesinos, en especial, los alodiales, se caracterizó por tres procesos. El primero fue la provisionalidad e itinerancia de los núcleos de asentamiento. La utilización de materiales constructivos (madera, cañas, retama, paja impermeabilizada con sebo de animales) frágiles y baratos permitió que los grupos productores, normalmente, muy reducidos, de ocho a veinte personas, pudieran, literalmente, cargar con su casa a cuestas cuando no aprovechaban las cuevas naturales o excavaban otras en rocas de materiales blandos.

La construcción de las bases culturales y morales de la naciente Europa  


El empeño de Carlomagno por imponer sus ideas centralizadoras en el campo cultural alcanzó un resultado, el renacimiento carolingio, que, aunque limitado en términos absolutos, constituyó la parte más sorprendente y más permanente de su herencia. En una perspectiva más amplia, hay que incluir el esfuerzo que la Iglesia desplegó en los setenta años que siguieron a la muerte de Carlomagno en lo que se ha podido llamar «la construcción de la Iglesia del Antiguo Régimen». Esto es, la definición de las normas teológicas, morales y organizativas que, sancionada por los concilios de los siglos XII y XIII, ha llegado en parte hasta nuestros días.

La construcción de la Iglesia del Antiguo Régimen


Durante el siglo IX, la Iglesia fue construyendo un esquema doctrinal que contribuyó a crear hábitos culturales que han llegado, prácticamente, hasta nosotros. El esquema incluía cuatro componentes: un pensamiento teológico; una voluntad de organización eclesiástica; una teoría del poder político; y una ordenación de los hábitos mentales y materiales. 


ACTIVIDADES

En el siguiente link encontraras una serie de actividades que podrás desarrollar de acuerdo a la lectura y los vídeos previos.

http://raulrv.blogspot.com.co/2011/10/actividades-imperio-bizantino-y.html

https://www.educaplay.com/es/recursoseducativos/2889327/imperio_carolingio.htm

https://www.educaplay.com/es/recursoseducativos/2167412/i_bizantino_i_carolingio.htm


Bibliografía


García, J.A Y Sesma, J.A. (2008). La construcción de los espacios políticos europeos, en Manual de Historia Medieval (183-216). Madrid: Alianza Editorial, S.A






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