viernes, 10 de febrero de 2017

El Imperio Bizantino

LA HERENCIA DE ROMA EN EL ESTE: EL IMPERIO BIZANCIO

El Imperio Bizantino o también llamado el Imperio Romano de Oriente, fue un Imperio que se destaco por su brillantes en una época mal llamada oscura. Este floreció gracias a la excelente labor de su emperador Justiniano, quien hizo de este un gran imperio.  




La división del Imperio romano en 395 y el largo reinado de Teodosio II, nieto de Teodosio «el Grande», entre 408 y 450, constituyen el umbral de este capítulo, que se cierra en torno al año 960 cuando el Imperio de Bizancio alcanza una segunda culminación en su historia. Durante esos cinco siglos, la parte oriental del antiguo Imperio sobrevive aunque lo hace en condiciones sobre las que los historiadores discrepan. Para unos es clara la pervivencia de una sociedad de tipo antiguo. Esto es, estiman que continuó existiendo tanto una relación de tipo público entre los habitantes, sometidos a la autoridad del emperador y a un derecho de validez universal, como un sistema urbano capaz de mantener las funciones ordenadoras del espacio rural de su territorium y sus vínculos entre las distintas ciudades del Imperio. Para otros historiadores, sin embargo, tal pervivencia sólo atañe a la titularidad de un poder público pero resulta discutible cuando se analizan los rasgos sociales del Imperio, que, según ellos, se debilitaron y a la postre se modificaron a raíz de la crisis del siglo VII. Ésta, junto a una drástica reducción de los territorios del Imperio, se caracterizaría por una desestructuración, aunque no eliminación, de la sociedad y el Estado antiguos.



Grandes Civilizaciones - Imperio Bizantino






El esplendor del Imperio: la época de Justiniano 


La imagen de continuidad del Imperio de Bizancio se halla inevitablemente reforzada por su historia de los siglos V y VI. A diferencia de la disgregación y la barbarización del espacio occidental, el oriental no sólo seguía dando muestras de unidad interna, sino que trató de reintegrar la totalidad del antiguo Imperio romano.

La herencia romana en la parte oriental del Imperio


En el año 476, cuando en Occidente se extinguió la vida del Imperio, en Oriente, éste mostraba los caracteres que lo iban a hacer reconocible durante siglos: un Imperio griego, culto, político, urbano, mercantil y cristiano. A raíz de la división del año 395, ocupaba una extensa superficie: desde la costa oriental del mar Adriático hasta la frontera con Persia y desde el Danubio hasta el desierto africano. Su lengua dominante, el griego, convivía con otros idiomas de rica producción literaria, como el copto en Egipto, el hebreo, el arameo y el siríaco en Siria, o el propio árabe en su extremo sudoriental. Esos diferentes idiomas, en especial, el griego, servían de vehículo a las expresiones culturales de regiones con larga tradición en el empleo de la escritura y en el ejercicio de la reflexión filosófica y teológica. La base política del Imperio se asentaba en la solidez de las instituciones y en la fortaleza de la cosa pública, empezando por el emperador y siguiendo por el derecho. Su base económica (y, en buena parte, social) residía en una amplia capa de pequeños propietarios campesinos instalados en aldeas que aprovisionaban los mercados de las grandes ciudades, que eran, a su vez, las que daban el tono al Imperio bizantino al constituir importantes centros de comercio, administración y enseñanza. El aprovisionamiento de los grandes centros urbanos se convirtió en una de las obligaciones del Estado, lo que explica el dirigismo estatal del comercio del Imperio.

El emperador Justiniano y su programa 


El año 518, tras la muerte del emperador Anastasio, un golpe de Estado promovió al trono imperial al jefe de la guardia de palacio, Justino I (518-527), originario de la Iliria latina. Su reinado servirá para asegurar los cimientos del de su sobrino Justiniano, a quien asoció al trono y que, una vez muerto su tío, dirigirá el Imperio entre los años 527 y 565.



Justiniano llega a Bizancio





La reintegración mediterránea y su fracaso


El programa de unidad, romanidad e inmovilidad de Justiniano, cuyas repercusiones internas acabamos de ver, tenía un objetivo muy preciso: la reconstrucción física de la unidad del antiguo Imperio romano. El emperador se dispuso a aprovechar la dinámica de crecimiento de su reino y lo que, a su entender, eran frágiles construcciones políticas de los germanos en territorios de población mayoritariamente romana que, según pensaba, acogería con jú- bilo la reconstrucción del antiguo Imperio. Los intentos del ostrogodo Teodorico, quien, a principios del siglo VI, parecía querer crear un espacio pangermánico en el oeste del Mediterráneo, empujaron a Justiniano a poner en marcha su proyecto en el año 532, una vez que superó la revuelta Niké y firmó una «paz eterna» con el Imperio persa. 


Justiniano - Hacia la unificación del imperio




Del Imperio romano de Oriente al Imperio bizantino


Entre el año 565, muerte de Justiniano, y el 610, acceso al trono de Heraclio y de una nueva dinastía, la vida del Imperio de Bizancio puso de relieve dos hechos. De un lado, que Justiniano había sido el último emperador romano. De otro, que la segunda parte de su reinado había supuesto el tránsito de la vieja civilización «romana» a una nueva cultura «bizantina». En adelante, ésta se desarrollará en escaso contacto con el oeste, pendiente de lo que suceda en el este, y dispuesta a conservar los tres elementos más significativos de la herencia justinianea: un derecho público, una capital rica y un modelo de emperador autócrata y sacralizado.

El final del sueño «romano»


La muerte de Justiniano en el año 565 pareció acelerar los dos procesos que empezaban a debilitar el Imperio de Bizancio: la amenaza de los enemigos exteriores y el deterioro de la situación social, política y militar interna, que cabía atribuir tanto a la presencia de aquéllos como, sobre todo, al desgaste producido por la política de reintegración mediterránea.  



El legado de Justiniano




La crisis del siglo VII


El descontento de la población del Imperio a causa de las guerras, las hambres y las persecuciones políticas fue capitalizado por Heraclio (610-641), que derrocó a Focas, ocupó el trono imperial y fundó una nueva dinastía. En los cien años que transcurrieron entre 610 y 717, la vida bizantina estuvo marcada por la crisis que afectó las estructuras del Imperio. El debilitamiento de éstas, visible desde la muerte de Justiniano, experimentó un agravamiento cuando el Imperio persa fue sustituido, desde la década de 630, por el Islam. La intervención de los musulmanes, que ocuparon rápidamente las provincias orientales del Imperio de Bizancio, exigió un nuevo esfuerzo de guerra. Los rasgos (autoridad del Estado, derecho público, ciudades ordenadoras del entorno rural) que habían caracterizado a aquél se debilitaron decisivamente a la vez que se reforzaba una mentalidad de supervivencia teñida de milagrerismo que encontraba refugio en la veneración de las imágenes. De resultas del proceso, al final del período, en 717, el Imperio de Bizancio apareció como algo nuevo: más reducido, coherente, militarizado, rural, privado, griego. En una palabra, un Imperio menos antiguo, más medieval.

Los signos de discontinuidad histórica


Las circunstancias vividas por el Imperio de Bizancio en el siglo VII tuvieron importantes repercusiones en la sociedad hasta el punto de que los historiadores consideran que aquel siglo supuso una solución de continuidad en la historia bizantina. Tres procesos fueron los que la marcaron: la militarización, la pérdida de peso específico de la ciudad y el fortalecimiento del mundo rural. 

Un Imperio a la defensiva y la querella de las imágenes


El sistema de themas fortaleció los poderes militares de las provincias, en especial, las fronterizas. Algunos de sus jefes aprovecharon desde 695 la circunstancia para imponerse por breve tiempo en el ejército y en el trono imperial. En 717, León, el estratega de Anatolia, consiguió no sólo instalarse en el trono hasta 741 sino estabilizar una nueva dinastía, la Isáurica. Con ella se abrió otro período en la historia política del Imperio de Bizancio que los historiadores no consideran cerrado hasta el año 867 en que la dinastía Macedónica ocupó el trono imperial.
La disputa en torno al carácter de las imágenes y su culto se desarrolló en tres grandes etapas. La primera, entre los años 726 y 787, conoció el triunfo de la La Alta Edad Media (años 380 a 980) iconoclastia. La segunda, entre 787, fecha en que el concilio II de Nicea restauró el culto de las imágenes, y 815, se caracterizó por el éxito de la iconodulía. Y la tercera, entre 815, en que se volvió a la iconoclastia, y 843, en que la querella concluyó con el triunfo definitivo de los defensores de las imágenes. La resolución final del conflicto tuvo como secuela la eliminación de las fuentes favorables a la iconoclastia, lo que ha dejado en la penumbra para siempre aspectos significativos del período.

Una segunda Edad de Oro bizantina: la dinastía Macedónica


El asesinato del emperador Miguel III en 867 puso el trono en manos de Basilio I (867-886). Con él se inició una nueva dinastía, la Macedónica, que prolongó su existencia entre aquella fecha y 1057, en que la aristocracia territorial dio el golpe de Estado que entronizó a Isaac Comneno. Durante casi dos siglos, bajo el mando de los emperadores macedones, el Imperio de Bizancio vivió una etapa de consolidación política y social interna y apogeo cultural que ha sido denominada «segunda Edad de oro bizantina». Dentro de esos doscientos años, un primer período correspondió a la afirmación de la nueva dinastía entre el acceso de Basilio I al trono en 867 y la muerte de Constantino VII en 959. El fortalecimiento de la autoridad imperial, la recuperación de las ciudades, la reactivación del comercio internacional, un cierto debilitamiento de las comunidades aldeanas y un desarrollo de las grandes propiedades monásticas fueron sus rasgos dominantes.


La ampliación del área de influencia bizantina hacia los mundos búlgaro y ruso 


En los noventa años que mediaron entre la accesión al trono de Basilio I en 867 y la muerte de Constantino VII en 959, el Imperio mostró una fortaleza que se tradujo en un cambio de la actitud, hasta entonces defensiva, que había caracterizado la política exterior bizantina. Dentro de ella, lo característico en el siglo X fue una disminución de la atención a los frentes oeste y este, ocupados por los musulmanes, y una dedicación al frente norte, es decir, a Bulgaria y al mundo eslavo, representado, sobre todo, por el principado ruso de Kiev.



ACTIVIDADES:

Con base en la lectura previa y los vídeos, resolver el crucigrama que se encuentra en el siguiente link.






BIBLIOGRAFÍA

Youtube. (2017), Grandes Civilizaciones - Imperio Bizantino. En: https://www.youtube.com/watch?v=I-gxShOKOeA (abril 7)

Youtube. (2017), Justiniano. En: https://www.youtube.com/watch?v=XnA9eVv8CuM (abril 7)

Youtube. (2017), Justiniano. En:  https://www.youtube.com/watch?v=8gIUQ4neSfs (abril 7)


García, J.A Y Sesma, J.A. (2008).La herencia de Roma en el este: El Imperio de Biza, en Manual de Historia Medieval (57-86). Madrid: Alianza Editorial, S.A













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