VAMOS A HACER UN INTERESANTE RECORRIDO POR LA IMPRESIONANTE HISTORIA DE LA EDAD MEDIA, ESPERO QUE APRENDAMOS MUCHO Y LES GUSTE. SERÁN BIENVENIDAS SUGERENCIAS O CRITICAS.
viernes, 17 de febrero de 2017
EL ISLAM: UNA NUEVA RELIGION
El Islam: una nueva religión, una nueva civilización
El comienzo de la predicación de Mahoma en el año 610, que las conquistas
árabes convirtieron en acto creacional de decisiva importancia, abre este nuevo
capítulo. Su cierre lo situamos a mediados del siglo X en la fragmentación
del único califato (el abbasí de Bagdad), que dio entrada a los de Córdoba
(omeya) y El Cairo (fatimí). El argumento de esos tres siglos y medio es la
aparición de una nueva fuerza histórica, el Islam, que en poco tiempo aseguró
su presencia en un amplísimo espacio, del océano Atlántico hasta el río Indo.
En él creó una civilización, aparentemente uniformada por la creencia religiosa
(pronto dividida en las dos grandes ramas: sunní, sií), el idioma árabe y las
formas de vida, economía y cultura.
El nacimiento del Islam
El escenario de aparición del Islam, Arabia, resulta, a escala planetaria, muy
próximo al del surgimiento de las otras dos religiones monoteístas de las que
aquél se reconoce deudor, el judaísmo y el cristianismo. En cambio, la velocidad
de difusión del islamismo y los instrumentos político-militares que la impulsaron
no tuvieron nada que ver con los de las otras dos creencias. Tal vez,
por estas circunstancias, todavía es frecuente una confusión entre dos vocablos:
árabe (etnia, pero también la lengua difundida en el mundo islámico) y
musulmán (que se refiere a la religión), con el que se relaciona islámico (más
amplio y relativo a la cultura en general).
Origen del Islam y su expansión hasta al-Andalus
Arabia, escenario de la aparición del Islam
La península de Arabia comprendía a finales del siglo VI tres grandes áreas
dotadas de relativa individualidad. La septentrional, abierta a la influencia siria
y mesopotámica, había conocido variadas tradiciones filosóficas y religiosas
(helenísticas, sasánidas, judías y cristianas), fue cuna del propio alfabeto
árabe y era asiento del santuario de Bakka, destino de una importante peregrinación.
La zona central era el dominio de los nómadas, tanto de los pastores
beduinos como de los mercaderes que tenían sus ferias en Medina y La Meca.
Mahoma y su doctrina
Mahoma nació en La Meca, en torno al año 570, en el seno del clan de los hachemíes,
rama en decadencia de la tribu de los quraysíes, y creció en el ambiente
de enriquecimiento y monoteísmo de su ciudad natal. Cuando tenía
cuarenta años, su espíritu sensible y soñador sintió la llamada de la divinidad
que lo animaba a seguir su tarea de hostigamiento de la impiedad y la corrupción
de la aristocracia mercantil de La Meca, labor que empezó a desarrollar
con una predicación más sistemática. Primero, entre los miembros de su familia,
empezando por su mujer Jadiya, que tenía importantes intereses en los
negocios caravaneros. Más tarde, entre sus convecinos de La Meca, particularmente,
su amigo Abu Bakr, cuya hija Aisha será la última esposa de Mahoma,
o su primo Alí, que casará con Fátima, hija del Profeta.
Mahoma-01-QuienEra
El comienzo de la expansión: los califas ortodoxos
La muerte de Mahoma en el año 632 abrió un primer período en la historia del
Islam, que concluyó con el asesinato de Alí, cuarto de los sucesores del Profeta,
en 660. Durante esos treinta años, el Islam estuvo dirigido por el califato
perfecto o los califas ortodoxos, esto es, compañeros de Mahoma, supuestos
conocedores del camino recto que el Profeta habría elegido para la resolución
de las cuestiones planteadas a la comunidad.
Las conquistas y el trato a los conquistados
La muerte de Mahoma en 632 reprodujo antiguas tensiones entre tribus, en especial,
la ya vieja entre los compañeros del Profeta y los quraysíes de La
Meca, y fue superada por la designación de Abu Bakr (632-634) como único
sucesor suyo. Su título de califa, esto es, «sucesor o lugarteniente del Enviado
de Dios», le garantizaba el disfrute de las competencias de que había dispuesto
el propio Mahoma al convertirlo a la vez en cabeza de la congregación de
creyentes y jefe de Estado.
El final del califato ortodoxo y la aparición del siísmo
Los éxitos militares árabes y el rápido enriquecimiento de sus protagonistas
oscurecieron las tensiones que iban apareciendo en los territorios ocupados y
derivaban en tres tipos de enfrentamientos. Entre distintas tribus árabes, que
se reproducían en cada nueva provincia añadida al califato. Entre árabes y
maulas. Y entre diferentes posiciones sobre la legitimidad del poder califal
y sobre el propio contenido del Corán, que se estaba poniendo por escrito en
esos años. Los asesinatos de los califas Umar (en 644) y Utmán (en 656) fueron
las consecuencias más explícitas de aquellos enfrentamientos. La desaparición
del último dio paso al califato de Alí, yerno de Mahoma.
La monarquía árabe de los Omeyas
Entre los años 661, en que Mu’awiya se hizo con el poder, y 750, en que los
abbasíes acabarán con ellos, los Omeyas establecieron en el califato un régimen
social y político que algunos historiadores han calificado de «monarquía
árabe». Los Omeyas pertenecían a uno de los clanes más poderosos de la tribu
quraysí de La Meca y las circunstancias sangrientas que acompañaron su llegada
al poder suscitaron un debate político e ideológico entre las tribus y facciones
del pueblo árabe y de las propias poblaciones no árabes del califato. Si
las tensiones ocasionadas por ambos factores no explotaron hasta el año 750, la
razón hay que buscarla en los éxitos de la dinastía Omeya con la que el Islam
alcanzó la máxima extensión de su época clásica.
La organización de un Estado y el cenit de la expansión
El nuevo califa Mu’awiya (661-680), aun a riesgo de descuidar su jefatura religiosa,
se propuso reforzar su papel de dirigente político de un imperio. El
modelo escogido fue el bizantino. Centralizó la administración, trasladó la
capital del califato de Medina a Damasco y fortaleció el carácter autocrático
de su autoridad. Bajo esos presupuestos, la antigua teocracia islámica se
transformaba en un Estado secular, dentro del cual la minoría árabe, con fuertes
raíces tribales, constituía una verdadera casta dominante de la mayoría de
la población, que, para entonces, y como resultado de la expansión conquistadora,
era neomusulmana y no árabe. Los signos del cambio de modelo se
fortalecieron a la par que se consumaban las conquistas.
El final de la dinastía Omeya: una explosión antiárabe
Hacia la década de 740, las conquistas árabes, con el consiguiente reparto del
botín, cesaron. Las transformaciones experimentadas por el mundo islámico
espolearon agudas críticas de la población contra muchos de los rasgos que
habían caracterizado al Estado omeya. Según los casos, aquellas críticas recogieron
sentimientos antiárabes, antiomeyas, antiestatales, antiaristocráticos
y no tardaron en expresarse en términos religiosos. Los ataques más frecuentes
se dirigieron contra la falta de piedad y la afición al lujo de la dinastía gobernante,
el orgullo de los árabes que despreciaban las restantes etnias del califato,
el centralismo que había marginado las provincias y el incumplimiento
de las promesas de igualdad de los creyentes no árabes. El conjunto de críticas
se desarrollaba, además, en unas sociedades en que el engrandecimiento de
las ciudades había provocado la creación de una plebe de artesanos, pequeños
comerciantes y campesinos prestos al motín.
El Imperio islámico de los Abbasíes
El triunfo de los sublevados en 750 abrió el acceso al califato de una nueva
dinastía, la de los Abbasíes, que se mantuvo en el trono hasta 1258, en que la
toma de Bagdad por los mongoles y el asesinato del último califa pusieron fin
a su existencia de derecho. En este apartado, nuestra atención se centrará en
los dos primeros siglos de existencia de la misma. Esto es, entre el año 750,
fecha de su entronización, y mediados del siglo X, en que el califato dejará de
ser uno solo para disgregarse en tres: el abbasí de Bagdad, el fatimí de El Cairo
y el omeya de Córdoba.
Imperio universal y poderes regionales
El acceso de la dinastía abbasí al califato en el año 750 y sus primeras medidas
dejaron ver en seguida dónde iban a radicar algunas de sus dificultades para
mantener una estructura políticamente unitaria. Eran: el fortalecimiento de
poderes regionales e incluso comarcales y locales en un imperio de desmedida
extensión, la multiplicidad de poderes que surgieron en la capital imperial por
exigencias de su administración y la traducción a términos religiosos de muchos
de los enfrentamientos políticos.
Un imperio urbano y mercantil
La extensión del Imperio islámico de los abbasíes y su localización en el espacio
explican el papel que desempeñó en los siglos VIII a X. Se caracterizó
por una unidad cultural, amparada en la religión islámica y el idioma árabe, y
una unidad económica apoyada en las ciudades y en la intermediación entre
regiones áridas y subáridas y regiones húmedas, asegurada por la difusión del
uso del camello. La revitalización de la ciudad, la ordenación del mundo agrí-
cola y la fruición mercantil caracterizarán la vida económica y social del Imperio
abbasí.
La fragmentación política: los tres califatos
Las enormes dimensiones del Imperio islámico, la falta de una estructura administrativa
y militar adecuada para mantener su unidad, el vigor de los grupos
tribales conquistadores y la fortaleza de las respectivas tradiciones regionales
habían propiciado, desde los mismos días del triunfo de la revolución
abbasí en 750, la instalación de poderes autónomos en algunas áreas del califato.
A comienzos del siglo X, el Imperio de los Abbasíes acabó configurándose
a la escala más realista de las condiciones sociales y políticas creadas durante
los cien años anteriores y se fragmentó en tres califatos: el de Córdoba;
el que más tarde será de El Cairo y el de Bagdad.
La crisis del califato abbasí
La eliminación cruenta de los Barmequíes al frente de la administración del
califato, ordenada por Harun-al-Rashid, y la muerte de éste en 809 fueron los
tempranos precedentes de un largo proceso de crisis caracterizado por dos fenómenos:
la pérdida del control político por parte de los califas y la aparición
de movimientos de reivindicación social que afectaron, sobre todo, las áreas
central y oriental del Imperio abbasí.
García, J.A Y Sesma, J.A. (2008). La construcción de los
espacios políticos europeos, en Manual de Historia Medieval (183-216). Madrid:
Alianza Editorial, S.A
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