martes, 25 de abril de 2017

TEORÍA POLÍTICA Y ORGANIZACIÓN DEL PODER

Teoría política y organización del poder






Desde los años ochenta del siglo XX el interés por la historia política pasó, definitivamente, de estar centrado en los acontecimientos y su sucesión cronológica, a fijar la atención en temas como la justificación del poder, la concepción del Estado, sus instituciones, la sociedad y las mentalidades políticas.
Su aplicación a la vida práctica permitió abrir otra vía de reflexión más allá de la que ponía a Dios en el centro de todo, porque la propia imposibilidad de conocer los designios divinos obligó a recurrir a la observación y a la experiencia para buscar los mecanismos que regían el mundo, los hombres o la naturaleza en sí mismos, independientemente del orden sobrenatural. El espíritu laico se abría así hueco junto al espíritu santo.

La transformación del pensamiento político


El elemento que desencadena la transformación del pensamiento político será la lectura de la Política de Aristóteles en los ambientes cultos, al abrir nuevas perspectivas a las concepciones del gobierno y la justicia, especialmente con la aportación de la noción de la naturaleza política del hombre, que alteraba la tradicional del cristianismo, social pecadora, justificativa desde hacía siglos de la supremacía del poder de la Iglesia.

Poder temporal frente a poder espiritual


El enfrentamiento entre el Estado y la Iglesia o, lo que es lo mismo, entre los príncipes y el papado, se arrastraba desde hacía un milenio. La bula Unam Sanctam (1302) de Bonifacio VIII constituyó el intento papal de confirmar su teórica soberanía sobre los reyes: «el que posee poderes espirituales juzga todas las cosas, pero él mismo no puede ser juzgado por hombre alguno». Pero el papa acababa de ser derrotado por Felipe IV de Francia en el pulso abierto por el cobro de impuestos al clero y, como con crudeza le había dicho el embajador real, su poder teórico no podía contra la fuerza del monarca. Poco tiempo después, con la humillación del pontífice en Anagni, se pondría de manifiesto.
Con el pensamiento político de Guillermo de Ockam, que muere a mediados del siglo XIV, puede darse por concluido el proceso de disolución de la Escolástica y abierta la dirección naturalista del Renacimiento. Firme defensor de una concepción laica de la sociedad, de la separación de la fe y la razón y de que la comunidad de los fieles, libre, pobre y espiritual, es la única infalible, Ockham impulsó la superioridad del Estado sobre la Iglesia y el reconocimiento del poder superior del papa sólo en el plano espiritual, sin capacidad de intervención en lo temporal.


Guillermo de Ockam y Maquiavelo





La nueva concepción de la monarquía


El concepto de Estado que comenzaba a definirse en el tránsito del siglo XIII al XIV proponía la existencia de la monarquía como centro de la acción de gobierno y como depositaria indiscutible de la auctoritas y de la potestas. Lo primero se alcanzaba en pugna con la aristocracia y las ciudades; lo segundo, por la decadencia de los dos poderes universales, papado e imperio, que lo perdían. El desarrollo del Derecho romano justificaba la hegemonía del rey en su reino.

El poder compartido: las asambleas representativas


El fortalecimiento del poder real y la identificación de su figura con el Estado hunde sus raíces en la propia concepción de la monarquía y la aplicación de la disciplina feudal, si bien el factor decisivo hay que buscarlo en el exterior de ese sistema, concretamente en las transformaciones socioeconómicas propiciadas por la aparición de la burguesía como fuerza social que descompone el anterior esquema individualista e introduce la idea de interés general, permite hablar de communitas regni y de utilitas regni y hace comprensible el principio del derecho romano quod omnes tangit ab omnibus approbetur («lo que a todos toca, por todos debe ser aprobado»). De ahí que el aparato estatal creado en torno al monarca se abriese a la participación de los grupos sociales.

Crisis del pontificado


La crisis del pontificado tiene su origen en el fracaso definitivo de las ideas teocráticas y en la necesidad de adaptar las relaciones entre el papado y los poderes políticos a las nuevas circunstancias sociales. El carácter protector que había desempeñado hasta entonces con respecto a los monarcas se invierte y desde comienzos del XIV serán los reyes quienes pasen a sostener con su fuerza y autoridad a la Iglesia y a las dignidades eclesiásticas.

La sede de Aviñón


La presión de Felipe IV sobre el pontíficado se puso de manifiesto en el atentado de Anagni (septiembre de 1303) sobre el propio Bonifacio VIII y en la elección de Clemente V (1305-1314), que desembocó en el traslado de la sede papal de Roma a Aviñón entre 1309 y 1377. En este tiempo, la intervención directa del monarca francés en el gobierno de la Iglesia fue completa, como demuestra que los cinco papas siguientes y 111 de los 134 cardenales creados en dicho período fueron franceses, la mayoría procedentes del entorno real.



El cisma del papado y el conciliarismo


El papado se había convertido en una monarquía, que no podía ser hereditaria, con los problemas que acarreaban los procesos de sucesión. Precisamente, la ruptura interna surgió tras la muerte de Gregorio XI en 1378, que acababa de reinstalar la sede en Roma, en el momento en que los mensajes místicos surgidos de un grupo de renovadores espirituales, como Catalina de Siena, buscaban el rearme moral del pontífice. Las alteraciones producidas en el cónclave que eligió al sucesor de Gregorio abrieron el gran cisma y durante más de cuarenta años la dignidad papal estuvo en entredicho y peleada por dos y hasta tres papas elegidos.

el cisma de occidente





Definición de los espacios nacionales


La máxima «Rex est a populi voluntate» defendida por grupos de intelectuales del entorno monárquico introdujo en el juego político la llamada voluntad popular. Marsilio de Padua y el resto de tratadistas basan su tesis en la concepción humana del poder, y el buen funcionamiento de la sociedad lo hacen depender de la recta administración de la ley positiva encomendada por los ciudadanos a unos pocos de sus miembros. Pero para argumentar la teoría de que el poder soberano pertenece a la comunidad es necesario que exista esa comunidad y que tenga conocimiento de su identidad. Es decir, debe establecerse una conciencia colectiva lo suficiente fuerte y extendida como para alimentar un sentimiento unitario y coherente dirigido a la búsqueda del bien común.
Controlar el espacio y fijar las diferencias nacionales son, por tanto, argumentos principales de la acción política. Un reino acaba donde empieza otro; por tanto, la extensión del Estado es consecuencia del poder del rey y el príncipe poderoso era el conquistador de regiones; de ahí la importancia de la guerra. La tendencia que se observa en estos dos últimos siglos medievales es de ampliación de los estados más fuertes en detrimento de los pequeños, al tiempo que las monarquías más poderosas establecían alianzas familiares que les permitían unir territorios, incluso distantes, bajo un mismo proyecto, dando lugar a extensos estados que decidirán su hegemonía europea en las guerras del siglo XVI.

Los funcionarios y los órganos de administración del poder


Frente al personalismo característico del modo feudal de gobernar, la nueva estructura se apoya en el grupo de profesionales que poco a poco se integran en los órganos de la administración dotándolos de un funcionamiento regular por encima, en muchas ocasiones, de la participación del propio monarca. Se trata de una nueva categoría social de laicos cuya proximidad al poder está impulsada por su preparación técnica, que llegará a constituir una verdadera clase autónoma a medio camino entre la nobleza y la burguesía.
En la actividad cotidiana se tiende a despersonalizar los actos de gobierno y de la justicia, apartándolos de la imagen del rey. Junto a la antigua corte, que se convierte en un mero servicio doméstico de la Casa Real, se constituye una estructura política para atender las decisiones del Estado a cuyo frente se incorporará el canciller, auxiliado de sus oficiales y los miembros del Consejo o consejeros, siempre nombrados por el monarca. Del Consejo, por fragmentación de sus funciones, surgirá la nueva organización de la administración caracterizada por su creciente complejidad y la constante búsqueda de mejorar su efectividad a través del perfeccionamiento de las técnicas de la administración y de la centralización de las gestiones.

Los símbolos del poder


Frente a la vertiente retórica e intelectual justificativa del poder en sí, en el mundo bajomedieval se debe desarrollar una estrategia no escrita, visual, dirigida al gran público, para hacerle llegar el mensaje. La materialización del poder se pondrá de manifiesto por medio de las insignias y la pompa real, los emblemas y las ceremonias, considerado todo ello como parte integrante del sistema político y, por tanto, incorporado en su estructura. La dignidad del rey se concentra en los distintivos de su majestad, con los que debe mostrarse en público: la corona, el cetro y la espada, que se transmiten como símbolos de la legitimidad. Y los reyes, aunque no estén presentes en persona, lo están por medio de la imagen de su poder: los sellos, los escudos de armas y el uso de tejidos de colores son, principalmente, los objetos que recogen los símbolos distintivos de cada uno de los nacientes estados occidentales y del poder asentado en ellos. Y en cuantas oportunidades haya, la realeza debe ejercer y enseñar su poder a la vista del reino.

El nacimiento de la Europa de las naciones


Al último cuarto del siglo XIII el espacio europeo llegaba en una situación polí- tica de gran inestabilidad. El poder de los reyes, todavía en fase de formulación, había desplazado al imperial, que tanto el de Oriente, arruinado durante la Cuarta Cruzada y reconstruido a duras penas en 1261, como el de Occidente, el Romano Germánico recién superado el interregno que concluyó en 1273, eran una sombra sin fuerza y sin autoridad. Apenas doscientos años después, tras un laborioso proceso de ruptura y reconstrucción del equilibrio, el mapa europeo quedó dibujado con sólidos trazos por la formación de las cuatro grandes monarquías (Francia, Inglaterra, España y Alemania), que gobernaban espacios nacionales, y a sus costados se habían consolidado nuevos estados regidos por monarquías propias, que configurarán ya hasta nuestros días la Europa de las naciones.

Francia e Inglaterra. La guerra de los Cien Años


La actividad desplegada casi simultáneamente por Felipe IV (1285-1314) en Francia y Eduardo I (1272-1307) en Inglaterra sirvió para restaurar la autoridad perdida, procediendo, cada uno en su reino, a un mayor control de los recursos y de los grupos de poder. El paralelismo de ambos procesos se completa con los intentos de extender sus dominios por espacios próximos (los Países Bajos en el caso de Francia, Gales y Escocia en el inglés). El choque inevitable por estas políticas tenía que producirse en el ámbito continental compartido, lo que desembocará en la llamada «guerra de los Cien Años», largo conflicto que comenzó como un enfrentamiento de dos dinastías, pero que se convirtió en una primera guerra europea.
El desarrollo puede dividirse en cuatro etapas. La primera se inicia en 1337 y se prolonga hasta la paz de Bretigny (1360). Se inicia cuando Eduardo III, presionado por los franceses desde Escocia, interviene en Flandes y reclama el título de rey de Francia como heredero de su tío Carlos IV
La segunda etapa se prolonga hasta 1399. Se caracteriza porque grupos de soldados, más o menos incontrolados, al mando de jefes muy significativos recorren el país, viviendo sobre el terreno con violencia, y se contratan como mercenarios donde son requeridos, como Bertrand du Guesclin y sus tropas, que se dirigen a Castilla y actúan en la guerra civil Trastámara.
La tercera etapa va de 1399 a 1422. Comienza con la deposición y asesinato de Ricardo II, sucedido por Enrique V, y concluye con la muerte de éste y de Carlos VI de Francia. En el plano militar el acontecimiento fundamental es la derrota del ejército francés en Azincourt (1415), en el Somme, donde un contingente inglés diezmado y mucho menor que el formado por las mejores tropas francesas, provocó un desastre y la muerte de una gran parte de la nobleza de Francia. La justicia de Dios parecía decantarse por uno de los contendientes, el inglés, que en nombre de la paz reclamaba sus derechos sobre Aquitania y Normandía, a cuya conquista se dedicó entre 1417 y 1419.

Consecuencias


Las consecuencias de tan largo período de guerra fueron muy distintas para cada uno de los contendientes. En Francia se procedió a una restauración del orden estatal tomando como centro el rey y su administración, impulsando un fuerte centralismo. En los aspectos económicos se procedió a una labor de recuperación y repoblación en las zonas de mayores posibilidades de cultivo: el Bordelais con gentes del norte (los llamados gavaches), Provenza con italianos, etc. Los señores procuraron atraer campesinos ofreciendo contratos de larga duración con censos reducidos y de aparcería para nuevas roturaciones. La producción industrial se reanimó con rapidez, sobre todo la pañería y los productos de lujo para atender las demandas de los consumidores surgidos tras la guerra.

La guerra de los cien años




Los reinos hispánicos


A finales del siglo XIII el espacio peninsular estaba dividido entre cuatro formaciones cristianas (Castilla-León, Corona de Aragón, Portugal y Navarra) y el reino musulmán de Granada. Las conquistas de Fernando III de CastillaLeón y Jaime I de Aragón habían cerrado la época de expansión territorial, y dieron paso a una fase de reorganización de las bases económicas y políticas en el interior de los reinos. La pugna entre monarquía, nobleza y ciudades para orientar esta nueva ordenación en interés propio marcará el proceso.
El triunfo de Isabel y Fernando, los futuros «Reyes Católicos», representó la unión dinástica de Castilla y Aragón y el comienzo de la recuperación del poder real, por medio de una política de control (Hermandades, Tribunal de la Inquisición, expulsión de los judíos, corregidores en las ciudades), junto al despliegue de un programa propagandístico muy preciso y la formulación de un proyecto común, la conquista del reino musulmán de Granada (1482- 1492), que aglutinó a todos.

Los espacios políticos en la península italiana


Los decenios finales del siglo XIII significan para Italia el agotamiento de la hegemonía de los dos poderes universales, papado e imperio, y la aparición de un conglomerado de entidades independientes que no llegaron a formar un proyecto común. Separados por el bloque central constituido por los Estados Pontificios, la diferencia entre el norte de la península y el sur se agudizó en el plano económico y político a lo largo del siglo XIV, pues mientras que el norte más poblado, con una red de ciudades que desde muy pronto había propiciado el nacimiento de una burguesía artesanal y mercantil y un mundo rural con una agricultura organizada, alumbraba un sistema político basado en las ciudades-Estado; la mitad sur y las islas, que vivían de la ganadería y la agricultura controladas por una aristocracia feudal, se convirtieron en objetivo de los intereses comerciales de las ciudades mercantiles y en campo de batalla de las refriegas militares europeas: venecianos y genoveses por el control naval, los Anjou y los aragoneses por Sicilia, Génova y la Corona de Aragón por Cerdeña, etc.

La fragmentación alemana


El largo interregno (1250-1273) tras la muerte de Federico II «Barbarroja» abrió el camino para vaciar de contenido universal la idea de Imperio y para definir la organización política del espacio alemán, que optó por una fragmentación en numerosos länder dominados por la aristocracia. El enfrentamiento entre Luis IV (1314-1346) y el papa Juan XXII (1316-1334) por la hegemonía en Italia motivó un replanteamiento de la situación y condujo a la publicación de la Bula de Oro (1355) por el emperador Carlos IV (1347-1378). A partir de aquí, la autoridad imperial quedó reconocida sólo en territorio alemán y su elección recayó en los príncipes electores: los arzobispos de Maguncia, Tréveris y Colonia, el rey de Bohemia, el duque de Sajonia-Wittember, el margrave de Brandeburgo y el conde palatino del Rin.


Actividades

En el siguiente link podrás encontrar una divertida actividad con relación a la lectura y vídeos anteriores.





BIBLIOGRAFÍA


García, J.A Y Sesma, J.A. (2008). La construcción de los espacios políticos europeos, en Manual de Historia Medieval (183-216). Madrid: Alianza Editorial, S.A











No hay comentarios:

Publicar un comentario