Teoría política y organización del poder
Desde los años ochenta del siglo XX el interés por la historia política pasó,
definitivamente, de estar centrado en los acontecimientos y su sucesión cronológica,
a fijar la atención en temas como la justificación del poder, la concepción
del Estado, sus instituciones, la sociedad y las mentalidades políticas.
Su aplicación a la vida práctica permitió abrir otra vía de
reflexión más allá de la que ponía a Dios en el centro de todo, porque la propia
imposibilidad de conocer los designios divinos obligó a recurrir a la observación
y a la experiencia para buscar los mecanismos que regían el mundo, los
hombres o la naturaleza en sí mismos, independientemente del orden sobrenatural.
El espíritu laico se abría así hueco junto al espíritu santo.
La transformación del pensamiento político
El elemento que desencadena la transformación del pensamiento político será
la lectura de la Política de Aristóteles en los ambientes cultos, al abrir nuevas
perspectivas a las concepciones del gobierno y la justicia, especialmente con
la aportación de la noción de la naturaleza política del hombre, que alteraba
la tradicional del cristianismo, social pecadora, justificativa desde hacía siglos
de la supremacía del poder de la Iglesia.
Poder temporal frente a poder espiritual
El enfrentamiento entre el Estado y la Iglesia o, lo que es lo mismo, entre los
príncipes y el papado, se arrastraba desde hacía un milenio. La bula Unam
Sanctam (1302) de Bonifacio VIII constituyó el intento papal de confirmar su
teórica soberanía sobre los reyes: «el que posee poderes espirituales juzga todas
las cosas, pero él mismo no puede ser juzgado por hombre alguno». Pero
el papa acababa de ser derrotado por Felipe IV de Francia en el pulso abierto
por el cobro de impuestos al clero y, como con crudeza le había dicho el embajador
real, su poder teórico no podía contra la fuerza del monarca. Poco
tiempo después, con la humillación del pontífice en Anagni, se pondría de
manifiesto.
Con el pensamiento político de Guillermo de Ockam, que muere a mediados
del siglo XIV, puede darse por concluido el proceso de disolución de la Escolástica
y abierta la dirección naturalista del Renacimiento. Firme defensor
de una concepción laica de la sociedad, de la separación de la fe y la razón y de
que la comunidad de los fieles, libre, pobre y espiritual, es la única infalible,
Ockham impulsó la superioridad del Estado sobre la Iglesia y el reconocimiento
del poder superior del papa sólo en el plano espiritual, sin capacidad
de intervención en lo temporal.
Guillermo de Ockam y Maquiavelo
La nueva concepción de la monarquía
El concepto de Estado que comenzaba a definirse en el tránsito del siglo XIII
al XIV proponía la existencia de la monarquía como centro de la acción de gobierno
y como depositaria indiscutible de la auctoritas y de la potestas. Lo
primero se alcanzaba en pugna con la aristocracia y las ciudades; lo segundo,
por la decadencia de los dos poderes universales, papado e imperio, que
lo perdían. El desarrollo del Derecho romano justificaba la hegemonía del rey
en su reino.
El poder compartido: las asambleas representativas
El fortalecimiento del poder real y la identificación de su figura con el Estado
hunde sus raíces en la propia concepción de la monarquía y la aplicación de la
disciplina feudal, si bien el factor decisivo hay que buscarlo en el exterior de
ese sistema, concretamente en las transformaciones socioeconómicas propiciadas
por la aparición de la burguesía como fuerza social que descompone el
anterior esquema individualista e introduce la idea de interés general, permite
hablar de communitas regni y de utilitas regni y hace comprensible el principio
del derecho romano quod omnes tangit ab omnibus approbetur («lo que a
todos toca, por todos debe ser aprobado»). De ahí que el aparato estatal creado
en torno al monarca se abriese a la participación de los grupos sociales.
Crisis del pontificado
La crisis del pontificado tiene su origen en el fracaso definitivo de las ideas
teocráticas y en la necesidad de adaptar las relaciones entre el papado y los
poderes políticos a las nuevas circunstancias sociales. El carácter protector
que había desempeñado hasta entonces con respecto a los monarcas se invierte
y desde comienzos del XIV serán los reyes quienes pasen a sostener con su
fuerza y autoridad a la Iglesia y a las dignidades eclesiásticas.
La sede de Aviñón
La presión de Felipe IV sobre el pontíficado se puso de manifiesto
en el atentado de Anagni (septiembre de 1303) sobre el propio Bonifacio
VIII y en la elección de Clemente V (1305-1314), que desembocó en el
traslado de la sede papal de Roma a Aviñón entre 1309 y 1377. En este tiempo,
la intervención directa del monarca francés en el gobierno de la Iglesia fue
completa, como demuestra que los cinco papas siguientes y 111 de los 134 cardenales creados en dicho período fueron franceses, la mayoría procedentes
del entorno real.
El cisma del papado y el conciliarismo
El papado se había convertido en una monarquía, que no podía ser hereditaria,
con los problemas que acarreaban los procesos de sucesión. Precisamente,
la ruptura interna surgió tras la muerte de Gregorio XI en 1378, que acababa
de reinstalar la sede en Roma, en el momento en que los mensajes místicos
surgidos de un grupo de renovadores espirituales, como Catalina de Siena,
buscaban el rearme moral del pontífice. Las alteraciones producidas en el
cónclave que eligió al sucesor de Gregorio abrieron el gran cisma y durante
más de cuarenta años la dignidad papal estuvo en entredicho y peleada por dos
y hasta tres papas elegidos.
el cisma de occidente
Definición de los espacios nacionales
La máxima «Rex est a populi voluntate» defendida por grupos de intelectuales
del entorno monárquico introdujo en el juego político la llamada voluntad
popular. Marsilio de Padua y el resto de tratadistas basan su tesis en la
concepción humana del poder, y el buen funcionamiento de la sociedad lo
hacen depender de la recta administración de la ley positiva encomendada
por los ciudadanos a unos pocos de sus miembros. Pero para argumentar la
teoría de que el poder soberano pertenece a la comunidad es necesario que
exista esa comunidad y que tenga conocimiento de su identidad. Es decir,
debe establecerse una conciencia colectiva lo suficiente fuerte y extendida
como para alimentar un sentimiento unitario y coherente dirigido a la búsqueda
del bien común.
Controlar el espacio y fijar las diferencias nacionales son, por tanto,
argumentos principales de la acción política. Un reino acaba donde empieza
otro; por tanto, la extensión del Estado es consecuencia del poder del rey y el
príncipe poderoso era el conquistador de regiones; de ahí la importancia de la
guerra. La tendencia que se observa en estos dos últimos siglos medievales es
de ampliación de los estados más fuertes en detrimento de los pequeños, al
tiempo que las monarquías más poderosas establecían alianzas familiares
que les permitían unir territorios, incluso distantes, bajo un mismo proyecto,
dando lugar a extensos estados que decidirán su hegemonía europea en las
guerras del siglo XVI.
Los funcionarios y los órganos de administración del poder
Frente al personalismo característico del modo feudal de gobernar, la nueva
estructura se apoya en el grupo de profesionales que poco a poco se integran
en los órganos de la administración dotándolos de un funcionamiento regular
por encima, en muchas ocasiones, de la participación del propio monarca. Se
trata de una nueva categoría social de laicos cuya proximidad al poder está impulsada
por su preparación técnica, que llegará a constituir una verdadera clase
autónoma a medio camino entre la nobleza y la burguesía.
En la actividad cotidiana se tiende a despersonalizar los actos de gobierno
y de la justicia, apartándolos de la imagen del rey. Junto a la antigua corte, que se convierte en un mero servicio doméstico de la Casa Real, se constituye una
estructura política para atender las decisiones del Estado a cuyo frente se incorporará
el canciller, auxiliado de sus oficiales y los miembros del Consejo
o consejeros, siempre nombrados por el monarca. Del Consejo, por fragmentación
de sus funciones, surgirá la nueva organización de la administración caracterizada
por su creciente complejidad y la constante búsqueda de mejorar
su efectividad a través del perfeccionamiento de las técnicas de la administración
y de la centralización de las gestiones.
Los símbolos del poder
Frente a la vertiente retórica e intelectual justificativa del poder en sí, en el
mundo bajomedieval se debe desarrollar una estrategia no escrita, visual, dirigida
al gran público, para hacerle llegar el mensaje. La materialización del poder
se pondrá de manifiesto por medio de las insignias y la pompa real, los
emblemas y las ceremonias, considerado todo ello como parte integrante del
sistema político y, por tanto, incorporado en su estructura. La dignidad del rey
se concentra en los distintivos de su majestad, con los que debe mostrarse en
público: la corona, el cetro y la espada, que se transmiten como símbolos de la
legitimidad. Y los reyes, aunque no estén presentes en persona, lo están por
medio de la imagen de su poder: los sellos, los escudos de armas y el uso de
tejidos de colores son, principalmente, los objetos que recogen los símbolos
distintivos de cada uno de los nacientes estados occidentales y del poder asentado
en ellos. Y en cuantas oportunidades haya, la realeza debe ejercer y enseñar su poder a la vista del reino.
El nacimiento de la Europa de las naciones
Al último cuarto del siglo XIII el espacio europeo llegaba en una situación polí-
tica de gran inestabilidad. El poder de los reyes, todavía en fase de formulación,
había desplazado al imperial, que tanto el de Oriente, arruinado durante
la Cuarta Cruzada y reconstruido a duras penas en 1261, como el de Occidente,
el Romano Germánico recién superado el interregno que concluyó
en 1273, eran una sombra sin fuerza y sin autoridad. Apenas doscientos años
después, tras un laborioso proceso de ruptura y reconstrucción del equilibrio,
el mapa europeo quedó dibujado con sólidos trazos por la formación de las
cuatro grandes monarquías (Francia, Inglaterra, España y Alemania), que gobernaban
espacios nacionales, y a sus costados se habían consolidado nuevos
estados regidos por monarquías propias, que configurarán ya hasta nuestros
días la Europa de las naciones.
Francia e Inglaterra. La guerra de los Cien Años
La actividad desplegada casi simultáneamente por Felipe IV (1285-1314) en
Francia y Eduardo I (1272-1307) en Inglaterra sirvió para restaurar la autoridad
perdida, procediendo, cada uno en su reino, a un mayor control de los recursos
y de los grupos de poder. El paralelismo de ambos procesos se completa
con los intentos de extender sus dominios por espacios próximos (los Países
Bajos en el caso de Francia, Gales y Escocia en el inglés). El choque inevitable
por estas políticas tenía que producirse en el ámbito continental compartido,
lo que desembocará en la llamada «guerra de los Cien Años», largo conflicto
que comenzó como un enfrentamiento de dos dinastías, pero que se
convirtió en una primera guerra europea.
El desarrollo puede dividirse en cuatro etapas. La primera se inicia en 1337 y
se prolonga hasta la paz de Bretigny (1360). Se inicia cuando Eduardo III,
presionado por los franceses desde Escocia, interviene en Flandes y reclama
el título de rey de Francia como heredero de su tío Carlos IV
La segunda etapa se prolonga hasta 1399. Se caracteriza porque grupos de
soldados, más o menos incontrolados, al mando de jefes muy significativos recorren el país, viviendo sobre el terreno con violencia, y se contratan como
mercenarios donde son requeridos, como Bertrand du Guesclin y sus tropas,
que se dirigen a Castilla y actúan en la guerra civil Trastámara.
La tercera etapa va de 1399 a 1422. Comienza con la deposición y asesinato
de Ricardo II, sucedido por Enrique V, y concluye con la muerte de éste y
de Carlos VI de Francia. En el plano militar el acontecimiento fundamental es
la derrota del ejército francés en Azincourt (1415), en el Somme, donde un
contingente inglés diezmado y mucho menor que el formado por las mejores
tropas francesas, provocó un desastre y la muerte de una gran parte de la nobleza
de Francia. La justicia de Dios parecía decantarse por uno de los contendientes,
el inglés, que en nombre de la paz reclamaba sus derechos sobre
Aquitania y Normandía, a cuya conquista se dedicó entre 1417 y 1419.
Consecuencias
Las consecuencias de tan largo período de guerra fueron muy distintas para
cada uno de los contendientes. En Francia se procedió a una restauración del
orden estatal tomando como centro el rey y su administración, impulsando un
fuerte centralismo. En los aspectos económicos se procedió a una labor de recuperación
y repoblación en las zonas de mayores posibilidades de cultivo: el
Bordelais con gentes del norte (los llamados gavaches), Provenza con italianos,
etc. Los señores procuraron atraer campesinos ofreciendo contratos de
larga duración con censos reducidos y de aparcería para nuevas roturaciones.
La producción industrial se reanimó con rapidez, sobre todo la pañería y los
productos de lujo para atender las demandas de los consumidores surgidos
tras la guerra.
La guerra de los cien años
Los reinos hispánicos
A finales del siglo XIII el espacio peninsular estaba dividido entre cuatro formaciones
cristianas (Castilla-León, Corona de Aragón, Portugal y Navarra) y
el reino musulmán de Granada. Las conquistas de Fernando III de CastillaLeón
y Jaime I de Aragón habían cerrado la época de expansión territorial, y
dieron paso a una fase de reorganización de las bases económicas y políticas
en el interior de los reinos. La pugna entre monarquía, nobleza y ciudades
para orientar esta nueva ordenación en interés propio marcará el proceso.
El triunfo de Isabel y Fernando, los futuros «Reyes Católicos», representó
la unión dinástica de Castilla y Aragón y el comienzo de la recuperación del
poder real, por medio de una política de control (Hermandades, Tribunal de
la Inquisición, expulsión de los judíos, corregidores en las ciudades), junto al
despliegue de un programa propagandístico muy preciso y la formulación de
un proyecto común, la conquista del reino musulmán de Granada (1482-
1492), que aglutinó a todos.
Los espacios políticos en la península italiana
Los decenios finales del siglo XIII significan para Italia el agotamiento de la
hegemonía de los dos poderes universales, papado e imperio, y la aparición
de un conglomerado de entidades independientes que no llegaron a formar
un proyecto común. Separados por el bloque central constituido por los Estados
Pontificios, la diferencia entre el norte de la península y el sur se agudizó
en el plano económico y político a lo largo del siglo XIV, pues mientras que
el norte más poblado, con una red de ciudades que desde muy pronto había
propiciado el nacimiento de una burguesía artesanal y mercantil y un mundo
rural con una agricultura organizada, alumbraba un sistema político basado
en las ciudades-Estado; la mitad sur y las islas, que vivían de la ganadería
y la agricultura controladas por una aristocracia feudal, se convirtieron en objetivo
de los intereses comerciales de las ciudades mercantiles y en campo de
batalla de las refriegas militares europeas: venecianos y genoveses por el
control naval, los Anjou y los aragoneses por Sicilia, Génova y la Corona de
Aragón por Cerdeña, etc.
La fragmentación alemana
El largo interregno (1250-1273) tras la muerte de Federico II «Barbarroja»
abrió el camino para vaciar de contenido universal la idea de Imperio y para definir
la organización política del espacio alemán, que optó por una fragmentación
en numerosos länder dominados por la aristocracia. El enfrentamiento entre
Luis IV (1314-1346) y el papa Juan XXII (1316-1334) por la hegemonía en
Italia motivó un replanteamiento de la situación y condujo a la publicación de la
Bula de Oro (1355) por el emperador Carlos IV (1347-1378). A partir de aquí,
la autoridad imperial quedó reconocida sólo en territorio alemán y su elección
recayó en los príncipes electores: los arzobispos de Maguncia, Tréveris y Colonia,
el rey de Bohemia, el duque de Sajonia-Wittember, el margrave de Brandeburgo
y el conde palatino del Rin.
Actividades
En el siguiente link podrás encontrar una divertida actividad
con relación a la lectura y vídeos anteriores.
BIBLIOGRAFÍA
García, J.A Y Sesma, J.A. (2008). La construcción de los
espacios políticos europeos, en Manual de Historia Medieval (183-216). Madrid:
Alianza Editorial, S.A
Disponible en: https://www.youtube.com/watch?v=hkcw2sO0jJ4&t=2s
Disponible en: https://www.youtube.com/watch?v=Pzsl01CM37M
Disponible en: https://es.slideshare.net/trekere/el-gran-cisma-de-occidente
Disponible en: https://www.youtube.com/watch?v=JGpZVjV1dfw














