viernes, 17 de febrero de 2017

LA ÉPOCA CAROLINGIA

La época carolingia y el nacimiento de Europa 





A comienzos del siglo VIII, el modelo germano-romano de sociedad se extendía desde la frontera de Escocia hasta Gibraltar y desde la costa atlántica hasta la del Adriático. Ese momento, entre los años 700 y 715, en que los musulmanes se instalaban en la península Ibérica y daba los primeros pasos lo que será la construcción carolingia, constituye el arranque de este capítulo. Su cierre lo situamos hacia mediados del siglo X, cuando coinciden la estabilización de la frontera entre cristianos y musulmanes en España, la victoria de Otón I sobre los húngaros a orillas del río Lech y el debilitamiento de la furia de los vikingos en el Atlántico y de los piratas sarracenos en el Mediterráneo. Estos últimos hechos, entre otros, se estiman como indicios del final de las «segundas invasiones».

La época de Carlomagno: una síntesis limitada y frágil


La ocupación musulmana de la península Ibérica y el dominio bizantino en el sur de Italia habían reducido a millón y medio de kilómetros cuadrados el espacio que reconocía la autoridad del pontífice de Roma, esto es, que configuraba la Cristiandad latina: de Escocia a Benevento, del Rin a los Pirineos. El esfuerzo de los carolingios aglutinó ese espacio bajo su jefatura moral, aunque en la práctica se fueron fortaleciendo entidades político-territoriales autó- nomas, más acomodadas a la escala social y física de las distintas regiones. A finales del siglo IX o en el X, esas entidades acabaron tomando la forma de principados territoriales; a ellas se unieron otras dos nacidas fuera de la construcción política de Carlomagno; concretamente, en su periferia anglosajona e ibérica: el reino de Wessex y el reino de Asturias. 


Carlomagno





El ascenso de los carolingios


Pipino de Herstal murió en 714 dejando en manos de su hijo bastardo Carlos Martel las mayordomías de palacio de los tres reinos de Austrasia, Neustria y Borgoña, a cuyos títulos empezó a añadir otro, el de príncipe o duque de los francos. Tras los primeros años de dificultades para imponer su autoridad, Carlos Martel propuso a las aristocracias unos objetivos exteriores que permitieran relajar las tensiones internas. En el norte, continuar la tarea de sumisión de Frisia y controlar a alamanes y sajones. En el sur, frenar a los musulmanes que habían entrado en tierras francas; Carlos Martel los derrotó cerca de Poitiers en 732, lo que contribuyó decisivamente a realzar su prestigio.


Los orígenes del Imperio Carolingio






El Imperio de Carlomagno


La muerte de Pipino en 768 trajo un nuevo reparto del regnum francorum entre sus hijos Carlomán y Carlos. El fallecimiento del primero tres años después dejó todo el poder en manos del segundo, pronto llamado «el Magno», esto es, Carlomagno. Su reinado y el de su sucesor, Luis «el Piadoso» constituyeron hasta el año 840 una síntesis de los elementos de la Cristiandad latina.

Las conquistas 


 Las conquistas de Carlomagno siguieron las líneas trazadas por su abuelo Carlos Martel y su padre, Pipino «el Breve». La primera dirección de sus campañas fue la del este pagano y, una vez asegurada la conquista y cristianización de Frisia, se desplegó en tres escenarios. El primero, el de los territorios sajones. Entre los ríos Rin y Elba, las campañas se prolongaron durante treinta años, en los que alternaron aparentes victorias francas y sangrientas revueltas de los presuntos vencidos. La más espectacular la dirigió el aristó- crata Widukind. Al final, los francos se impusieron y organizaron una represión feroz y un cambio de táctica: soldados y misioneros combinarían esfuerzos para realizar una conquista sistemática, que fue facilitada por la incorporación de la aristocracia sajona a la estructura administrativa del Imperio en condición de condes. En 802, la promulgación de la Lex Saxonum, que preservaba muchas antiguas costumbres, puso fin oficialmente a la conquista carolingia de Sajonia.


La coronación imperial


El día de Navidad del año 800, en la Misa del gallo, el papa León III impuso la corona a Carlomagno. El hecho vino a culminar una trayectoria iniciada con el golpe de Pipino «el Breve» del año 751 y sancionada por las victorias militares de Carlomagno. El año anterior a la coronación, Alcuino de York, consejero del rey, dirigió a Carlomagno una carta en la que defendía la hegemonía del rey franco. Para el consejero áulico, los tres poderes que gobernaban el mundo eran «el emperador de Constantinopla, el pontífice de Roma y el rey de los francos».

La organización del Imperio


La organización se realizó de una forma empírica. Sin embargo, los eclesiásticos del palacio supieron revestirla de una conceptualización de tradición romana basada en la noción abstracta de un Estado como garante de la res publica, del bien común. Los poderes efectivos de Carlomagno derivaban, de un lado, del ban militar, y, de otro, del munt judicial, ambos de tradición germánica, como lo era la fortaleza de los vínculos personales que ligaban a los hombres libres con el rey franco y que, anualmente, los guerreros renovaban en asambleas convocadas para ello. Todas estas medidas eran claramente insuficientes para gobernar un espacio que resultaba demasiado extenso y variado. Ello obligó a Carlomagno a reconocer el principio de la personalidad de las leyes en los territorios del Imperio y a compatibilizarlo con el ejercicio general de algunas competencias eclesiásticas, fiscales y económicas. La protección del clero y la intervención en la designación de los obispos, un cierto control en las ferias y mercados y la ordenación monetaria se encontraban entre ellas.

La crisis del Imperio carolingio


Carlomagno murió en el año 814, siendo sustituido por Luis «el Piadoso» (814-840). El nuevo reinado estuvo marcado por las dificultades de administrar un Imperio demasiado extenso y variado, la dinámica de la sociedad franca, con una privatización de competencias del poder público, la falta de nuevas empresas exteriores y los espectaculares progresos de la Iglesia franca que llegó a constituir una Iglesia de Estado y ejerció una decisiva influencia en la formación de la civilización de la Europa occidental. De hecho, durante el reinado de Luis «el Piadoso», lo que el Imperio perdió en cuanto construcción política lo ganó en cuanto escenario de una Respublica christiana, de una Cristiandad. A ese conjunto de rasgos se unieron dos hechos que condicionarán el destino del Imperio: el reparto del mismo y las «segundas invasiones».


El reino de Wessex frente a los vikingos


La consolidación de los anglosajones en Inglaterra y su conversión al cristianismo en el siglo VII produjeron una cierta territorialización política de sus agrupaciones sociales bajo caudillos regionales. A comienzos del siglo VIII, la hegemonía de Northumbria sobre el resto de los reinos anglosajones fue heredada por el reino de Mercia. El largo reinado de Offa (757-796) contribuyó a asegurarla con sus decisiones en materia de administración territorial, que organizó sobre la base de condados o shires, a cuyo frente situó los earldormen de nombramiento real, en la acuñación de moneda y en la elaboración de leyes escritas. Sus aspiraciones a conseguir la unificación del sur de la isla le impulsaron a construir un largo muro de tierra con empalizadas (el llamado Offa’s dyke) que defendiera sus dominios de la amenaza de los galeses.


 El reino de Asturias contra los musulmanes


La entrada de los musulmanes en la península Ibérica en el año 711 y el rápido control de la misma supusieron la extinción del reino hispanogodo. En el norte surgieron pronto unos focos de resistencia al Islam. De todos ellos, el de Asturias fue el más precoz y consciente de recoger la herencia del reino visigodo de Toledo. Su consolidación como reino de Asturias se efectuó durante el largo reinado de Alfonso II (792-842), quien, con la ayuda de la jerarquía eclesiástica, recuperó conscientemente la herencia visigoda, tanto en la administración civil (con el officium palatinum) como en la eclesiástica (con la creación de obispados y el estímulo a los monasterios). La aparición del presunto sepulcro del apóstol Santiago en Compostela sirvió para fortalecer ideológicamente el reino.

Los vikingos


«Los hombres del vik o bahía» eran parientes próximos de los germanos de las invasiones del siglo V que se habían establecido en las tierras escandinavas. Según las fuentes, esos vikingos reciben otros nombres. Para los francos, son «los hombres del norte» o normandos; para los musulmanes, son los machus o «adoradores del fuego»; para los bizantinos, son los «hombres del comercio» o varegos. En cualquier caso, las fuentes no dieron noticias de ellos hasta los ataques vikingos a los monasterios (Lindisfarne, por ejemplo) de la costa oriental inglesa, a finales del siglo VIII. En esas fechas, la sociedad escandinava debía responder al modelo de los germanos protohistóricos. Se caracterizaba por la existencia de una familia extensa, que, dirigida por un jefe, al que acompañaban clientes y esclavos, se dedicaba a la agricultura y la ganadería y, en menor medida, a la artesanía y el comercio. La reunión de jefes constituía el consejo que asesoraba al rey, una especie de caudillo primus inter pares, que se apoyaba, además, en un séquito de guerreros jó- venes. En algunas zonas, en especial, de Noruega, las condiciones del relieve facilitaban la existencia de numerosos y minúsculos reinos, lo que no era óbice para que, en el conjunto de las tierras escandinavas, se empezaran a dibujar en esta época los perfiles de las tres nacionalidades históricas: noruegos, suecos, daneses.

El nacimiento de Europa


La imagen de anarquía política y pillaje, que los segundos invasores contribuyeron a robustecer, no debe hacer olvidar que las relaciones de producción en el seno de la sociedad de Occidente estaban experimentando los cambios que iban a asegurar las bases de construcción de la sociedad medieval europea. Desde comienzos del siglo X, los que ya podemos llamar europeos empezaron a vivir en una evidente paradoja. Mientras sus pies se asentaban en el pequeño espacio de su familia, aldea, señorío, principado, y, al hacerlo, incrementaban sus bases de riqueza e intercambio, su mente, adoctrinada por obispos y monjes, se resistía a abandonar el universo de la unidad imperial y cristiana que el Imperio de Carlomagno había constituido. Esa mezcla de innovación y herencia caracterizaron el nacimiento de Europa.

Las bases del primer crecimiento europeo 


La paulatina modificación de las relaciones de producción trajo consigo, durante el siglo IX, un período de cierta libertad del campesinado y, a partir de mediados del siglo X, un nuevo encuadramiento social bajo pautas marcadas por los señores, que tuvo repercusiones demográficas y económicas. En el conjunto del proceso global, tres son los aspectos en que debemos fijar la atención: a) Las modificaciones de las unidades de producción dominantes en el mundo rural.
b) La evolución del poblamiento. 
c) El papel de los intercambios. 


El triunfo de la aldea


Entre los siglos VII y X, la evolución de los asentamientos campesinos, en especial, los alodiales, se caracterizó por tres procesos. El primero fue la provisionalidad e itinerancia de los núcleos de asentamiento. La utilización de materiales constructivos (madera, cañas, retama, paja impermeabilizada con sebo de animales) frágiles y baratos permitió que los grupos productores, normalmente, muy reducidos, de ocho a veinte personas, pudieran, literalmente, cargar con su casa a cuestas cuando no aprovechaban las cuevas naturales o excavaban otras en rocas de materiales blandos.

La construcción de las bases culturales y morales de la naciente Europa  


El empeño de Carlomagno por imponer sus ideas centralizadoras en el campo cultural alcanzó un resultado, el renacimiento carolingio, que, aunque limitado en términos absolutos, constituyó la parte más sorprendente y más permanente de su herencia. En una perspectiva más amplia, hay que incluir el esfuerzo que la Iglesia desplegó en los setenta años que siguieron a la muerte de Carlomagno en lo que se ha podido llamar «la construcción de la Iglesia del Antiguo Régimen». Esto es, la definición de las normas teológicas, morales y organizativas que, sancionada por los concilios de los siglos XII y XIII, ha llegado en parte hasta nuestros días.

La construcción de la Iglesia del Antiguo Régimen


Durante el siglo IX, la Iglesia fue construyendo un esquema doctrinal que contribuyó a crear hábitos culturales que han llegado, prácticamente, hasta nosotros. El esquema incluía cuatro componentes: un pensamiento teológico; una voluntad de organización eclesiástica; una teoría del poder político; y una ordenación de los hábitos mentales y materiales. 


ACTIVIDADES

En el siguiente link encontraras una serie de actividades que podrás desarrollar de acuerdo a la lectura y los vídeos previos.

http://raulrv.blogspot.com.co/2011/10/actividades-imperio-bizantino-y.html

https://www.educaplay.com/es/recursoseducativos/2889327/imperio_carolingio.htm

https://www.educaplay.com/es/recursoseducativos/2167412/i_bizantino_i_carolingio.htm


Bibliografía


García, J.A Y Sesma, J.A. (2008). La construcción de los espacios políticos europeos, en Manual de Historia Medieval (183-216). Madrid: Alianza Editorial, S.A






EL ISLAM: UNA NUEVA RELIGION


El Islam: una nueva religión, una nueva civilización





El comienzo de la predicación de Mahoma en el año 610, que las conquistas árabes convirtieron en acto creacional de decisiva importancia, abre este nuevo capítulo. Su cierre lo situamos a mediados del siglo X en la fragmentación del único califato (el abbasí de Bagdad), que dio entrada a los de Córdoba (omeya) y El Cairo (fatimí). El argumento de esos tres siglos y medio es la aparición de una nueva fuerza histórica, el Islam, que en poco tiempo aseguró su presencia en un amplísimo espacio, del océano Atlántico hasta el río Indo. En él creó una civilización, aparentemente uniformada por la creencia religiosa (pronto dividida en las dos grandes ramas: sunní, sií), el idioma árabe y las formas de vida, economía y cultura.

El nacimiento del Islam 


El escenario de aparición del Islam, Arabia, resulta, a escala planetaria, muy próximo al del surgimiento de las otras dos religiones monoteístas de las que aquél se reconoce deudor, el judaísmo y el cristianismo. En cambio, la velocidad de difusión del islamismo y los instrumentos político-militares que la impulsaron no tuvieron nada que ver con los de las otras dos creencias. Tal vez, por estas circunstancias, todavía es frecuente una confusión entre dos vocablos: árabe (etnia, pero también la lengua difundida en el mundo islámico) y musulmán (que se refiere a la religión), con el que se relaciona islámico (más amplio y relativo a la cultura en general).


Origen del Islam y su expansión hasta al-Andalus



 Arabia, escenario de la aparición del Islam


La península de Arabia comprendía a finales del siglo VI tres grandes áreas dotadas de relativa individualidad. La septentrional, abierta a la influencia siria y mesopotámica, había conocido variadas tradiciones filosóficas y religiosas (helenísticas, sasánidas, judías y cristianas), fue cuna del propio alfabeto árabe y era asiento del santuario de Bakka, destino de una importante peregrinación. La zona central era el dominio de los nómadas, tanto de los pastores beduinos como de los mercaderes que tenían sus ferias en Medina y La Meca.

Mahoma y su doctrina


Mahoma nació en La Meca, en torno al año 570, en el seno del clan de los hachemíes, rama en decadencia de la tribu de los quraysíes, y creció en el ambiente de enriquecimiento y monoteísmo de su ciudad natal. Cuando tenía cuarenta años, su espíritu sensible y soñador sintió la llamada de la divinidad que lo animaba a seguir su tarea de hostigamiento de la impiedad y la corrupción de la aristocracia mercantil de La Meca, labor que empezó a desarrollar con una predicación más sistemática. Primero, entre los miembros de su familia, empezando por su mujer Jadiya, que tenía importantes intereses en los negocios caravaneros. Más tarde, entre sus convecinos de La Meca, particularmente, su amigo Abu Bakr, cuya hija Aisha será la última esposa de Mahoma, o su primo Alí, que casará con Fátima, hija del Profeta.


Mahoma-01-QuienEra




El comienzo de la expansión: los califas ortodoxos


La muerte de Mahoma en el año 632 abrió un primer período en la historia del Islam, que concluyó con el asesinato de Alí, cuarto de los sucesores del Profeta, en 660. Durante esos treinta años, el Islam estuvo dirigido por el califato perfecto o los califas ortodoxos, esto es, compañeros de Mahoma, supuestos conocedores del camino recto que el Profeta habría elegido para la resolución de las cuestiones planteadas a la comunidad.

Las conquistas y el trato a los conquistados


La muerte de Mahoma en 632 reprodujo antiguas tensiones entre tribus, en especial, la ya vieja entre los compañeros del Profeta y los quraysíes de La Meca, y fue superada por la designación de Abu Bakr (632-634) como único sucesor suyo. Su título de califa, esto es, «sucesor o lugarteniente del Enviado de Dios», le garantizaba el disfrute de las competencias de que había dispuesto el propio Mahoma al convertirlo a la vez en cabeza de la congregación de creyentes y jefe de Estado.

El final del califato ortodoxo y la aparición del siísmo 


Los éxitos militares árabes y el rápido enriquecimiento de sus protagonistas oscurecieron las tensiones que iban apareciendo en los territorios ocupados y derivaban en tres tipos de enfrentamientos. Entre distintas tribus árabes, que se reproducían en cada nueva provincia añadida al califato. Entre árabes y maulas. Y entre diferentes posiciones sobre la legitimidad del poder califal y sobre el propio contenido del Corán, que se estaba poniendo por escrito en esos años. Los asesinatos de los califas Umar (en 644) y Utmán (en 656) fueron las consecuencias más explícitas de aquellos enfrentamientos. La desaparición del último dio paso al califato de Alí, yerno de Mahoma.

La monarquía árabe de los Omeyas


Entre los años 661, en que Mu’awiya se hizo con el poder, y 750, en que los abbasíes acabarán con ellos, los Omeyas establecieron en el califato un régimen social y político que algunos historiadores han calificado de «monarquía árabe». Los Omeyas pertenecían a uno de los clanes más poderosos de la tribu quraysí de La Meca y las circunstancias sangrientas que acompañaron su llegada al poder suscitaron un debate político e ideológico entre las tribus y facciones del pueblo árabe y de las propias poblaciones no árabes del califato. Si las tensiones ocasionadas por ambos factores no explotaron hasta el año 750, la razón hay que buscarla en los éxitos de la dinastía Omeya con la que el Islam alcanzó la máxima extensión de su época clásica.

La organización de un Estado y el cenit de la expansión 


El nuevo califa Mu’awiya (661-680), aun a riesgo de descuidar su jefatura religiosa, se propuso reforzar su papel de dirigente político de un imperio. El modelo escogido fue el bizantino. Centralizó la administración, trasladó la capital del califato de Medina a Damasco y fortaleció el carácter autocrático de su autoridad. Bajo esos presupuestos, la antigua teocracia islámica se transformaba en un Estado secular, dentro del cual la minoría árabe, con fuertes raíces tribales, constituía una verdadera casta dominante de la mayoría de la población, que, para entonces, y como resultado de la expansión conquistadora, era neomusulmana y no árabe. Los signos del cambio de modelo se fortalecieron a la par que se consumaban las conquistas.

El final de la dinastía Omeya: una explosión antiárabe 


Hacia la década de 740, las conquistas árabes, con el consiguiente reparto del botín, cesaron. Las transformaciones experimentadas por el mundo islámico espolearon agudas críticas de la población contra muchos de los rasgos que habían caracterizado al Estado omeya. Según los casos, aquellas críticas recogieron sentimientos antiárabes, antiomeyas, antiestatales, antiaristocráticos y no tardaron en expresarse en términos religiosos. Los ataques más frecuentes se dirigieron contra la falta de piedad y la afición al lujo de la dinastía gobernante, el orgullo de los árabes que despreciaban las restantes etnias del califato, el centralismo que había marginado las provincias y el incumplimiento de las promesas de igualdad de los creyentes no árabes. El conjunto de críticas se desarrollaba, además, en unas sociedades en que el engrandecimiento de las ciudades había provocado la creación de una plebe de artesanos, pequeños comerciantes y campesinos prestos al motín.

 El Imperio islámico de los Abbasíes


El triunfo de los sublevados en 750 abrió el acceso al califato de una nueva dinastía, la de los Abbasíes, que se mantuvo en el trono hasta 1258, en que la toma de Bagdad por los mongoles y el asesinato del último califa pusieron fin a su existencia de derecho. En este apartado, nuestra atención se centrará en los dos primeros siglos de existencia de la misma. Esto es, entre el año 750, fecha de su entronización, y mediados del siglo X, en que el califato dejará de ser uno solo para disgregarse en tres: el abbasí de Bagdad, el fatimí de El Cairo y el omeya de Córdoba.

Imperio universal y poderes regionales


El acceso de la dinastía abbasí al califato en el año 750 y sus primeras medidas dejaron ver en seguida dónde iban a radicar algunas de sus dificultades para mantener una estructura políticamente unitaria. Eran: el fortalecimiento de poderes regionales e incluso comarcales y locales en un imperio de desmedida extensión, la multiplicidad de poderes que surgieron en la capital imperial por exigencias de su administración y la traducción a términos religiosos de muchos de los enfrentamientos políticos.

Un imperio urbano y mercantil


La extensión del Imperio islámico de los abbasíes y su localización en el espacio explican el papel que desempeñó en los siglos VIII a X. Se caracterizó por una unidad cultural, amparada en la religión islámica y el idioma árabe, y una unidad económica apoyada en las ciudades y en la intermediación entre regiones áridas y subáridas y regiones húmedas, asegurada por la difusión del uso del camello. La revitalización de la ciudad, la ordenación del mundo agrí- cola y la fruición mercantil caracterizarán la vida económica y social del Imperio abbasí.

La fragmentación política: los tres califatos


Las enormes dimensiones del Imperio islámico, la falta de una estructura administrativa y militar adecuada para mantener su unidad, el vigor de los grupos tribales conquistadores y la fortaleza de las respectivas tradiciones regionales habían propiciado, desde los mismos días del triunfo de la revolución abbasí en 750, la instalación de poderes autónomos en algunas áreas del califato. A comienzos del siglo X, el Imperio de los Abbasíes acabó configurándose a la escala más realista de las condiciones sociales y políticas creadas durante los cien años anteriores y se fragmentó en tres califatos: el de Córdoba; el que más tarde será de El Cairo y el de Bagdad.

La crisis del califato abbasí


La eliminación cruenta de los Barmequíes al frente de la administración del califato, ordenada por Harun-al-Rashid, y la muerte de éste en 809 fueron los tempranos precedentes de un largo proceso de crisis caracterizado por dos fenómenos: la pérdida del control político por parte de los califas y la aparición de movimientos de reivindicación social que afectaron, sobre todo, las áreas central y oriental del Imperio abbasí.

Los tres califatos: Bagdad, El Cairo, Córdoba


En el tránsito de los siglos IX a X, la intensidad de la crisis social, con su traducción en términos religiosos, animó a algunos gobernantes regionales a desvincularse del único califa no sólo desde el punto de vista político, sino también religioso. Durante el siglo X, las secesiones se solidificaron en torno a dos puntos: Córdoba y El Cairo. Junto al de Bagdad, aparecieron otros dos califatos independientes.


ACTIVIDADES

Con base en la lectura y los vídeos anteriores, anímate a resolver las siguientes actividades

https://www.educaplay.com/es/recursoseducativos/2986483/sopa_de_letras_el_islam.htm

https://www.educaplay.com/es/recursoseducativos/2820092/historia_medieval__el_islam.htm

Si quieres más información sobre este tema puedes ingresar al siguiente link:

http://www.musulmanesandaluces.org/publicaciones/Historia%20del%20Islam/Historia_del_Islam-1%20epoca%20preislamica-yahilia-Muhammad.htm


Bibliografía


García, J.A Y Sesma, J.A. (2008). La construcción de los espacios políticos europeos, en Manual de Historia Medieval (183-216). Madrid: Alianza Editorial, S.A
















viernes, 10 de febrero de 2017

El Imperio Bizantino

LA HERENCIA DE ROMA EN EL ESTE: EL IMPERIO BIZANCIO

El Imperio Bizantino o también llamado el Imperio Romano de Oriente, fue un Imperio que se destaco por su brillantes en una época mal llamada oscura. Este floreció gracias a la excelente labor de su emperador Justiniano, quien hizo de este un gran imperio.  




La división del Imperio romano en 395 y el largo reinado de Teodosio II, nieto de Teodosio «el Grande», entre 408 y 450, constituyen el umbral de este capítulo, que se cierra en torno al año 960 cuando el Imperio de Bizancio alcanza una segunda culminación en su historia. Durante esos cinco siglos, la parte oriental del antiguo Imperio sobrevive aunque lo hace en condiciones sobre las que los historiadores discrepan. Para unos es clara la pervivencia de una sociedad de tipo antiguo. Esto es, estiman que continuó existiendo tanto una relación de tipo público entre los habitantes, sometidos a la autoridad del emperador y a un derecho de validez universal, como un sistema urbano capaz de mantener las funciones ordenadoras del espacio rural de su territorium y sus vínculos entre las distintas ciudades del Imperio. Para otros historiadores, sin embargo, tal pervivencia sólo atañe a la titularidad de un poder público pero resulta discutible cuando se analizan los rasgos sociales del Imperio, que, según ellos, se debilitaron y a la postre se modificaron a raíz de la crisis del siglo VII. Ésta, junto a una drástica reducción de los territorios del Imperio, se caracterizaría por una desestructuración, aunque no eliminación, de la sociedad y el Estado antiguos.



Grandes Civilizaciones - Imperio Bizantino






El esplendor del Imperio: la época de Justiniano 


La imagen de continuidad del Imperio de Bizancio se halla inevitablemente reforzada por su historia de los siglos V y VI. A diferencia de la disgregación y la barbarización del espacio occidental, el oriental no sólo seguía dando muestras de unidad interna, sino que trató de reintegrar la totalidad del antiguo Imperio romano.

La herencia romana en la parte oriental del Imperio


En el año 476, cuando en Occidente se extinguió la vida del Imperio, en Oriente, éste mostraba los caracteres que lo iban a hacer reconocible durante siglos: un Imperio griego, culto, político, urbano, mercantil y cristiano. A raíz de la división del año 395, ocupaba una extensa superficie: desde la costa oriental del mar Adriático hasta la frontera con Persia y desde el Danubio hasta el desierto africano. Su lengua dominante, el griego, convivía con otros idiomas de rica producción literaria, como el copto en Egipto, el hebreo, el arameo y el siríaco en Siria, o el propio árabe en su extremo sudoriental. Esos diferentes idiomas, en especial, el griego, servían de vehículo a las expresiones culturales de regiones con larga tradición en el empleo de la escritura y en el ejercicio de la reflexión filosófica y teológica. La base política del Imperio se asentaba en la solidez de las instituciones y en la fortaleza de la cosa pública, empezando por el emperador y siguiendo por el derecho. Su base económica (y, en buena parte, social) residía en una amplia capa de pequeños propietarios campesinos instalados en aldeas que aprovisionaban los mercados de las grandes ciudades, que eran, a su vez, las que daban el tono al Imperio bizantino al constituir importantes centros de comercio, administración y enseñanza. El aprovisionamiento de los grandes centros urbanos se convirtió en una de las obligaciones del Estado, lo que explica el dirigismo estatal del comercio del Imperio.

El emperador Justiniano y su programa 


El año 518, tras la muerte del emperador Anastasio, un golpe de Estado promovió al trono imperial al jefe de la guardia de palacio, Justino I (518-527), originario de la Iliria latina. Su reinado servirá para asegurar los cimientos del de su sobrino Justiniano, a quien asoció al trono y que, una vez muerto su tío, dirigirá el Imperio entre los años 527 y 565.



Justiniano llega a Bizancio





La reintegración mediterránea y su fracaso


El programa de unidad, romanidad e inmovilidad de Justiniano, cuyas repercusiones internas acabamos de ver, tenía un objetivo muy preciso: la reconstrucción física de la unidad del antiguo Imperio romano. El emperador se dispuso a aprovechar la dinámica de crecimiento de su reino y lo que, a su entender, eran frágiles construcciones políticas de los germanos en territorios de población mayoritariamente romana que, según pensaba, acogería con jú- bilo la reconstrucción del antiguo Imperio. Los intentos del ostrogodo Teodorico, quien, a principios del siglo VI, parecía querer crear un espacio pangermánico en el oeste del Mediterráneo, empujaron a Justiniano a poner en marcha su proyecto en el año 532, una vez que superó la revuelta Niké y firmó una «paz eterna» con el Imperio persa. 


Justiniano - Hacia la unificación del imperio




Del Imperio romano de Oriente al Imperio bizantino


Entre el año 565, muerte de Justiniano, y el 610, acceso al trono de Heraclio y de una nueva dinastía, la vida del Imperio de Bizancio puso de relieve dos hechos. De un lado, que Justiniano había sido el último emperador romano. De otro, que la segunda parte de su reinado había supuesto el tránsito de la vieja civilización «romana» a una nueva cultura «bizantina». En adelante, ésta se desarrollará en escaso contacto con el oeste, pendiente de lo que suceda en el este, y dispuesta a conservar los tres elementos más significativos de la herencia justinianea: un derecho público, una capital rica y un modelo de emperador autócrata y sacralizado.

El final del sueño «romano»


La muerte de Justiniano en el año 565 pareció acelerar los dos procesos que empezaban a debilitar el Imperio de Bizancio: la amenaza de los enemigos exteriores y el deterioro de la situación social, política y militar interna, que cabía atribuir tanto a la presencia de aquéllos como, sobre todo, al desgaste producido por la política de reintegración mediterránea.  



El legado de Justiniano




La crisis del siglo VII


El descontento de la población del Imperio a causa de las guerras, las hambres y las persecuciones políticas fue capitalizado por Heraclio (610-641), que derrocó a Focas, ocupó el trono imperial y fundó una nueva dinastía. En los cien años que transcurrieron entre 610 y 717, la vida bizantina estuvo marcada por la crisis que afectó las estructuras del Imperio. El debilitamiento de éstas, visible desde la muerte de Justiniano, experimentó un agravamiento cuando el Imperio persa fue sustituido, desde la década de 630, por el Islam. La intervención de los musulmanes, que ocuparon rápidamente las provincias orientales del Imperio de Bizancio, exigió un nuevo esfuerzo de guerra. Los rasgos (autoridad del Estado, derecho público, ciudades ordenadoras del entorno rural) que habían caracterizado a aquél se debilitaron decisivamente a la vez que se reforzaba una mentalidad de supervivencia teñida de milagrerismo que encontraba refugio en la veneración de las imágenes. De resultas del proceso, al final del período, en 717, el Imperio de Bizancio apareció como algo nuevo: más reducido, coherente, militarizado, rural, privado, griego. En una palabra, un Imperio menos antiguo, más medieval.

Los signos de discontinuidad histórica


Las circunstancias vividas por el Imperio de Bizancio en el siglo VII tuvieron importantes repercusiones en la sociedad hasta el punto de que los historiadores consideran que aquel siglo supuso una solución de continuidad en la historia bizantina. Tres procesos fueron los que la marcaron: la militarización, la pérdida de peso específico de la ciudad y el fortalecimiento del mundo rural. 

Un Imperio a la defensiva y la querella de las imágenes


El sistema de themas fortaleció los poderes militares de las provincias, en especial, las fronterizas. Algunos de sus jefes aprovecharon desde 695 la circunstancia para imponerse por breve tiempo en el ejército y en el trono imperial. En 717, León, el estratega de Anatolia, consiguió no sólo instalarse en el trono hasta 741 sino estabilizar una nueva dinastía, la Isáurica. Con ella se abrió otro período en la historia política del Imperio de Bizancio que los historiadores no consideran cerrado hasta el año 867 en que la dinastía Macedónica ocupó el trono imperial.
La disputa en torno al carácter de las imágenes y su culto se desarrolló en tres grandes etapas. La primera, entre los años 726 y 787, conoció el triunfo de la La Alta Edad Media (años 380 a 980) iconoclastia. La segunda, entre 787, fecha en que el concilio II de Nicea restauró el culto de las imágenes, y 815, se caracterizó por el éxito de la iconodulía. Y la tercera, entre 815, en que se volvió a la iconoclastia, y 843, en que la querella concluyó con el triunfo definitivo de los defensores de las imágenes. La resolución final del conflicto tuvo como secuela la eliminación de las fuentes favorables a la iconoclastia, lo que ha dejado en la penumbra para siempre aspectos significativos del período.

Una segunda Edad de Oro bizantina: la dinastía Macedónica


El asesinato del emperador Miguel III en 867 puso el trono en manos de Basilio I (867-886). Con él se inició una nueva dinastía, la Macedónica, que prolongó su existencia entre aquella fecha y 1057, en que la aristocracia territorial dio el golpe de Estado que entronizó a Isaac Comneno. Durante casi dos siglos, bajo el mando de los emperadores macedones, el Imperio de Bizancio vivió una etapa de consolidación política y social interna y apogeo cultural que ha sido denominada «segunda Edad de oro bizantina». Dentro de esos doscientos años, un primer período correspondió a la afirmación de la nueva dinastía entre el acceso de Basilio I al trono en 867 y la muerte de Constantino VII en 959. El fortalecimiento de la autoridad imperial, la recuperación de las ciudades, la reactivación del comercio internacional, un cierto debilitamiento de las comunidades aldeanas y un desarrollo de las grandes propiedades monásticas fueron sus rasgos dominantes.


La ampliación del área de influencia bizantina hacia los mundos búlgaro y ruso 


En los noventa años que mediaron entre la accesión al trono de Basilio I en 867 y la muerte de Constantino VII en 959, el Imperio mostró una fortaleza que se tradujo en un cambio de la actitud, hasta entonces defensiva, que había caracterizado la política exterior bizantina. Dentro de ella, lo característico en el siglo X fue una disminución de la atención a los frentes oeste y este, ocupados por los musulmanes, y una dedicación al frente norte, es decir, a Bulgaria y al mundo eslavo, representado, sobre todo, por el principado ruso de Kiev.



ACTIVIDADES:

Con base en la lectura previa y los vídeos, resolver el crucigrama que se encuentra en el siguiente link.






BIBLIOGRAFÍA

Youtube. (2017), Grandes Civilizaciones - Imperio Bizantino. En: https://www.youtube.com/watch?v=I-gxShOKOeA (abril 7)

Youtube. (2017), Justiniano. En: https://www.youtube.com/watch?v=XnA9eVv8CuM (abril 7)

Youtube. (2017), Justiniano. En:  https://www.youtube.com/watch?v=8gIUQ4neSfs (abril 7)


García, J.A Y Sesma, J.A. (2008).La herencia de Roma en el este: El Imperio de Biza, en Manual de Historia Medieval (57-86). Madrid: Alianza Editorial, S.A