viernes, 5 de mayo de 2017

CULTURA INTELECTUAL Y CULTURA POPULAR

 Cultura intelectual y cultura popular





En general, los siglos medievales siguen arrastrando el estigma de oscuridad, violencia y superstición atribuido por los eruditos del Renacimiento y del Siglo de las Luces. Ni siquiera los avances económicos, sociales y políticos y la renovación intelectual logrados por la sociedad occidental en los siglos XIV y XV, disipan la visión de muerte y retroceso adjudicada. La moderna historiografía, no obstante, ha roto el viejo tópico y ha pasado del afortunado título de Huizinga, El Otoño de la Edad Media, al no menos brillante de Primavera de los Tiempos Nuevos, de Ph. Wolff.

Pervivencias y novedades de la cultura y el pensamiento


La transformación del pensamiento especulativo está impulsada por el proceso de laicización general y la pérdida del monopolio de la cultura por la minoría eclesiástica; como telón de fondo, los nuevos aires aportados por la sociedad urbana. En ningún sitio como en la ciudad se plasma mejor el axioma del poder como generador de cultura, pero también, ninguna sociedad como la urbana bajomedieval fue capaz de orientar una transformación tan global, coordinada y con tanto camino por delante.
La progresiva autonomía comenzó por el derecho, pasó a la literatura, la medicina y, más tarde, a las ciencias y la política.

 El mundo de la creación intelectual


En el último tercio del siglo XIII, la actividad intelectual oscila entre la síntesis tomista que aportaba una concepción atemporal del mundo de las ideas, plasmada en la Summa theologica, y una serie de sistemas teóricos que intentaban explicar los misterios que en él se daban. La respuesta de santo Tomás era más amplia, racional y sistemática, aportando un mayor carácter naturalista y humanista, sirviendo de punto de partida en las discusiones y comentarios sobre aquellas materias para las cuales la revelación no aportaba ningún criterio: distinción entre esencia y existencia, la eventual eternidad del mundo creado, la posibilidad de conocimiento de los seres singulares, la capacidad de la razón independientemente de la iluminación divina, etc.

La irrupción del método experimental


La dialéctica escolástica era el método científico por excelencia. Su propia aplicación permitía llegar a la conclusión de su incapacidad para alcanzar la evidencia intelectual, lo que obligaba a buscar una nueva vía: la interpretación del mundo por medio de ciencias exactas. Roger Bacon, franciscano, contemporáneo de Tomás de Aquino, proponía que sólo de la observación precisa se podían extraer las referencias necesarias para la reflexión correcta; no se puede llegar a la explicación del mundo por medio de la dialéctica, sino de un lenguaje matemático riguroso que elaborase y demostrase los datos: «tenemos —escribe— tres formas de conocer: la autoridad, el raciocinio y la experiencia; la autoridad no es suficiente, el raciocinio puede conducirnos al error, sólo la experiencia nos lleva a la verdad».

Las nuevas universidades y el espíritu burgués.


Para entonces se había producido la expansión de las universidades, no sólo en lo que afecta a su número, sino por la cantidad de sus estudiantes y la distribución geográfica. Entre 1300 y 1500 se crearon cincuenta y seis nuevos centros universitarios (frente a los 23 existentes), destacando los dieciséis fundados en los territorios alemanes (Praga, Colonia, Heidelberg, Leipzig, Viena, Lovaina, Friburgo, etc.), que hasta entonces habían permanecido al margen de la vida universitaria, lo mismo que en Escocia (Saint-Andrews, Aberdeen y Glasgow), Polonia (Cracovia), Hungría (Pecs), Dinamarca (Copenhague) y Suecia (Upsala). Cada región de Occidente aspiraba a tener una universidad; Francia inauguró trece (Avignon, Angers, Aix-en-Provence, Poitiers, Nantes, etc.); Italia, nueve (Padua, Pavía, Siena, Pisa, Turín, etc.), y otras tantas los reinos ibéricos (Alcalá de Henares, Lisboa, Lérida, Perpiñán, Huesca, etc.). En Inglaterra, por el contrario, se mantuvo el monopolio de Oxford y Cambridge, articulándose en su entorno nuevos colegios.
Por parte de la burguesía se observa la adquisición de unos rasgos culturales muy perfilados que denotan unos tempranos contenidos modernos. Mullet ha enumerado estos valores: la conciencia de sí mismo, el sentido del individuo y su familia inmediata, la ansiedad, la prudencia como su antídoto, la ambición, la diligencia, la respetabilidad, la seriedad y la piedad.

La pervivencia de la alta cultura universitaria


Sólo las grandes universidades, como París, Bolonia, Oxford y alguna otra mantuvieron un alto número de estudiantes. Y fueron éstas las que se convirtieron en los centros de opinión y de formulación teórica ante los graves problemas planteados con motivo del cisma papal y la diatriba provocada por conciliaristas y papistas, así como en el debate para definir el poder público y la nueva concepción del Estado, dejándose en muchos casos arrastrar por la dinámica de la situación política.

El pensamiento humanista


A mediados del siglo XIV surgen en las ciudades italianas, primero en Florencia, luego en Venecia y Roma, grupos de hombres de letras que recurriendo a la cultura antigua, al conocimiento de los textos clásicos y al modelo cristiano primitivo quieren recrear una cultura humanista que sirva de pauta para reformar la Iglesia y la conciencia de cada fiel. Se trata de un movimiento elitista que arraigará en círculos muy concretos de las sociedades urbanas occidentales.
Petrarca (1304-1374), Boccaccio (1313-1375) y Salutati (1331-1406) fueron los primeros humanistas, los impulsores de las ideas más abiertas y los defensores de las virtudes heroicas del hombre y de su capacidad de vencer cualquier obstáculo por medio de la virtù —talento individual— y del conocimiento.

Las nuevas concepciones literarias y artísticas


La Europa de los siglos XIV y XV es, en su conjunto, todavía una Europa gótica. Sin embargo, durante esos doscientos años tuvo lugar el cambio que propició el nacimiento de formas originales en la arquitectura, pintura y escultura, de nociones nuevas del urbanismo y expresiones literarias inéditas.
La trascendencia e intensidad de esta renovación no radica sólo en el alumbramiento de realizaciones concretas más o menos novedosas, sino porque será la propia concepción del arte y de la literatura la que asumirá una dimensión especial respecto a la sociedad.

Las literaturas en lengua vernácula


En el siglo XIV se produce la consolidación y maduración de las literaturas nacionales en sus dos vertientes lingüísticas: las lenguas vernáculas y el latín. En ambos casos, al margen de los problemas puramente literarios, se produce una reacción contra el bárbaro latín medieval de los teólogos y de las universidades y se inicia la búsqueda, en un latín neoclásico o en un volgare romance, de un medio de expresión más elegante y cercano al conjunto social que demanda una literatura escrita que pudiesen leer ellos mismos y les acercase la cultura derivada de la nueva sensibilidad colectiva que protagonizaban.

El urbanismo y la arquitectura





A mediados del siglo XV, en el entorno cultural del humanismo italiano, se produce la consciente y definitiva separación entre los modelos arquitectónico y urbanístico medievales y los que iban a marcar las líneas plenamente renacentistas.
La revisión del concepto de ciudad a la luz de las nuevas ideologías y, sobre todo, del modo de entender al individuo dentro de las nuevas estructuras de relaciones, impulsó una necesidad de construir «ciudades nuevas», en las que se tuviesen en cuenta, también, las condiciones de tipo estructural derivadas de la vigente organización político-económica y de la aplicación de la tecnología defensiva impuesta por la artillería. Ello propició la búsqueda de soluciones teóricas y prácticas que persigue la idea de la ciudad como símbolo del mundo burgués más racional, ordenado y planificado según un esquema jerárquico de la sociedad.

Artistas y mecenas


Hasta finales del siglo XIII la obra de arte nacía por iniciativa e influencia de un grupo social muy reducido constituido, fundamentalmente, por la jerarquía eclesiástica que, por su formación homogénea y su unidad de creencias, imponía un concepto único, el litúrgico.
Los artistas, hasta el siglo XIV, son trabajadores manuales, de extracción social modesta, casi anónimos, que permanecen en un segundo plano con respecto al cliente. Será a comienzos de ese siglo cuando encontremos artistas conocidos, como Giotto, y los inicios del comercio de obras de arte, todo ello amparado en el consumo de una burguesía en crecimiento, que demanda objetos a medio camino entre la obra de arte y el utilitarismo (estampas, orfebrería, marfiles, tapices, etc.). El resultado es la mejora socioeconómica de los artistas-artesanos y una cierta independencia creadora.

El gran siglo de la pintura y la escultura






Vasari llamó rinascita al esplendor alcanzado por pintores y escultores desde los primeros años del siglo XV. Este término, que no debe confundirse con el de Renacimiento utilizado después, alude a la inspiración y referencia basadas en la mímesis de la realidad, sin tomar la Antigüedad (que apenas conocían) como modelo a imitar y copiar. El centro de este movimiento se localiza en la región italiana de Toscana, con Florencia a la cabeza, si bien hay que se- ñalar que paralelamente se desarrolló otra experiencia también decisiva por artistas flamencos.
En ambos casos, la creación artística va pareja al progreso económico, político y social. Las ciudades flamencas y toscanas son, con diferencia, las más ricas del Occidente, y sus burguesías, las impulsoras de una actividad comercial de nivel mundial. Brunelleschi, Donatello y Masaccio son, posiblemente, los grandes innovadores del círculo toscano, y junto a ellos, una larga nómina de pintores con de nuevos temas y nuevas fórmulas expresivas: Fra Angélico, Paolo Uccello, Benozzo Gozzoli, Andrea Mantegna, Piero de la Francesca, Antonio Pollaiuolo o Sandro Botticelli.

 La evolución de la ciencia y de la técnica


La ciencia pura en Occidente se mantuvo en la Edad Media fuertemente ligada a la teología, mientras que la tecnología y la ciencia aplicada, absolutamente secularizadas, evolucionaban al ritmo de necesidades económicas y militares, sin entrar en conflictos ideológicos ni siquiera por el hecho de que el conocimiento empírico discurrió por un camino en el que además de los oficios y profesiones involucrados transitaban artistas y, en muchas ocasiones, también buscadores de lo oculto. La traducción al latín en el siglo XIII de tratados clásicos e islámicos abrió en Occidente nuevas vías de avance en determinados estudios, lo que se apreció inmediatamente.

 Las novedades científicas


En el mundo de las matemáticas, Europa conoció el sistema numeral arábigo, que desplazó los símbolos romanos.
El desarrollo de la química se vio muy alterado por las consideraciones mágicas y religiosas.
En el ámbito de la física, las obras de Aristóteles constituyeron la fuente de autoridad indiscutible hasta muy avanzado el siglo XIV y las consideraciones de la física formaban parte de los sistemas filosóficos expuestos por los principales pensadores del Trescientos, que expusieron sus teorías sobre la luz y su propagación, la óptica, la mecánica y el movimiento (Dios es la causa del movimiento, el Motor Inmutable).
Un aspecto importante es el relativo a la medicina, donde los lentos avances se realizan más en el campo de la anatomía y la cirugía, que en el conocimiento de las enfermedades. Aquí, hasta tiempos modernos los médicos estuvieron aferrados a la tradición humoral (el equilibrio de los cuatro humores —sangre, flema, bilis amarilla y bilis negra— y las cuatro cualidades —calor, frío, sequedad y humedad— define la salud).

La tecnología de la guerra: la artillería


La base de todo el proceso está en los progresos técnicos de la fundición de metales —la fabricación de campanas, estatuas y cañones en Occidente son productos de una misma tecnología— y el descubrimiento y fabricación de la pólvora, que desde comienzos del siglo XIV constituye el único explosivo conocido en Occidente durante casi quinientos años.

La ciencia geográfica y la representación del mundo


Hasta mediados del siglo XIII el mundo conocido por los europeos era muy limitado y su visión erudita correspondía, aproximadamente, a las tierras que bordean el Mediterráneo y el Índico. Las expediciones emprendidas en el siglo XIV (Giovanni da Piano di Carpini, Guillermo de Rubruck, Buscarello de Ghizolfi, Giovanni di Monte Corvino, Odorico de Pordenone o los Polo) ampliaron los horizontes, especialmente hacia el este, por el inmenso espacio asiático que atraía a mercaderes y misioneros occidentales y, en menor medida el sur, por las tierras del continente africano, que aunque envueltas en un misterio poco atractivo, eran fuentes del oro, el marfil y otras riquezas que se buscaban afanosamente. El norte, frío e inhóspito, todavía no era ni siquiera tenido en cuenta en Europa.
La finalidad de estas primeras actuaciones se centraba en el interés de los europeos por establecer relaciones comerciales, diplomáticas o espirituales, lo que obligaba, en casi todas las ocasiones, a plasmar las experiencias en cartas, mapas o informes para servicio y utilidad de los sucesores, rectificando alguno de los grandes errores y eliminando parte de los mitos y terrores acerca de las regiones tórridas y los mares tenebrosos. Pero las aportaciones empí- ricas carecían del respaldo necesario y la ciencia geográfica seguía apoyándose en los escritos antiguos, hasta que Jacopo d’Angelo da Scarpería (hacia 1410) tradujo al latín la Cosmographia de Ptolomeo y empezaron a circular las copias del tratado De Chorographia de Pomponio Mela.





La imprenta






A finales del siglo XIV se produce un cambio en los hábitos de lectura consistente en el tránsito desde el ejercicio de una lectura pública en voz alta a un público oyente, a una lectura privada, personal, más íntima y reflexiva. Se da paso a un nuevo tipo de lector, cuyo rasgo fundamental es tener una educación laica que orienta su atención hacia las materias ligadas al humanismo: el vínculo entre humanismo y el acto de leer es básico. Ambas circunstancias impondrán un cambio en la producción de libros, tanto en la cantidad como en los géneros.
Por ello, la tradicional leyenda de la invención por parte de Johann Gensfeisch von Gutenberg, nacido en Maguncia en 1400, exiliado a Estrasburgo y que en la década 1440-1450 produjo los primeros ejemplares de obras impresas en caracteres móviles (un breve poema en alemán sobre el juicio universal, tres ediciones de la gramática latina llamada el Donato, un calendario para el año 1448 y la Biblia de 42 líneas) no deja de ser una simplificación de un proceso más lento, que desembocó en un final vertiginoso.

La cultura popular: lo cotidiano y lo festivo


M. Bajtin, en la década de 1960, introdujo de un modo abierto la dicotomía entre «cultura popular» y «cultura sabia» o «culta». Desde sus principios marxistas presentó ambos fenómenos como enfrentados y autónomos, respondiendo cada uno de ellos a manifestaciones de clases sociales distintas: las elevadas crean la cultura oficial e intelectual, mientras que las clases populares se mueven en el terreno de leyendas, creencias, supersticiones y unos modos de vida propios. Se ampliaba así el tradicional concepto histórico de cultura, abriendo el campo de observación a los modos de sociabilidad cotidiana y al conjunto de actitudes, creencias, patrones de comportamiento, etc., constitutivos del patrimonio colectivo de una comunidad.

Las nuevas formas de lo cotidiano


Los cambios generales observados desde el inicio del Trescientos tienen una clara repercusión en la modificación de las actitudes y comportamientos vitales individuales y colectivos. La vida cotidiana de las personas experimenta un cambio producido por las progresivas alteraciones. Así, la adaptación al uso de la moneda introdujo una nueva concepción de la posesión personal de bienes y una precisa distinción entre lo que es de uno y no de los demás; lo mismo en el pensamiento, gracias a la interiorización de sentimientos y creencias y a la lectura íntima, por ejemplo, se produce el paso de lo gregario al individualismo; la casa, el espacio doméstico, se hizo, como ha estudiado Duby, un espacio privado; incluso el cuerpo de cada hombre y de cada mujer, y lo masculino y lo femenino, adquiere una nueva dimensión.

La casa y la mesa


En el interior de los hogares, las piezas de la casa comienzan a tener usos específicos y constituir espacios privados para preservar la intimidad. Resulta común que las puertas permanezcan cerradas y se coloquen cerrojos para impedir su apertura indiscriminada. Este sentimiento de lo privado, de lo propio, se extiende también a los objetos, que se guardan en cajones y arcones, que contaban con su cerradura y candado. Se diversifica el mobiliario y se generaliza el uso de instrumentos de iluminación para combatir la falta de luz natural. En cuanto al frío, durante la Baja Edad Media seguía siendo muy caro el sostenimiento de braseros de carbón o de leña, por lo que se recurrió al forrado de suelos, paredes y marcos de puertas y ventanas con colgaduras y gruesos paños tejidos.

 Lo masculino y lo femenino


Ser hombre o mujer, pertenecer al mundo masculino o femenino, ha marcado siempre, desde el mismo momento del nacimiento, a las personas y ha impuesto unas capacidades y unas limitaciones difícilmente eludibles. La tradicional misoginia de las sociedades judeocristianas señala ya, desde el instante de la concepción, la diferencia entre el varón y la mujer. Un coito excesivamente apasionado en el lecho conyugal o en los días prohibidos por la Iglesia (unos doscientos al año) acarreaba malformaciones, la menor de las cuales, posiblemente, era el alumbramiento de una niña.

Lo lúdico y lo festivo


La fiesta es la ruptura de lo cotidiano. Cada sociedad tiene la necesidad de complementar el tiempo ordinario de rutina con períodos en los que se altera el ritmo habitual de vida. Durante la fiesta la alegría, la risa y la diversión se adue- ñan de la calle, dominio privilegiado de sociabilidad, y se establece una tregua en las normas de conducta. Junto al memento mori, el memento vivere también forma parte de la existencia individual y colectiva del hombre medieval.

Sentimiento y expresiones de religiosidad


La actividad desplegada por franciscanos y dominicos en la sociedad urbana durante el siglo XIII había preparado el camino para la participación religiosa de los laicos de las ciudades. No se trataba sólo de potenciar el cumplimiento de las normas fijas y estables que marcan el comportamiento del cristiano para alcanzar la salvación, sino el impulso dado a la expresión espontánea, auténtica, de los sentimientos religiosos personales y sus manifestaciones populares.

El sentimiento ante la muerte


En el seno de la tradición judeocristiana del occidente europeo, la muerte se contempla como algo inevitable, destino común del que no se puede escapar. Existe, por supuesto, la convicción de otra vida, la vida eterna, y el temor a fallecer repentinamente, sin la preparación necesaria, con el arrepentimiento final. El instante de la muerte va adquiriendo cada vez mayor atención.



ACTIVIDADES

Con base en la lectura y los vídeos anteriores, anímate a resolver las siguientes actividades:





Bibliografía

García, J.A Y Sesma, J.A. (2008). La construcción de los espacios políticos europeos, en Manual de Historia Medieval (183-216). Madrid: Alianza Editorial, S.A










martes, 25 de abril de 2017

TEORÍA POLÍTICA Y ORGANIZACIÓN DEL PODER

Teoría política y organización del poder






Desde los años ochenta del siglo XX el interés por la historia política pasó, definitivamente, de estar centrado en los acontecimientos y su sucesión cronológica, a fijar la atención en temas como la justificación del poder, la concepción del Estado, sus instituciones, la sociedad y las mentalidades políticas.
Su aplicación a la vida práctica permitió abrir otra vía de reflexión más allá de la que ponía a Dios en el centro de todo, porque la propia imposibilidad de conocer los designios divinos obligó a recurrir a la observación y a la experiencia para buscar los mecanismos que regían el mundo, los hombres o la naturaleza en sí mismos, independientemente del orden sobrenatural. El espíritu laico se abría así hueco junto al espíritu santo.

La transformación del pensamiento político


El elemento que desencadena la transformación del pensamiento político será la lectura de la Política de Aristóteles en los ambientes cultos, al abrir nuevas perspectivas a las concepciones del gobierno y la justicia, especialmente con la aportación de la noción de la naturaleza política del hombre, que alteraba la tradicional del cristianismo, social pecadora, justificativa desde hacía siglos de la supremacía del poder de la Iglesia.

Poder temporal frente a poder espiritual


El enfrentamiento entre el Estado y la Iglesia o, lo que es lo mismo, entre los príncipes y el papado, se arrastraba desde hacía un milenio. La bula Unam Sanctam (1302) de Bonifacio VIII constituyó el intento papal de confirmar su teórica soberanía sobre los reyes: «el que posee poderes espirituales juzga todas las cosas, pero él mismo no puede ser juzgado por hombre alguno». Pero el papa acababa de ser derrotado por Felipe IV de Francia en el pulso abierto por el cobro de impuestos al clero y, como con crudeza le había dicho el embajador real, su poder teórico no podía contra la fuerza del monarca. Poco tiempo después, con la humillación del pontífice en Anagni, se pondría de manifiesto.
Con el pensamiento político de Guillermo de Ockam, que muere a mediados del siglo XIV, puede darse por concluido el proceso de disolución de la Escolástica y abierta la dirección naturalista del Renacimiento. Firme defensor de una concepción laica de la sociedad, de la separación de la fe y la razón y de que la comunidad de los fieles, libre, pobre y espiritual, es la única infalible, Ockham impulsó la superioridad del Estado sobre la Iglesia y el reconocimiento del poder superior del papa sólo en el plano espiritual, sin capacidad de intervención en lo temporal.


Guillermo de Ockam y Maquiavelo





La nueva concepción de la monarquía


El concepto de Estado que comenzaba a definirse en el tránsito del siglo XIII al XIV proponía la existencia de la monarquía como centro de la acción de gobierno y como depositaria indiscutible de la auctoritas y de la potestas. Lo primero se alcanzaba en pugna con la aristocracia y las ciudades; lo segundo, por la decadencia de los dos poderes universales, papado e imperio, que lo perdían. El desarrollo del Derecho romano justificaba la hegemonía del rey en su reino.

El poder compartido: las asambleas representativas


El fortalecimiento del poder real y la identificación de su figura con el Estado hunde sus raíces en la propia concepción de la monarquía y la aplicación de la disciplina feudal, si bien el factor decisivo hay que buscarlo en el exterior de ese sistema, concretamente en las transformaciones socioeconómicas propiciadas por la aparición de la burguesía como fuerza social que descompone el anterior esquema individualista e introduce la idea de interés general, permite hablar de communitas regni y de utilitas regni y hace comprensible el principio del derecho romano quod omnes tangit ab omnibus approbetur («lo que a todos toca, por todos debe ser aprobado»). De ahí que el aparato estatal creado en torno al monarca se abriese a la participación de los grupos sociales.

Crisis del pontificado


La crisis del pontificado tiene su origen en el fracaso definitivo de las ideas teocráticas y en la necesidad de adaptar las relaciones entre el papado y los poderes políticos a las nuevas circunstancias sociales. El carácter protector que había desempeñado hasta entonces con respecto a los monarcas se invierte y desde comienzos del XIV serán los reyes quienes pasen a sostener con su fuerza y autoridad a la Iglesia y a las dignidades eclesiásticas.

La sede de Aviñón


La presión de Felipe IV sobre el pontíficado se puso de manifiesto en el atentado de Anagni (septiembre de 1303) sobre el propio Bonifacio VIII y en la elección de Clemente V (1305-1314), que desembocó en el traslado de la sede papal de Roma a Aviñón entre 1309 y 1377. En este tiempo, la intervención directa del monarca francés en el gobierno de la Iglesia fue completa, como demuestra que los cinco papas siguientes y 111 de los 134 cardenales creados en dicho período fueron franceses, la mayoría procedentes del entorno real.



El cisma del papado y el conciliarismo


El papado se había convertido en una monarquía, que no podía ser hereditaria, con los problemas que acarreaban los procesos de sucesión. Precisamente, la ruptura interna surgió tras la muerte de Gregorio XI en 1378, que acababa de reinstalar la sede en Roma, en el momento en que los mensajes místicos surgidos de un grupo de renovadores espirituales, como Catalina de Siena, buscaban el rearme moral del pontífice. Las alteraciones producidas en el cónclave que eligió al sucesor de Gregorio abrieron el gran cisma y durante más de cuarenta años la dignidad papal estuvo en entredicho y peleada por dos y hasta tres papas elegidos.

el cisma de occidente





Definición de los espacios nacionales


La máxima «Rex est a populi voluntate» defendida por grupos de intelectuales del entorno monárquico introdujo en el juego político la llamada voluntad popular. Marsilio de Padua y el resto de tratadistas basan su tesis en la concepción humana del poder, y el buen funcionamiento de la sociedad lo hacen depender de la recta administración de la ley positiva encomendada por los ciudadanos a unos pocos de sus miembros. Pero para argumentar la teoría de que el poder soberano pertenece a la comunidad es necesario que exista esa comunidad y que tenga conocimiento de su identidad. Es decir, debe establecerse una conciencia colectiva lo suficiente fuerte y extendida como para alimentar un sentimiento unitario y coherente dirigido a la búsqueda del bien común.
Controlar el espacio y fijar las diferencias nacionales son, por tanto, argumentos principales de la acción política. Un reino acaba donde empieza otro; por tanto, la extensión del Estado es consecuencia del poder del rey y el príncipe poderoso era el conquistador de regiones; de ahí la importancia de la guerra. La tendencia que se observa en estos dos últimos siglos medievales es de ampliación de los estados más fuertes en detrimento de los pequeños, al tiempo que las monarquías más poderosas establecían alianzas familiares que les permitían unir territorios, incluso distantes, bajo un mismo proyecto, dando lugar a extensos estados que decidirán su hegemonía europea en las guerras del siglo XVI.

Los funcionarios y los órganos de administración del poder


Frente al personalismo característico del modo feudal de gobernar, la nueva estructura se apoya en el grupo de profesionales que poco a poco se integran en los órganos de la administración dotándolos de un funcionamiento regular por encima, en muchas ocasiones, de la participación del propio monarca. Se trata de una nueva categoría social de laicos cuya proximidad al poder está impulsada por su preparación técnica, que llegará a constituir una verdadera clase autónoma a medio camino entre la nobleza y la burguesía.
En la actividad cotidiana se tiende a despersonalizar los actos de gobierno y de la justicia, apartándolos de la imagen del rey. Junto a la antigua corte, que se convierte en un mero servicio doméstico de la Casa Real, se constituye una estructura política para atender las decisiones del Estado a cuyo frente se incorporará el canciller, auxiliado de sus oficiales y los miembros del Consejo o consejeros, siempre nombrados por el monarca. Del Consejo, por fragmentación de sus funciones, surgirá la nueva organización de la administración caracterizada por su creciente complejidad y la constante búsqueda de mejorar su efectividad a través del perfeccionamiento de las técnicas de la administración y de la centralización de las gestiones.

Los símbolos del poder


Frente a la vertiente retórica e intelectual justificativa del poder en sí, en el mundo bajomedieval se debe desarrollar una estrategia no escrita, visual, dirigida al gran público, para hacerle llegar el mensaje. La materialización del poder se pondrá de manifiesto por medio de las insignias y la pompa real, los emblemas y las ceremonias, considerado todo ello como parte integrante del sistema político y, por tanto, incorporado en su estructura. La dignidad del rey se concentra en los distintivos de su majestad, con los que debe mostrarse en público: la corona, el cetro y la espada, que se transmiten como símbolos de la legitimidad. Y los reyes, aunque no estén presentes en persona, lo están por medio de la imagen de su poder: los sellos, los escudos de armas y el uso de tejidos de colores son, principalmente, los objetos que recogen los símbolos distintivos de cada uno de los nacientes estados occidentales y del poder asentado en ellos. Y en cuantas oportunidades haya, la realeza debe ejercer y enseñar su poder a la vista del reino.

El nacimiento de la Europa de las naciones


Al último cuarto del siglo XIII el espacio europeo llegaba en una situación polí- tica de gran inestabilidad. El poder de los reyes, todavía en fase de formulación, había desplazado al imperial, que tanto el de Oriente, arruinado durante la Cuarta Cruzada y reconstruido a duras penas en 1261, como el de Occidente, el Romano Germánico recién superado el interregno que concluyó en 1273, eran una sombra sin fuerza y sin autoridad. Apenas doscientos años después, tras un laborioso proceso de ruptura y reconstrucción del equilibrio, el mapa europeo quedó dibujado con sólidos trazos por la formación de las cuatro grandes monarquías (Francia, Inglaterra, España y Alemania), que gobernaban espacios nacionales, y a sus costados se habían consolidado nuevos estados regidos por monarquías propias, que configurarán ya hasta nuestros días la Europa de las naciones.

Francia e Inglaterra. La guerra de los Cien Años


La actividad desplegada casi simultáneamente por Felipe IV (1285-1314) en Francia y Eduardo I (1272-1307) en Inglaterra sirvió para restaurar la autoridad perdida, procediendo, cada uno en su reino, a un mayor control de los recursos y de los grupos de poder. El paralelismo de ambos procesos se completa con los intentos de extender sus dominios por espacios próximos (los Países Bajos en el caso de Francia, Gales y Escocia en el inglés). El choque inevitable por estas políticas tenía que producirse en el ámbito continental compartido, lo que desembocará en la llamada «guerra de los Cien Años», largo conflicto que comenzó como un enfrentamiento de dos dinastías, pero que se convirtió en una primera guerra europea.
El desarrollo puede dividirse en cuatro etapas. La primera se inicia en 1337 y se prolonga hasta la paz de Bretigny (1360). Se inicia cuando Eduardo III, presionado por los franceses desde Escocia, interviene en Flandes y reclama el título de rey de Francia como heredero de su tío Carlos IV
La segunda etapa se prolonga hasta 1399. Se caracteriza porque grupos de soldados, más o menos incontrolados, al mando de jefes muy significativos recorren el país, viviendo sobre el terreno con violencia, y se contratan como mercenarios donde son requeridos, como Bertrand du Guesclin y sus tropas, que se dirigen a Castilla y actúan en la guerra civil Trastámara.
La tercera etapa va de 1399 a 1422. Comienza con la deposición y asesinato de Ricardo II, sucedido por Enrique V, y concluye con la muerte de éste y de Carlos VI de Francia. En el plano militar el acontecimiento fundamental es la derrota del ejército francés en Azincourt (1415), en el Somme, donde un contingente inglés diezmado y mucho menor que el formado por las mejores tropas francesas, provocó un desastre y la muerte de una gran parte de la nobleza de Francia. La justicia de Dios parecía decantarse por uno de los contendientes, el inglés, que en nombre de la paz reclamaba sus derechos sobre Aquitania y Normandía, a cuya conquista se dedicó entre 1417 y 1419.

Consecuencias


Las consecuencias de tan largo período de guerra fueron muy distintas para cada uno de los contendientes. En Francia se procedió a una restauración del orden estatal tomando como centro el rey y su administración, impulsando un fuerte centralismo. En los aspectos económicos se procedió a una labor de recuperación y repoblación en las zonas de mayores posibilidades de cultivo: el Bordelais con gentes del norte (los llamados gavaches), Provenza con italianos, etc. Los señores procuraron atraer campesinos ofreciendo contratos de larga duración con censos reducidos y de aparcería para nuevas roturaciones. La producción industrial se reanimó con rapidez, sobre todo la pañería y los productos de lujo para atender las demandas de los consumidores surgidos tras la guerra.

La guerra de los cien años




Los reinos hispánicos


A finales del siglo XIII el espacio peninsular estaba dividido entre cuatro formaciones cristianas (Castilla-León, Corona de Aragón, Portugal y Navarra) y el reino musulmán de Granada. Las conquistas de Fernando III de CastillaLeón y Jaime I de Aragón habían cerrado la época de expansión territorial, y dieron paso a una fase de reorganización de las bases económicas y políticas en el interior de los reinos. La pugna entre monarquía, nobleza y ciudades para orientar esta nueva ordenación en interés propio marcará el proceso.
El triunfo de Isabel y Fernando, los futuros «Reyes Católicos», representó la unión dinástica de Castilla y Aragón y el comienzo de la recuperación del poder real, por medio de una política de control (Hermandades, Tribunal de la Inquisición, expulsión de los judíos, corregidores en las ciudades), junto al despliegue de un programa propagandístico muy preciso y la formulación de un proyecto común, la conquista del reino musulmán de Granada (1482- 1492), que aglutinó a todos.

Los espacios políticos en la península italiana


Los decenios finales del siglo XIII significan para Italia el agotamiento de la hegemonía de los dos poderes universales, papado e imperio, y la aparición de un conglomerado de entidades independientes que no llegaron a formar un proyecto común. Separados por el bloque central constituido por los Estados Pontificios, la diferencia entre el norte de la península y el sur se agudizó en el plano económico y político a lo largo del siglo XIV, pues mientras que el norte más poblado, con una red de ciudades que desde muy pronto había propiciado el nacimiento de una burguesía artesanal y mercantil y un mundo rural con una agricultura organizada, alumbraba un sistema político basado en las ciudades-Estado; la mitad sur y las islas, que vivían de la ganadería y la agricultura controladas por una aristocracia feudal, se convirtieron en objetivo de los intereses comerciales de las ciudades mercantiles y en campo de batalla de las refriegas militares europeas: venecianos y genoveses por el control naval, los Anjou y los aragoneses por Sicilia, Génova y la Corona de Aragón por Cerdeña, etc.

La fragmentación alemana


El largo interregno (1250-1273) tras la muerte de Federico II «Barbarroja» abrió el camino para vaciar de contenido universal la idea de Imperio y para definir la organización política del espacio alemán, que optó por una fragmentación en numerosos länder dominados por la aristocracia. El enfrentamiento entre Luis IV (1314-1346) y el papa Juan XXII (1316-1334) por la hegemonía en Italia motivó un replanteamiento de la situación y condujo a la publicación de la Bula de Oro (1355) por el emperador Carlos IV (1347-1378). A partir de aquí, la autoridad imperial quedó reconocida sólo en territorio alemán y su elección recayó en los príncipes electores: los arzobispos de Maguncia, Tréveris y Colonia, el rey de Bohemia, el duque de Sajonia-Wittember, el margrave de Brandeburgo y el conde palatino del Rin.


Actividades

En el siguiente link podrás encontrar una divertida actividad con relación a la lectura y vídeos anteriores.





BIBLIOGRAFÍA


García, J.A Y Sesma, J.A. (2008). La construcción de los espacios políticos europeos, en Manual de Historia Medieval (183-216). Madrid: Alianza Editorial, S.A











jueves, 20 de abril de 2017

DESARROLLO ECONÓMICO Y ORGANIZACIÓN SOCIAL EN LAS CIUDADES

DESARROLLO ECONÓMICO Y ORGANIZACIÓN SOCIAL EN LAS CIUDADES


Frente a la concepción clásica que consideraba los sistemas urbanos como formaciones parasitarias, el debate abierto sobre el papel económico desempañado por la ciudad en la Baja Edad Media ha hecho de ella un lugar privilegiado, con el incremento de la producción manufacturera, la innovación de los métodos mercantiles y el impulso del movimiento comercial.
Hoy parece innegable que en la formación y desarrollo de la Europa tardomedieval la ciudad desempeñó un papel fundamental. Las profundas transformaciones experimentadas por la sociedad en general, y la urbana en concreto, hicieron que al final de la Edad Media la ciudad se convirtiera en centro de poder, motor del desarrollo productivo y comercial y, quizá por eso mismo, en foco de tensiones y conflictos sociales.


La producción industrial y el comercio


Todas las ciudades, incluso las más pequeñas, disponían ya a finales del siglo XIII de los recursos artesanales para satisfacer las necesidades de la vida cotidiana de sus habitantes.
Igualmente, en todos los núcleos de población se había generado un movimiento comercial, habilitando zonas para el establecimiento de las tiendas especializadas donde de manera permanente se podían adquirir las mercancías que se quisiera, desde los paños hasta las especias y productos exóticos, completando así el proceso que desde los primitivos mercados y las tradicionales ferias, habían convertido a los centros urbanos en lugares de constante actividad económica.

Las manufacturas urbanas


El incremento del consumo y la ampliación de la capacidad adquisitiva a una banda social amplia, impulsó un aumento de la producción de artículos artesanales. Los oficios tradicionales debieron introducir un cambio técnico y de sistema de trabajo, buscando producir más y a menos costo, para atender la demanda de consumidores próximos y de mercados lejanos.
Estos cambios propiciaron modificaciones en la organización de la producción, que repercutieron en las relaciones entre capital y trabajo, generando tensiones sociales y haciendo surgir en las ciudades agrupaciones profesionales de protección de los intereses corporativos.

De la artesanía tradicional a las primeras industrias


Ante la limitada innovación de las técnicas, la transformación de la industria artesanal en la Baja Edad Media conservó casi invariable la estructura productiva y se apoyó en la intensificación de la producción y en la organización del trabajo. El proceso fue lento y selectivo.
En general, la unidad de producción siguió siendo el obrador artesanal de tipo familiar en el que se realizaba el ciclo completo; la principal novedad fue la ampliación de su número, con lo que se elevó el volumen producido.

Los modos de gestión de la producción


En determinadas áreas de producción la renovación fue mucho más intensa y se observan ya rasgos de lo que será la actividad industrial moderna: complejidad del proceso, aplicación de innovaciones técnicas y necesidad de fuertes inversiones de capital. Los dos ámbitos que generan mayores cambios son los que giran en torno a la construcción naval y a la producción textil, que aportan, cada uno de ellos, modelos diferentes de organización laboral y productiva. Posteriormente, ya casi fuera de nuestro tiempo, otras dos áreas se unirán con fuerza, la industria metalúrgica de gran envergadura y la impresión de libros.

Maestros, oficiales y aprendices





El esquema laboral se basaba, pues, en una división en tres niveles. Al frente del proceso de fabricación estaba el maestro, especie de aristocracia del trabajo, al que se llegaba después de superar el examen de maestría. El segundo grado profesional era el del oficial, que corresponde a los operarios formados técnicamente para desempeñar su trabajo y se incorporan a un taller; la relación laboral con el maestro/patrono se estipulaba en un contrato, en el que normalmente a cambio de su tiempo percibía un salario fijo o una cantidad en función del trabajo realizado y de los beneficios obtenidos por la empresa. El tercer escalón está formado por los aprendices, elementos en los que se conjuga la necesaria enseñanza del oficio, con la disponibilidad de una mano de obra barata. La relación entre el maestro y el aprendiz está teñida, por tanto, de ambos matices. En la Baja Edad Media se generaliza la costumbre de que los jóvenes varones urbanos y muchos rurales que acuden a la ciudad, pasen entre cuatro y seis años de su vida (entre los doce y dieciocho de edad) en casa de un maestro que los alojaba, alimentaba y vestía, introducía en los conocimientos básicos de un oficio y los preparaba para la vida profesional, a cambio de su trabajo en el taller. Para las mujeres se reservaba el trabajo doméstico, como criadas o sirvientas,si bien se observa una progresiva incorporación femenina a la industria textil.

El desarrollo del comercio


Vida urbana y comercio son dos conceptos íntimamente unidos. Los esquemas tradicionales apuntan a que la crisis de mediados del XIV repercutió en el mundo urbano y, por tanto, en la marcha del comercio, modificando los planteamiento anteriores y obligando a la transformación de las prácticas mercantiles.

Los grandes ámbitos comerciales





El desplazamiento del eje de la actividad mercantil desde el Mediterráneo hacia el Atlántico y las regiones septentrionales, que se manifiesta en el período 1300-1500, no está provocado tanto por el descenso de la vitalidad en el sur como por la aportación de nuevos impulsos desde los territorios del norte.
El comercio oriental de los emporios más importantes, Venecia, Génova, Milán, Florencia y Barcelona, se apoyaba en el tráfico de productos de lujo (telas ricas, especias, pieles,seda, vinos, maderas finas, azúcar, esclavos, etc.), que se distribuían para atender demandas minoritarias. La propia evolución de los mercados hacía que fuera impensable el crecimiento del consumo de ese tipo de mercancías, y la expansión comercial debía dirigirse hacia una clientela menos refinada y con menor presupuesto, pero más numerosa.

Rutas y mercados regionales


El atractivo del tráfico internacional no debe hacernos olvidar la importancia del regional y local, basado en infinitas transacciones diarias, modestas en su monto individual, pero de enorme importancia por su número y continuidad. Tampoco debemos perder de vista que precisamente el crecimiento masivo de la demanda y la oferta en los mercados regionales y locales impulsará la expansión del gran comercio exterior.

Las mejoras en los sistemas de transporte


El incremento de la actividad comercial lleva aparejado el incremento del volumen de mercancías movilizado y la ampliación de las rutas de circulación, lo que obliga a la mejora del sistema de transportes, tanto en los aspectos técnicos como en el tratamiento administrativo y económico.

El transporte interior, terrestre y fluvial


El transporte terrestre, aunque era el que mayor esfuerzo de hombres y animales exigía y el más caro y lento de los tres, siguió siendo el medio más utilizado. Técnicamente, las variaciones fueron escasas. Carros y carretas de dos y cuatro ruedas, caravanas de mulas y porteadores a pie son los elementos utilizados, adaptados a las condiciones de los caminos.
Como alternativa al transporte terrestre, en muchos trayectos interiores se podía optar por el fluvial,sistema en el que la propia corriente facilita el movimiento, con el consiguiente ahorro de energía animal.

El gran desarrollo del transporte marítimo


En cuanto al transporte por mar a media y larga distancia, conviene advertir, antes de pasar a analizar otras circunstancias, que la capacidad de carga de toda la flota europea en estos siglos no alcanzaba, en expresión de Fossier, a la de uno solo de los grandes petroleros actuales: la Hansa en su conjunto desplazaría unas 60.000 toneladas, lo mismo que Venecia, mientras Génova no pasaría de las 20.000, el resto de puertos mediterráneos juntos sólo llegaría a las 15.000 y otro tanto los barcos ingleses.
Técnicamente, en el siglo XIIIse había generalizado ya la brújula, que permitía la navegación invernal, la modificación del timón mejoró la maniobrabilidad, y la del velamen, la velocidad y la fuerza. Así, se pudo proceder a la construcción de nuevos tipos de navíos, más sólidos y de mayor tonelaje, en beneficio de la seguridad y de la rentabilidad del transporte. En el norte se pasó de la kogge o coca a la hurka, mucho más ventruda, que podía contener hasta 400 toneladas y alcanzar una velocidad de 15 millas por hora; a mediados del XV comenzó la penetración del krawell o carraca, barco arbolado con tres mástiles, que podía cargar hasta 900 toneladas, preparado, además, para recibir artillería y convertirse en barco de guerra.
En el Mediterráneo se mantuvieron las embarcaciones de tipo galera, pero agrandadas, lo que incrementó el arqueo, que en las llamadas galeras de mercado venecianas llegó a las 300 toneladas con 200 remeros. Era un tipo de barco seguro, pero enormemente caro, por lo que fue sustituido por los navíos redondos del Atlántico; primero, la coca con vela cuadrada y, después, la carabela, con dos o cuatro mástiles, que se convertiría en la embarcación de los grandes descubrimientos.



Kogge




Galera




Carabela



Métodos de gestión y administración mercantil


Las estructuras mercantiles necesarias para la nueva dimensión del comercio a finales del siglo XV debían cambiar respecto a las de épocas anteriores. Las transformaciones introducidas durante los doscientos años finales de la Edad Media impusieron unos métodos más racionales en la gestión y administración de los negocios, que unificaran criterios y permitieran las actividades de las empresas mercantiles en lugares distantes. Y es precisamente a la universalización de métodos de gestión a lo que R. de Roover atribuyó la auténtica revolución comercial.
La gestión de las nuevas organizaciones comerciales se desarrolló gracias al uso de técnicas contables también revolucionarias. Por un lado, la adopción de la numeración arábiga en vez de la romana, mucho más fácil de manejar. Por otro, la contabilidad por partida doble, que permitía ordenar los confusos apuntes anteriores, al asignar a cada cliente de un banquero o comerciante una página en la que se anotaban en dos columnas el movimiento de su cuenta, en una todos las asientos de débitos y en la otra los créditos, el debe y el haber, con lo que se disponía continuamente del balance.

Moneda y crédito


Si las empresas comerciales, con todo el aparato administrativo en que se basaban, constituyen un elemento básico para el progreso del sistema mercantil, el otro fundamento es el establecimiento de un sistema financiero ágil y capaz de adaptarse a las necesidades impuestas por el propio impulso expansivo. De hecho, tal como ha quedado reflejado, la tendencia marcada por las grandes compañías italianas, mantenida por las alemanas que penetran en el XVI, es la de constituir sociedades bancario-mercantil-manufactureras.

Las fuerzas sociales de las ciudades


Las ciudades en la Baja Edad Media son, en expresión de Braudel, «auténticas corruptoras de las jerarquías tradicionales». Surgidas en el seno del mundo feudal, el progreso de la vida urbana está ligado al desarrollo de la economía, lo que dio lugar a nuevas vías para el enriquecimiento individual y a la aparición de nuevos valores colectivos, en los que la fortuna y la profesión se convierten en elementos primordiales para la promoción social.

La oligarquía urbana: burgueses y patricios


Desde el siglo XIII, las ciudades pasan a ser gobernadas por una minoría privilegiada que se hace con el control político en virtud de la superioridad otorgada por su riqueza, su prestigio social y su fuerza, argumentos siempre relativos y de difícil valoración. Este grupo está, fundamentalmente, compuesto por dos tipos de ciudadanos, los nobles y los burgueses.

Los artesanos y su organización


A finales del siglo XIII el sector de la sociedad urbana dedicado al trabajo mecánico y a la producción manufacturera había llegado a ser por número la parte más importante de la sociedad civil. El esbozo asociativo anterior había cumplido su misión en defensa de los intereses profesionales comunes, impulsando la participación artesanal en la vida municipal y actuando como fuerza social en los movimientos comunales frente al poder señorial. Pero a lo largo del siglo XIV se hizo necesaria la reforma del sistema corporativo.

Tensiones y revueltas urbanas


Los levantamientos urbanos no son, como tampoco lo eran las revueltas campesinas, un rasgo específico derivado de la situación atravesada en los dos siglos finales de la Edad Media,si bien están favorecidas por el desarrollo de la vida urbana y el tipo de sociedad establecido en las ciudades.

La revuelta de París de 1358





La revuelta urbana de París estuvo encabezada por Etienne Marcel, preboste de los mercaderes, apoyado por Robert Le Coq, obispo de Laon y arranca tras conocerse la derrota de Poitiers y el cautiverio del rey Juan (septiembre de 1356). La población acusó a los consejeros reales y a la nobleza de mal comportamiento militar y de haber dilapidado los impuestos extraordinarios exigidos. Desde enero de 1357 las fuertes protestas callejeras contra la modificación monetaria y otros acuerdos reales se extendieron de París a otras ciudades del reino: Arrás, Rouen, Toulouse, Laon, Amiens, etc. Etienne Marcel consiguió que el Parlamento (los Estados Generales), presionado por los grupos populares,se hiciera con el control de la recaudación de los impuestos y el funcionamiento del Consejo Real, otorgando a las clases inferiores no sólo la represión de los abusos de los oficiales, sino el derecho a defenderse violentamente contra ellos, lo cual permitió aplacar un tanto los ánimos.


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ACTIVIDAD




BIBLIOGRAFÍA


García, J.A Y Sesma, J.A. (2008). La construcción de los espacios políticos europeos, en Manual de Historia Medieval (183-216). Madrid: Alianza Editorial, S.A

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