Cultura intelectual y cultura popular
En general, los siglos medievales siguen arrastrando el estigma de oscuridad,
violencia y superstición atribuido por los eruditos del Renacimiento y del Siglo
de las Luces. Ni siquiera los avances económicos, sociales y políticos y la
renovación intelectual logrados por la sociedad occidental en los siglos XIV
y XV, disipan la visión de muerte y retroceso adjudicada. La moderna historiografía,
no obstante, ha roto el viejo tópico y ha pasado del afortunado título de
Huizinga, El Otoño de la Edad Media, al no menos brillante de Primavera
de los Tiempos Nuevos, de Ph. Wolff.
Pervivencias y novedades de la cultura y el pensamiento
La transformación del pensamiento especulativo está impulsada por el proceso
de laicización general y la pérdida del monopolio de la cultura por la
minoría eclesiástica; como telón de fondo, los nuevos aires aportados por la sociedad urbana. En ningún sitio como en la ciudad se plasma mejor el
axioma del poder como generador de cultura, pero también, ninguna sociedad
como la urbana bajomedieval fue capaz de orientar una transformación tan
global, coordinada y con tanto camino por delante.
La progresiva autonomía comenzó por el derecho, pasó a la literatura, la
medicina y, más tarde, a las ciencias y la política.
El mundo de la creación intelectual
En el último tercio del siglo XIII, la actividad intelectual oscila entre la síntesis
tomista que aportaba una concepción atemporal del mundo de las ideas, plasmada
en la Summa theologica, y una serie de sistemas teóricos que intentaban
explicar los misterios que en él se daban. La respuesta de santo Tomás era más
amplia, racional y sistemática, aportando un mayor carácter naturalista y humanista,
sirviendo de punto de partida en las discusiones y comentarios sobre
aquellas materias para las cuales la revelación no aportaba ningún criterio:
distinción entre esencia y existencia, la eventual eternidad del mundo creado,
la posibilidad de conocimiento de los seres singulares, la capacidad de la razón
independientemente de la iluminación divina, etc.
La irrupción del método experimental
La dialéctica escolástica era el método científico por excelencia. Su propia
aplicación permitía llegar a la conclusión de su incapacidad para alcanzar la
evidencia intelectual, lo que obligaba a buscar una nueva vía: la interpretación
del mundo por medio de ciencias exactas. Roger Bacon, franciscano, contemporáneo
de Tomás de Aquino, proponía que sólo de la observación precisa se
podían extraer las referencias necesarias para la reflexión correcta; no se puede
llegar a la explicación del mundo por medio de la dialéctica, sino de un lenguaje
matemático riguroso que elaborase y demostrase los datos: «tenemos
—escribe— tres formas de conocer: la autoridad, el raciocinio y la experiencia;
la autoridad no es suficiente, el raciocinio puede conducirnos al error,
sólo la experiencia nos lleva a la verdad».
Las nuevas universidades y el espíritu burgués.
Para entonces se había producido la expansión de las universidades, no sólo
en lo que afecta a su número, sino por la cantidad de sus estudiantes y la distribución
geográfica. Entre 1300 y 1500 se crearon cincuenta y seis nuevos centros
universitarios (frente a los 23 existentes), destacando los dieciséis fundados
en los territorios alemanes (Praga, Colonia, Heidelberg, Leipzig, Viena,
Lovaina, Friburgo, etc.), que hasta entonces habían permanecido al margen de
la vida universitaria, lo mismo que en Escocia (Saint-Andrews, Aberdeen y
Glasgow), Polonia (Cracovia), Hungría (Pecs), Dinamarca (Copenhague)
y Suecia (Upsala). Cada región de Occidente aspiraba a tener una universidad;
Francia inauguró trece (Avignon, Angers, Aix-en-Provence, Poitiers, Nantes, etc.);
Italia, nueve (Padua, Pavía, Siena, Pisa, Turín, etc.), y otras tantas los reinos
ibéricos (Alcalá de Henares, Lisboa, Lérida, Perpiñán, Huesca, etc.). En Inglaterra,
por el contrario, se mantuvo el monopolio de Oxford y Cambridge,
articulándose en su entorno nuevos colegios.
Por parte de la burguesía se observa la adquisición de unos rasgos culturales
muy perfilados que denotan unos tempranos contenidos modernos. Mullet
ha enumerado estos valores: la conciencia de sí mismo, el sentido del individuo
y su familia inmediata, la ansiedad, la prudencia como su antídoto, la ambición,
la diligencia, la respetabilidad, la seriedad y la piedad.
La pervivencia de la alta cultura universitaria
Sólo las grandes universidades, como París, Bolonia, Oxford y alguna otra
mantuvieron un alto número de estudiantes. Y fueron éstas las que se convirtieron
en los centros de opinión y de formulación teórica ante los graves problemas
planteados con motivo del cisma papal y la diatriba provocada por
conciliaristas y papistas, así como en el debate para definir el poder público y la nueva concepción del Estado, dejándose en muchos casos arrastrar por la
dinámica de la situación política.
El pensamiento humanista
A mediados del siglo XIV surgen en las ciudades italianas, primero en Florencia,
luego en Venecia y Roma, grupos de hombres de letras que recurriendo a
la cultura antigua, al conocimiento de los textos clásicos y al modelo cristiano
primitivo quieren recrear una cultura humanista que sirva de pauta para
reformar la Iglesia y la conciencia de cada fiel. Se trata de un movimiento elitista
que arraigará en círculos muy concretos de las sociedades urbanas occidentales.
Petrarca (1304-1374), Boccaccio (1313-1375) y Salutati (1331-1406) fueron
los primeros humanistas, los impulsores de las ideas más abiertas y los
defensores de las virtudes heroicas del hombre y de su capacidad de vencer
cualquier obstáculo por medio de la virtù —talento individual— y del conocimiento.
Las nuevas concepciones literarias y artísticas
La trascendencia e intensidad de esta renovación no radica sólo en el alumbramiento de realizaciones concretas más o menos novedosas, sino porque será la propia concepción del arte y de la literatura la que asumirá una dimensión especial respecto a la sociedad.
Las literaturas en lengua vernácula
El urbanismo y la arquitectura
A mediados del siglo XV, en el entorno cultural del humanismo italiano, se
produce la consciente y definitiva separación entre los modelos arquitectónico
y urbanístico medievales y los que iban a marcar las líneas plenamente renacentistas.
La revisión del concepto de ciudad a la luz de las nuevas ideologías y, sobre
todo, del modo de entender al individuo dentro de las nuevas estructuras
de relaciones, impulsó una necesidad de construir «ciudades nuevas», en las
que se tuviesen en cuenta, también, las condiciones de tipo estructural derivadas
de la vigente organización político-económica y de la aplicación de la tecnología
defensiva impuesta por la artillería. Ello propició la búsqueda de soluciones
teóricas y prácticas que persigue la idea de la ciudad como símbolo del
mundo burgués más racional, ordenado y planificado según un esquema jerárquico
de la sociedad.
Artistas y mecenas
Hasta finales del siglo XIII la obra de arte nacía por iniciativa e influencia de un
grupo social muy reducido constituido, fundamentalmente, por la jerarquía
eclesiástica que, por su formación homogénea y su unidad de creencias, imponía
un concepto único, el litúrgico.
Los artistas, hasta el siglo XIV, son trabajadores manuales, de extracción
social modesta, casi anónimos, que permanecen en un segundo plano con respecto
al cliente. Será a comienzos de ese siglo cuando encontremos artistas
conocidos, como Giotto, y los inicios del comercio de obras de arte, todo ello
amparado en el consumo de una burguesía en crecimiento, que demanda objetos
a medio camino entre la obra de arte y el utilitarismo (estampas, orfebrería,
marfiles, tapices, etc.). El resultado es la mejora socioeconómica de los
artistas-artesanos y una cierta independencia creadora.
El gran siglo de la pintura y la escultura
Vasari llamó rinascita al esplendor alcanzado por pintores y escultores desde
los primeros años del siglo XV. Este término, que no debe confundirse con el
de Renacimiento utilizado después, alude a la inspiración y referencia basadas
en la mímesis de la realidad, sin tomar la Antigüedad (que apenas conocían)
como modelo a imitar y copiar. El centro de este movimiento se localiza
en la región italiana de Toscana, con Florencia a la cabeza, si bien hay que se-
ñalar que paralelamente se desarrolló otra experiencia también decisiva por
artistas flamencos.
En ambos casos, la creación artística va pareja al progreso económico, político
y social. Las ciudades flamencas y toscanas son, con diferencia, las más
ricas del Occidente, y sus burguesías, las impulsoras de una actividad comercial
de nivel mundial. Brunelleschi, Donatello y Masaccio son, posiblemente,
los grandes innovadores del círculo toscano, y junto a ellos, una larga nómina
de pintores con de nuevos temas y nuevas fórmulas expresivas: Fra Angélico,
Paolo Uccello, Benozzo Gozzoli, Andrea Mantegna, Piero de la Francesca,
Antonio Pollaiuolo o Sandro Botticelli.
La evolución de la ciencia y de la técnica
La ciencia pura en Occidente se mantuvo en la Edad Media fuertemente ligada
a la teología, mientras que la tecnología y la ciencia aplicada, absolutamente
secularizadas, evolucionaban al ritmo de necesidades económicas y militares,
sin entrar en conflictos ideológicos ni siquiera por el hecho de que el
conocimiento empírico discurrió por un camino en el que además de los oficios
y profesiones involucrados transitaban artistas y, en muchas ocasiones,
también buscadores de lo oculto. La traducción al latín en el siglo XIII de tratados
clásicos e islámicos abrió en Occidente nuevas vías de avance en determinados
estudios, lo que se apreció inmediatamente.
Las novedades científicas
En el mundo de las matemáticas, Europa conoció el sistema numeral arábigo,
que desplazó los símbolos romanos.
El desarrollo de la química se vio muy alterado por las consideraciones
mágicas y religiosas.
En el ámbito de la física, las obras de Aristóteles constituyeron la fuente
de autoridad indiscutible hasta muy avanzado el siglo XIV y las consideraciones
de la física formaban parte de los sistemas filosóficos expuestos por los
principales pensadores del Trescientos, que expusieron sus teorías sobre la luz
y su propagación, la óptica, la mecánica y el movimiento (Dios es la causa del
movimiento, el Motor Inmutable).
Un aspecto importante es el relativo a la medicina, donde los lentos avances
se realizan más en el campo de la anatomía y la cirugía, que en el conocimiento
de las enfermedades. Aquí, hasta tiempos modernos los médicos estuvieron
aferrados a la tradición humoral (el equilibrio de los cuatro humores
—sangre, flema, bilis amarilla y bilis negra— y las cuatro cualidades —calor,
frío, sequedad y humedad— define la salud).
La tecnología de la guerra: la artillería
La base de todo el proceso está en los progresos técnicos de la fundición
de metales —la fabricación de campanas, estatuas y cañones en Occidente
son productos de una misma tecnología— y el descubrimiento y fabricación
de la pólvora, que desde comienzos del siglo XIV constituye el único explosivo
conocido en Occidente durante casi quinientos años.
La ciencia geográfica y la representación del mundo
Hasta mediados del siglo XIII el mundo conocido por los europeos era muy limitado
y su visión erudita correspondía, aproximadamente, a las tierras que
bordean el Mediterráneo y el Índico. Las expediciones emprendidas en el siglo
XIV (Giovanni da Piano di Carpini, Guillermo de Rubruck, Buscarello de
Ghizolfi, Giovanni di Monte Corvino, Odorico de Pordenone o los Polo) ampliaron
los horizontes, especialmente hacia el este, por el inmenso espacio
asiático que atraía a mercaderes y misioneros occidentales y, en menor medida
el sur, por las tierras del continente africano, que aunque envueltas en un
misterio poco atractivo, eran fuentes del oro, el marfil y otras riquezas que se
buscaban afanosamente. El norte, frío e inhóspito, todavía no era ni siquiera
tenido en cuenta en Europa.
La finalidad de estas primeras actuaciones se centraba en el interés de los
europeos por establecer relaciones comerciales, diplomáticas o espirituales,
lo que obligaba, en casi todas las ocasiones, a plasmar las experiencias en cartas,
mapas o informes para servicio y utilidad de los sucesores, rectificando
alguno de los grandes errores y eliminando parte de los mitos y terrores acerca
de las regiones tórridas y los mares tenebrosos. Pero las aportaciones empí-
ricas carecían del respaldo necesario y la ciencia geográfica seguía apoyándose
en los escritos antiguos, hasta que Jacopo d’Angelo da Scarpería (hacia
1410) tradujo al latín la Cosmographia de Ptolomeo y empezaron a circular
las copias del tratado De Chorographia de Pomponio Mela.
La imprenta
A finales del siglo XIV se produce un cambio en los hábitos de lectura consistente
en el tránsito desde el ejercicio de una lectura pública en voz alta a un
público oyente, a una lectura privada, personal, más íntima y reflexiva. Se da
paso a un nuevo tipo de lector, cuyo rasgo fundamental es tener una educación
laica que orienta su atención hacia las materias ligadas al humanismo: el
vínculo entre humanismo y el acto de leer es básico. Ambas circunstancias
impondrán un cambio en la producción de libros, tanto en la cantidad como
en los géneros.
Por ello, la tradicional leyenda de la invención por parte de Johann Gensfeisch
von Gutenberg, nacido en Maguncia en 1400, exiliado a Estrasburgo y
que en la década 1440-1450 produjo los primeros ejemplares de obras impresas
en caracteres móviles (un breve poema en alemán sobre el juicio universal,
tres ediciones de la gramática latina llamada el Donato, un calendario para el
año 1448 y la Biblia de 42 líneas) no deja de ser una simplificación de un proceso
más lento, que desembocó en un final vertiginoso.
La cultura popular: lo cotidiano y lo festivo
M. Bajtin, en la década de 1960, introdujo de un modo abierto la dicotomía
entre «cultura popular» y «cultura sabia» o «culta». Desde sus principios marxistas
presentó ambos fenómenos como enfrentados y autónomos, respondiendo
cada uno de ellos a manifestaciones de clases sociales distintas: las
elevadas crean la cultura oficial e intelectual, mientras que las clases populares
se mueven en el terreno de leyendas, creencias, supersticiones y unos modos
de vida propios. Se ampliaba así el tradicional concepto histórico de cultura,
abriendo el campo de observación a los modos de sociabilidad cotidiana
y al conjunto de actitudes, creencias, patrones de comportamiento, etc., constitutivos
del patrimonio colectivo de una comunidad.
Las nuevas formas de lo cotidiano
Los cambios generales observados desde el inicio del Trescientos tienen una
clara repercusión en la modificación de las actitudes y comportamientos vitales individuales y colectivos. La vida cotidiana de las personas experimenta
un cambio producido por las progresivas alteraciones. Así, la adaptación al
uso de la moneda introdujo una nueva concepción de la posesión personal de
bienes y una precisa distinción entre lo que es de uno y no de los demás; lo
mismo en el pensamiento, gracias a la interiorización de sentimientos y creencias
y a la lectura íntima, por ejemplo, se produce el paso de lo gregario al individualismo;
la casa, el espacio doméstico, se hizo, como ha estudiado Duby,
un espacio privado; incluso el cuerpo de cada hombre y de cada mujer, y lo
masculino y lo femenino, adquiere una nueva dimensión.
La casa y la mesa
En el interior de los hogares, las piezas de la casa comienzan a tener usos
específicos y constituir espacios privados para preservar la intimidad. Resulta
común que las puertas permanezcan cerradas y se coloquen cerrojos para impedir
su apertura indiscriminada. Este sentimiento de lo privado, de lo propio,
se extiende también a los objetos, que se guardan en cajones y arcones, que
contaban con su cerradura y candado. Se diversifica el mobiliario y se generaliza
el uso de instrumentos de iluminación para combatir la falta de luz natural.
En cuanto al frío, durante la Baja Edad Media seguía siendo muy caro el
sostenimiento de braseros de carbón o de leña, por lo que se recurrió al forrado
de suelos, paredes y marcos de puertas y ventanas con colgaduras y gruesos
paños tejidos.
Lo masculino y lo femenino
Ser hombre o mujer, pertenecer al mundo masculino o femenino, ha marcado
siempre, desde el mismo momento del nacimiento, a las personas y ha impuesto
unas capacidades y unas limitaciones difícilmente eludibles. La tradicional
misoginia de las sociedades judeocristianas señala ya, desde el instante
de la concepción, la diferencia entre el varón y la mujer. Un coito excesivamente
apasionado en el lecho conyugal o en los días prohibidos por la Iglesia
(unos doscientos al año) acarreaba malformaciones, la menor de las cuales,
posiblemente, era el alumbramiento de una niña.
Lo lúdico y lo festivo
La fiesta es la ruptura de lo cotidiano. Cada sociedad tiene la necesidad de complementar
el tiempo ordinario de rutina con períodos en los que se altera el ritmo
habitual de vida. Durante la fiesta la alegría, la risa y la diversión se adue-
ñan de la calle, dominio privilegiado de sociabilidad, y se establece una tregua
en las normas de conducta. Junto al memento mori, el memento vivere también
forma parte de la existencia individual y colectiva del hombre medieval.
Sentimiento y expresiones de religiosidad
La actividad desplegada por franciscanos y dominicos en la sociedad urbana
durante el siglo XIII había preparado el camino para la participación religiosa
de los laicos de las ciudades. No se trataba sólo de potenciar el cumplimiento
de las normas fijas y estables que marcan el comportamiento del cristiano
para alcanzar la salvación, sino el impulso dado a la expresión espontánea,
auténtica, de los sentimientos religiosos personales y sus manifestaciones populares.
El sentimiento ante la muerte
En el seno de la tradición judeocristiana del occidente europeo, la muerte
se contempla como algo inevitable, destino común del que no se puede escapar.
Existe, por supuesto, la convicción de otra vida, la vida eterna, y el temor
a fallecer repentinamente, sin la preparación necesaria, con el arrepentimiento
final. El instante de la muerte va adquiriendo cada vez mayor atención.
ACTIVIDADES
Con base en la lectura y los vídeos anteriores, anímate a resolver las siguientes actividades:
Bibliografía
García, J.A Y Sesma, J.A. (2008). La construcción de los
espacios políticos europeos, en Manual de Historia Medieval (183-216). Madrid:
Alianza Editorial, S.A
Disponible en: https://es.wikipedia.org/wiki/Arquitectura_medieval
Disponible en: https://www.youtube.com/watch?v=IQXKqL1AO-o
Disponible en: https://www.youtube.com/watch?v=xR5eMeth8oE











