viernes, 5 de mayo de 2017

CULTURA INTELECTUAL Y CULTURA POPULAR

 Cultura intelectual y cultura popular





En general, los siglos medievales siguen arrastrando el estigma de oscuridad, violencia y superstición atribuido por los eruditos del Renacimiento y del Siglo de las Luces. Ni siquiera los avances económicos, sociales y políticos y la renovación intelectual logrados por la sociedad occidental en los siglos XIV y XV, disipan la visión de muerte y retroceso adjudicada. La moderna historiografía, no obstante, ha roto el viejo tópico y ha pasado del afortunado título de Huizinga, El Otoño de la Edad Media, al no menos brillante de Primavera de los Tiempos Nuevos, de Ph. Wolff.

Pervivencias y novedades de la cultura y el pensamiento


La transformación del pensamiento especulativo está impulsada por el proceso de laicización general y la pérdida del monopolio de la cultura por la minoría eclesiástica; como telón de fondo, los nuevos aires aportados por la sociedad urbana. En ningún sitio como en la ciudad se plasma mejor el axioma del poder como generador de cultura, pero también, ninguna sociedad como la urbana bajomedieval fue capaz de orientar una transformación tan global, coordinada y con tanto camino por delante.
La progresiva autonomía comenzó por el derecho, pasó a la literatura, la medicina y, más tarde, a las ciencias y la política.

 El mundo de la creación intelectual


En el último tercio del siglo XIII, la actividad intelectual oscila entre la síntesis tomista que aportaba una concepción atemporal del mundo de las ideas, plasmada en la Summa theologica, y una serie de sistemas teóricos que intentaban explicar los misterios que en él se daban. La respuesta de santo Tomás era más amplia, racional y sistemática, aportando un mayor carácter naturalista y humanista, sirviendo de punto de partida en las discusiones y comentarios sobre aquellas materias para las cuales la revelación no aportaba ningún criterio: distinción entre esencia y existencia, la eventual eternidad del mundo creado, la posibilidad de conocimiento de los seres singulares, la capacidad de la razón independientemente de la iluminación divina, etc.

La irrupción del método experimental


La dialéctica escolástica era el método científico por excelencia. Su propia aplicación permitía llegar a la conclusión de su incapacidad para alcanzar la evidencia intelectual, lo que obligaba a buscar una nueva vía: la interpretación del mundo por medio de ciencias exactas. Roger Bacon, franciscano, contemporáneo de Tomás de Aquino, proponía que sólo de la observación precisa se podían extraer las referencias necesarias para la reflexión correcta; no se puede llegar a la explicación del mundo por medio de la dialéctica, sino de un lenguaje matemático riguroso que elaborase y demostrase los datos: «tenemos —escribe— tres formas de conocer: la autoridad, el raciocinio y la experiencia; la autoridad no es suficiente, el raciocinio puede conducirnos al error, sólo la experiencia nos lleva a la verdad».

Las nuevas universidades y el espíritu burgués.


Para entonces se había producido la expansión de las universidades, no sólo en lo que afecta a su número, sino por la cantidad de sus estudiantes y la distribución geográfica. Entre 1300 y 1500 se crearon cincuenta y seis nuevos centros universitarios (frente a los 23 existentes), destacando los dieciséis fundados en los territorios alemanes (Praga, Colonia, Heidelberg, Leipzig, Viena, Lovaina, Friburgo, etc.), que hasta entonces habían permanecido al margen de la vida universitaria, lo mismo que en Escocia (Saint-Andrews, Aberdeen y Glasgow), Polonia (Cracovia), Hungría (Pecs), Dinamarca (Copenhague) y Suecia (Upsala). Cada región de Occidente aspiraba a tener una universidad; Francia inauguró trece (Avignon, Angers, Aix-en-Provence, Poitiers, Nantes, etc.); Italia, nueve (Padua, Pavía, Siena, Pisa, Turín, etc.), y otras tantas los reinos ibéricos (Alcalá de Henares, Lisboa, Lérida, Perpiñán, Huesca, etc.). En Inglaterra, por el contrario, se mantuvo el monopolio de Oxford y Cambridge, articulándose en su entorno nuevos colegios.
Por parte de la burguesía se observa la adquisición de unos rasgos culturales muy perfilados que denotan unos tempranos contenidos modernos. Mullet ha enumerado estos valores: la conciencia de sí mismo, el sentido del individuo y su familia inmediata, la ansiedad, la prudencia como su antídoto, la ambición, la diligencia, la respetabilidad, la seriedad y la piedad.

La pervivencia de la alta cultura universitaria


Sólo las grandes universidades, como París, Bolonia, Oxford y alguna otra mantuvieron un alto número de estudiantes. Y fueron éstas las que se convirtieron en los centros de opinión y de formulación teórica ante los graves problemas planteados con motivo del cisma papal y la diatriba provocada por conciliaristas y papistas, así como en el debate para definir el poder público y la nueva concepción del Estado, dejándose en muchos casos arrastrar por la dinámica de la situación política.

El pensamiento humanista


A mediados del siglo XIV surgen en las ciudades italianas, primero en Florencia, luego en Venecia y Roma, grupos de hombres de letras que recurriendo a la cultura antigua, al conocimiento de los textos clásicos y al modelo cristiano primitivo quieren recrear una cultura humanista que sirva de pauta para reformar la Iglesia y la conciencia de cada fiel. Se trata de un movimiento elitista que arraigará en círculos muy concretos de las sociedades urbanas occidentales.
Petrarca (1304-1374), Boccaccio (1313-1375) y Salutati (1331-1406) fueron los primeros humanistas, los impulsores de las ideas más abiertas y los defensores de las virtudes heroicas del hombre y de su capacidad de vencer cualquier obstáculo por medio de la virtù —talento individual— y del conocimiento.

Las nuevas concepciones literarias y artísticas


La Europa de los siglos XIV y XV es, en su conjunto, todavía una Europa gótica. Sin embargo, durante esos doscientos años tuvo lugar el cambio que propició el nacimiento de formas originales en la arquitectura, pintura y escultura, de nociones nuevas del urbanismo y expresiones literarias inéditas.
La trascendencia e intensidad de esta renovación no radica sólo en el alumbramiento de realizaciones concretas más o menos novedosas, sino porque será la propia concepción del arte y de la literatura la que asumirá una dimensión especial respecto a la sociedad.

Las literaturas en lengua vernácula


En el siglo XIV se produce la consolidación y maduración de las literaturas nacionales en sus dos vertientes lingüísticas: las lenguas vernáculas y el latín. En ambos casos, al margen de los problemas puramente literarios, se produce una reacción contra el bárbaro latín medieval de los teólogos y de las universidades y se inicia la búsqueda, en un latín neoclásico o en un volgare romance, de un medio de expresión más elegante y cercano al conjunto social que demanda una literatura escrita que pudiesen leer ellos mismos y les acercase la cultura derivada de la nueva sensibilidad colectiva que protagonizaban.

El urbanismo y la arquitectura





A mediados del siglo XV, en el entorno cultural del humanismo italiano, se produce la consciente y definitiva separación entre los modelos arquitectónico y urbanístico medievales y los que iban a marcar las líneas plenamente renacentistas.
La revisión del concepto de ciudad a la luz de las nuevas ideologías y, sobre todo, del modo de entender al individuo dentro de las nuevas estructuras de relaciones, impulsó una necesidad de construir «ciudades nuevas», en las que se tuviesen en cuenta, también, las condiciones de tipo estructural derivadas de la vigente organización político-económica y de la aplicación de la tecnología defensiva impuesta por la artillería. Ello propició la búsqueda de soluciones teóricas y prácticas que persigue la idea de la ciudad como símbolo del mundo burgués más racional, ordenado y planificado según un esquema jerárquico de la sociedad.

Artistas y mecenas


Hasta finales del siglo XIII la obra de arte nacía por iniciativa e influencia de un grupo social muy reducido constituido, fundamentalmente, por la jerarquía eclesiástica que, por su formación homogénea y su unidad de creencias, imponía un concepto único, el litúrgico.
Los artistas, hasta el siglo XIV, son trabajadores manuales, de extracción social modesta, casi anónimos, que permanecen en un segundo plano con respecto al cliente. Será a comienzos de ese siglo cuando encontremos artistas conocidos, como Giotto, y los inicios del comercio de obras de arte, todo ello amparado en el consumo de una burguesía en crecimiento, que demanda objetos a medio camino entre la obra de arte y el utilitarismo (estampas, orfebrería, marfiles, tapices, etc.). El resultado es la mejora socioeconómica de los artistas-artesanos y una cierta independencia creadora.

El gran siglo de la pintura y la escultura






Vasari llamó rinascita al esplendor alcanzado por pintores y escultores desde los primeros años del siglo XV. Este término, que no debe confundirse con el de Renacimiento utilizado después, alude a la inspiración y referencia basadas en la mímesis de la realidad, sin tomar la Antigüedad (que apenas conocían) como modelo a imitar y copiar. El centro de este movimiento se localiza en la región italiana de Toscana, con Florencia a la cabeza, si bien hay que se- ñalar que paralelamente se desarrolló otra experiencia también decisiva por artistas flamencos.
En ambos casos, la creación artística va pareja al progreso económico, político y social. Las ciudades flamencas y toscanas son, con diferencia, las más ricas del Occidente, y sus burguesías, las impulsoras de una actividad comercial de nivel mundial. Brunelleschi, Donatello y Masaccio son, posiblemente, los grandes innovadores del círculo toscano, y junto a ellos, una larga nómina de pintores con de nuevos temas y nuevas fórmulas expresivas: Fra Angélico, Paolo Uccello, Benozzo Gozzoli, Andrea Mantegna, Piero de la Francesca, Antonio Pollaiuolo o Sandro Botticelli.

 La evolución de la ciencia y de la técnica


La ciencia pura en Occidente se mantuvo en la Edad Media fuertemente ligada a la teología, mientras que la tecnología y la ciencia aplicada, absolutamente secularizadas, evolucionaban al ritmo de necesidades económicas y militares, sin entrar en conflictos ideológicos ni siquiera por el hecho de que el conocimiento empírico discurrió por un camino en el que además de los oficios y profesiones involucrados transitaban artistas y, en muchas ocasiones, también buscadores de lo oculto. La traducción al latín en el siglo XIII de tratados clásicos e islámicos abrió en Occidente nuevas vías de avance en determinados estudios, lo que se apreció inmediatamente.

 Las novedades científicas


En el mundo de las matemáticas, Europa conoció el sistema numeral arábigo, que desplazó los símbolos romanos.
El desarrollo de la química se vio muy alterado por las consideraciones mágicas y religiosas.
En el ámbito de la física, las obras de Aristóteles constituyeron la fuente de autoridad indiscutible hasta muy avanzado el siglo XIV y las consideraciones de la física formaban parte de los sistemas filosóficos expuestos por los principales pensadores del Trescientos, que expusieron sus teorías sobre la luz y su propagación, la óptica, la mecánica y el movimiento (Dios es la causa del movimiento, el Motor Inmutable).
Un aspecto importante es el relativo a la medicina, donde los lentos avances se realizan más en el campo de la anatomía y la cirugía, que en el conocimiento de las enfermedades. Aquí, hasta tiempos modernos los médicos estuvieron aferrados a la tradición humoral (el equilibrio de los cuatro humores —sangre, flema, bilis amarilla y bilis negra— y las cuatro cualidades —calor, frío, sequedad y humedad— define la salud).

La tecnología de la guerra: la artillería


La base de todo el proceso está en los progresos técnicos de la fundición de metales —la fabricación de campanas, estatuas y cañones en Occidente son productos de una misma tecnología— y el descubrimiento y fabricación de la pólvora, que desde comienzos del siglo XIV constituye el único explosivo conocido en Occidente durante casi quinientos años.

La ciencia geográfica y la representación del mundo


Hasta mediados del siglo XIII el mundo conocido por los europeos era muy limitado y su visión erudita correspondía, aproximadamente, a las tierras que bordean el Mediterráneo y el Índico. Las expediciones emprendidas en el siglo XIV (Giovanni da Piano di Carpini, Guillermo de Rubruck, Buscarello de Ghizolfi, Giovanni di Monte Corvino, Odorico de Pordenone o los Polo) ampliaron los horizontes, especialmente hacia el este, por el inmenso espacio asiático que atraía a mercaderes y misioneros occidentales y, en menor medida el sur, por las tierras del continente africano, que aunque envueltas en un misterio poco atractivo, eran fuentes del oro, el marfil y otras riquezas que se buscaban afanosamente. El norte, frío e inhóspito, todavía no era ni siquiera tenido en cuenta en Europa.
La finalidad de estas primeras actuaciones se centraba en el interés de los europeos por establecer relaciones comerciales, diplomáticas o espirituales, lo que obligaba, en casi todas las ocasiones, a plasmar las experiencias en cartas, mapas o informes para servicio y utilidad de los sucesores, rectificando alguno de los grandes errores y eliminando parte de los mitos y terrores acerca de las regiones tórridas y los mares tenebrosos. Pero las aportaciones empí- ricas carecían del respaldo necesario y la ciencia geográfica seguía apoyándose en los escritos antiguos, hasta que Jacopo d’Angelo da Scarpería (hacia 1410) tradujo al latín la Cosmographia de Ptolomeo y empezaron a circular las copias del tratado De Chorographia de Pomponio Mela.





La imprenta






A finales del siglo XIV se produce un cambio en los hábitos de lectura consistente en el tránsito desde el ejercicio de una lectura pública en voz alta a un público oyente, a una lectura privada, personal, más íntima y reflexiva. Se da paso a un nuevo tipo de lector, cuyo rasgo fundamental es tener una educación laica que orienta su atención hacia las materias ligadas al humanismo: el vínculo entre humanismo y el acto de leer es básico. Ambas circunstancias impondrán un cambio en la producción de libros, tanto en la cantidad como en los géneros.
Por ello, la tradicional leyenda de la invención por parte de Johann Gensfeisch von Gutenberg, nacido en Maguncia en 1400, exiliado a Estrasburgo y que en la década 1440-1450 produjo los primeros ejemplares de obras impresas en caracteres móviles (un breve poema en alemán sobre el juicio universal, tres ediciones de la gramática latina llamada el Donato, un calendario para el año 1448 y la Biblia de 42 líneas) no deja de ser una simplificación de un proceso más lento, que desembocó en un final vertiginoso.

La cultura popular: lo cotidiano y lo festivo


M. Bajtin, en la década de 1960, introdujo de un modo abierto la dicotomía entre «cultura popular» y «cultura sabia» o «culta». Desde sus principios marxistas presentó ambos fenómenos como enfrentados y autónomos, respondiendo cada uno de ellos a manifestaciones de clases sociales distintas: las elevadas crean la cultura oficial e intelectual, mientras que las clases populares se mueven en el terreno de leyendas, creencias, supersticiones y unos modos de vida propios. Se ampliaba así el tradicional concepto histórico de cultura, abriendo el campo de observación a los modos de sociabilidad cotidiana y al conjunto de actitudes, creencias, patrones de comportamiento, etc., constitutivos del patrimonio colectivo de una comunidad.

Las nuevas formas de lo cotidiano


Los cambios generales observados desde el inicio del Trescientos tienen una clara repercusión en la modificación de las actitudes y comportamientos vitales individuales y colectivos. La vida cotidiana de las personas experimenta un cambio producido por las progresivas alteraciones. Así, la adaptación al uso de la moneda introdujo una nueva concepción de la posesión personal de bienes y una precisa distinción entre lo que es de uno y no de los demás; lo mismo en el pensamiento, gracias a la interiorización de sentimientos y creencias y a la lectura íntima, por ejemplo, se produce el paso de lo gregario al individualismo; la casa, el espacio doméstico, se hizo, como ha estudiado Duby, un espacio privado; incluso el cuerpo de cada hombre y de cada mujer, y lo masculino y lo femenino, adquiere una nueva dimensión.

La casa y la mesa


En el interior de los hogares, las piezas de la casa comienzan a tener usos específicos y constituir espacios privados para preservar la intimidad. Resulta común que las puertas permanezcan cerradas y se coloquen cerrojos para impedir su apertura indiscriminada. Este sentimiento de lo privado, de lo propio, se extiende también a los objetos, que se guardan en cajones y arcones, que contaban con su cerradura y candado. Se diversifica el mobiliario y se generaliza el uso de instrumentos de iluminación para combatir la falta de luz natural. En cuanto al frío, durante la Baja Edad Media seguía siendo muy caro el sostenimiento de braseros de carbón o de leña, por lo que se recurrió al forrado de suelos, paredes y marcos de puertas y ventanas con colgaduras y gruesos paños tejidos.

 Lo masculino y lo femenino


Ser hombre o mujer, pertenecer al mundo masculino o femenino, ha marcado siempre, desde el mismo momento del nacimiento, a las personas y ha impuesto unas capacidades y unas limitaciones difícilmente eludibles. La tradicional misoginia de las sociedades judeocristianas señala ya, desde el instante de la concepción, la diferencia entre el varón y la mujer. Un coito excesivamente apasionado en el lecho conyugal o en los días prohibidos por la Iglesia (unos doscientos al año) acarreaba malformaciones, la menor de las cuales, posiblemente, era el alumbramiento de una niña.

Lo lúdico y lo festivo


La fiesta es la ruptura de lo cotidiano. Cada sociedad tiene la necesidad de complementar el tiempo ordinario de rutina con períodos en los que se altera el ritmo habitual de vida. Durante la fiesta la alegría, la risa y la diversión se adue- ñan de la calle, dominio privilegiado de sociabilidad, y se establece una tregua en las normas de conducta. Junto al memento mori, el memento vivere también forma parte de la existencia individual y colectiva del hombre medieval.

Sentimiento y expresiones de religiosidad


La actividad desplegada por franciscanos y dominicos en la sociedad urbana durante el siglo XIII había preparado el camino para la participación religiosa de los laicos de las ciudades. No se trataba sólo de potenciar el cumplimiento de las normas fijas y estables que marcan el comportamiento del cristiano para alcanzar la salvación, sino el impulso dado a la expresión espontánea, auténtica, de los sentimientos religiosos personales y sus manifestaciones populares.

El sentimiento ante la muerte


En el seno de la tradición judeocristiana del occidente europeo, la muerte se contempla como algo inevitable, destino común del que no se puede escapar. Existe, por supuesto, la convicción de otra vida, la vida eterna, y el temor a fallecer repentinamente, sin la preparación necesaria, con el arrepentimiento final. El instante de la muerte va adquiriendo cada vez mayor atención.



ACTIVIDADES

Con base en la lectura y los vídeos anteriores, anímate a resolver las siguientes actividades:





Bibliografía

García, J.A Y Sesma, J.A. (2008). La construcción de los espacios políticos europeos, en Manual de Historia Medieval (183-216). Madrid: Alianza Editorial, S.A